Plomo en la niebla 38 El último auto
83%

38 El último auto

La secretaría del Juzgado de Instrucción Número Dos de Santiago de Compostela olía a café recalentado, a tinta de impresora barata y al polvo espeso de los legajos de papel oficial que llevaban diez años acumulando humedad en las estanterías metálicas del sótano.

El juez instructor, un hombre calvo con gafas de montura de carey y las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, revisaba el último folio del auto de sobreseimiento provisional antes de pasárselo a la firma del secretario judicial.

A su lado, el inspector jefe enviado desde Madrid mantenía los puños apoyados en el borde de la mesa de cristal, con una mueca de rabia contenida que le ponía la piel del cuello roja.

—Es una vergüenza jurídica, su señoría —dijo el funcionario de la Brigada Central, levantando la voz por encima del traqueteo de las máquinas de oficina—.

Tenemos el rastro balístico de la Mossberg de Nogueira en la autopsia de los dos hermanos Souto, la huella dactilar de sus dedos en la botella de coñac del pazo de Cambados y las transferencias de la abogada Teixeira registradas por el Banco de España desde el puerto de Tánger.

No puede cerrar esta causa argumentando una falta de autor conocido sin que la Audiencia Nacional meta las narices en los archivos del GRECO.

El juez firmó el papel con un trazo rápido, elegante, y le estampó el cuño de tinta roja del juzgado con un golpe seco, definitivo, que resonó en la sala de juntas.

—Los informes de la policía científica que usted me trae están mal visados, inspector —respondió el magistrado con una parsimonia gélida, sin mirarle a la cara—.

El acta forense modificada del doctor Carro determina que Don Manuel Souto falleció por el colapso pulmonar derivado de una onda expansiva, no por un disparo de caza.

La botella de ya fue destruida por el Servicio de aduanas durante la inspección ocular y la base de datos de huellas dactilares del Ministerio dio un error informático por fallos de archivos el viernes pasado.

Para este tribunal, el señor Xurxo Nogueira sigue figurando como suspendido en paradero desconocido y la letrada Teixeira no tiene causas pendientes en el registro general de fronteras.

—¡Castro quemó el cuaderno del chaval Lois en el mirador del monte, su señoría!

—el de Madrid pegó un puñetazo en la mesa—.

¡Le dieron una medalla pensionada en la Castellana para comprar su silencio y ahora el Ruso está volviendo a meter los cargueros en la ría de Arousa con el dinero de los turcos!

El juez instructor guardó la tarjeta de memoria digital cifrada en el sobre de tela marrón, cerrando el lacre con tres gotas de cera caliente que apestaban a resina quemada. Levantó los ojos y clavó la mirada en los del burócrata de secano.

—Madrid quería paz en los informativos de las diez, inspector, y yo ya les he firmado el folio que necesitaban para archivar la carpeta de los Souto —soltó el juez, dándose la vuelta hacia el ventanal que daba a las calles mojadas de Santiago.

—. Si vuestros oficiales del Ministerio creen que van a enderezar la Costa da Morte con los manuales de la academia de Ávila, es que no habéis aprendido nada de cómo se pagan las deudas de sangre a oscuras en este mar.

El caso está cerrado para esta audiencia.

Vuelvan a la capital, recojan sus cajas de cartón de la jefatura y dejen que la niebla del norte termine de limpiar los muelles antes de que el gigante de la escopeta decida que le queda algún folio por tachar en vuestro listado oficial.