Plomo en la niebla 39 El norte a la vista
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39 El norte a la vista

Las luces del Patrol de la Guardia Civil se pararon en seco a cincuenta metros de la primera furgoneta. El motor diésel del coche oficial quedó al ralentí, vibrando contra el suelo de cemento mojado de la lonja de Ribeira.

Dos guardias jóvenes, de los que llevaban chalecos antibalas fluorescentes que relucían con las gotas de la llovizna, bajaron despacio, parapetándose detrás de las puertas del vehículo con las pistolas cortas HK apuntando hacia la silueta del "Arousa Dos".

—¡Alto! ¡Guardia Civil! ¡Manos arriba donde pueda verlas! —gritó el que iba al volante, con una voz que el viento del nordés le cortaba, dejándola sin fuerza antes de llegar a las cajas de pescado.

Xurxo dio un paso largo hacia delante. Su gabardina negra, pesada de agua salada y grasa de motor, rozó el canto de piedra del muro.

Levantó la vista muy despacio, dejando que el foco de la patrullera le diera directo en los ojos fijos, esos ojos del color del mar de Fisterra cuando viene temporal de fuerza ocho.

Al verle la cicatriz violácea que le partía la mejilla desde el pómulo hasta la mandíbula, el guardia más viejo, el que iba de copiloto, le agarró el brazo a su compañero hacia abajo, obligándole a bajar el cañón de la pistola.

—Baja el arma, rapaz —susurró el guardia viejo, con un aliento que formaba una nube gris frente a la persiana de la lonja—. Ese no es un lanchero portugués al que puedas asustar con las luces de la sirena. Ese es el Ruso.

—Está suspendido, mi cabo —respondió el chaval, con los dientes castañeteando por el frío y el miedo—. Madrid dio la orden de detener cualquier carguero que viniera del paralelo treinta y cinco. El informe del Ministerio dice que...

—A Madrid les quedan estos muelles a ochocientos kilómetros de distancia, chaval —le cortó el cabo, soltando la funda de su propia arma y dando un paso fuera del coche, con las manos abiertas a la altura de la cintura—.

En esta ría los papeles de Santiago se hunden en cuanto la marea sube dos cuartas.

Si Nogueira está metiendo las cajas en el Patrol de Paquito, es porque el pazo de Cambados ya pagó sus deudas y Don Manuel ya no firma los talones de la aduana.

Xurxo miró al cabo de reojo, reconociendo los galones gastados del uniforme de la comandancia de Vilagarcía de las noches de guardia en Area Maior. No levantó la escopeta, pero tampoco se guardó el hierro en la faja.

— Idvos de aquí, Manuel —dijo el Ruso, con esa voz plana, de buey cansado, que cortaba la llovizna como un hachazo—.

El guaje Lois ya tiene su nombre en el monolito de la jefatura y Castro ya se está gastando el coñac de las cuentas secretas en su piso de la Castellana.

Aquí ya no quedan más folios que rellenar para vuestros jueces de secano.

Dejad que los rapaces terminen de mover la madera antes de que abra la lonja, o mañana por la mañana vais a tener que explicarle al nuevo comisario por qué las camisas oficiales vienen manchadas de plomo del doce.

El cabo de la Guardia Civil se quedó quieto tres segundos, escuchando el ronquido de los cuatrocientos caballos del "Arousa Dos" que seguían templando los cilindros a su espalda y el siseo del terminal satélite con el que Sabela Teixeira cerraba las transferencias bancarias de Gibraltar desde la cabina del puente.

Miró al chaval que temblaba a su lado, subió al coche oficial y metió la marcha atrás, alejándose despacio por la pista forestal del faro, dejando que los destellos azules de la sirena se perdieran entre los pinos mojados del monte.

Xurxo se guardó la Mossberg debajo de la gabardina, dio la vuelta y se metió en la cabina al lado de la abogada, mientras el carguero enfilaba de nuevo las aguas negras de la Ría del norte, dejando el muelle de Ribeira libre para una era de contrabando que Madrid ya no tenía tinta para apuntar en sus libros de registro.