41 Al calor de la arena
La casa de piedra de la ensenada de Langosteira no tenía timbre ni luz de línea.
Era un habitáculo bajo, con los muros de granito comidos por el liquen amarillo y un tejado de teja vieja que Xurxo había tenido que calzar con vigas de batea desguazadas para que el viento del suroeste no lo levantara por las noches.
El interior olía a lo que huele la vida cuando se despoja de los uniformes: a pan de centeno horneado en el pueblo, a leña de carballo quemándose despacio en la chimenea y a ese olor a limpio de las sábanas de hilo que Sabela tendía al sol en las cuerdas del corral.
Xurxo Nogueira estaba sentado en el banco de madera de la cocina, descalzo, con una taza de porcelana desconchada llena de café de pota entre las manos.
Ya no llevaba la Mossberg en la faja ni la gabardina negra que apestaba a pólvora fría. Vestía un pantalón de pana grueso y una camisa de franela de cuadros gastada por los lavados.
La cicatriz de la mejilla, la que Iago le había abierto en lo alto del faro, ya no estaba violácea; el sol del sur y la calma de estos últimos meses la habían vuelto de un tono blanco, liso, como la marca que deja el agua dulce sobre la piedra del río.
Sabela Teixeira entró desde el patio, secándose las manos en un delantal de algodón. Tenía el pelo negro suelto, largo hasta los hombros, libre de las horquillas con las que se lo recogía en los juzgados de Santiago para parecer más dura delante de los fiscales.
Se paró detrás de él, apoyando las manos en sus hombros anchos. Sus dedos, que antes solo sabían teclear claves digitales de las Bahamas y códigos penales, se movieron despacio, buscando el nudo de tensión que el viejo madero seguía guardando en los músculos del cuello.
—Llamó Caetano Otero desde Vigo —dijo Sabela con una voz que el ruido del fuego hacía más blanda—.
Dice que Antía empezó las clases en la universidad de Coímbra.
Que ya no se despierta por las noches gritando el nombre de Paio.
Quiere mandarnos una caja de vino del pazo para celebrar que las actas de Madrid se archivaron sin su nombre en los papeles.
Xurxo dejó la taza en la mesa de madera y se volvió muy despacio, rodeándole la cintura con sus brazos de buey. La pegó a su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela delgada de la camisa.
— Non quiero el vino de Otero, Sabela —susurró el Ruso, y la voz le salió baja, un murmullo que ya no tenía el tono de piedra de los muelles de Ribeira—.
El dinero de los Souto ya pagó la lancha y la libertad de los guardias del sótano.
Lo que queda de nosotros no se compra con botellas de albariño ni con los indultos que Castro firmó en la Castellana antes de retirarse.
Sabela se dejó caer en sus rodillas, rodeándole el cuello con los brazos y escondiendo la cara en el hueco de su hombro, allí donde la piel olía a tabaco Ducados y al jabón de glicerina que usaban para lavarse.
No era un abrazo de delincuentes que celebran un botín en una frontera extranjera; era el abrazo de dos supervivientes que se habían arrancado la piel a tiras en la ría de Vilagarcía y que ahora, por primera vez en quince años, encontraban un trozo de tierra seca donde no hacía falta mirar por encima del hombro antes de respirar.
—Nos queda la noche, Xurxo—le dijo ella, buscándole la boca con unos labios que ya no sabían a salitre ni a ceniza de archivo—. El mar de fuera viene manso y los rapaces de Ribeira ya saben que el timón no se toca hasta que pase la primavera.