40 El peso de las reliquias
Dos años después de que la chapa del Patrol viejo de Xurxo se convirtiera en hierro de obra en los altos hornos de Portugal, la playa de Rostro seguía teniendo ese lavado blanco, desértico, que le ponía el mar de Fisterra cuando el invierno apretaba las dunas.
La cabaña de madera del exinspector permanecía con el candado puesto, oxidado por el salitre, y las ventanas de bisagra cubiertas por una costra de arena fina que impedía ver la nada que quedaba dentro.
Sabela Teixeira caminaba descalza por la orilla, con los zapatos de sastre en la mano izquierda y los jirones de la gabardina oscura volando con el viento del noroeste.
Se paró justo en el sitio donde Xurxo había dejado tirada a Antía Otero la mañana de la fuga de la isla.
Del bolsillo del abrigo sacó un pedazo de cartón arrugado, quemado por las esquinas: era la última hoja del cuaderno azul de Brais Lois, la única que Anxo Castro no había visto caer al vacío del acantilado cuando encendió el mechero de oro en el mirador del monte Louro.
En la hoja, con esa tinta Bic corrida por el agua salada, el chaval había apuntado una fecha y una sola palabra en gallego cerrado: Sempre .
— O mar non devolve todo, Brais —susurró Sabela, y la risa seca se le quedó congelada en los labios por el viento que bajaba del cabo.
Con un movimiento limpio, dobló el papel en cuatro partes, lo metió dentro de una botella de plástico vacía que la marea había dejado entre las algas muertas del peirao y la lanzó con fuerza hacia el centro de la rompiente más Bravo de la Costa da Morte.
La botella subió y bajó tres veces sobre las crestas blancas de las olas, antes de que el Atlántico se la tragara de un trago espeso, hundiéndola en el lodo del fondo donde los casquillos de la Mossberg y la placa metálica del GRECO ya formaban parte de las piedras de la ría.
Las parras de Cambados volverían a dar uvas de albariño, los nuevos inspectores de Madrid seguirían rellenando folios con cuños de tinta roja en los despachos de Santiago y las planeadoras clandestinas seguirían cambiando de nombre cada sesenta segundos en los servidores de las Bahamas.
Pero debajo de la bruma del norte y en el silencio de las tabernas de Fisterra donde los marineros viejos no olvidaban los apellidos de los muertos, la contabilidad de la ría quedaba sellada para siempre, escrita con la caligrafía descarnada de los que saben que las deudas de la sal solo se limpian cuando el plomo del pasado termina por hundirse en el mar inmenso.