37 Las manos de la lonja
A las cuatro y media de la mañana, el muelle viejo de Ribeira no tenía más luz que los fluorescentes parpadeantes de la lonja pequeña, la que los marineros de las bateas usaban para el descarte antes de que entraran las subastas grandes de las cofradías.
El aire era puro hielo; un nordés cortante que traía el olor a escama de jurel podrida y a esa grasa rancia de los aparejos de arrastre que se te queda pegada a la lana del jersey en cuanto pisas el cemento mojado.
Dos furgonetas todoterreno, unas Nissan Patrol con las matrículas tapadas con lodo de la cuneta, estaban arrimadas de culo al muelle con los portones traseros abiertos de par en par.
Al lado de las ruedas, cuatro tíos de la cuerda de Paquito "O Coxo" aguantaban las ganas de fumar metiéndose las manos en los bolsillos del chubasquero.
No hablaban. Tenían los ojos fijos en la negrura de la ría, allí donde los bajos de Corrubedo rompían con un zumbido sordo que parecía el latido de un motor ahogado por el viento.
La quilla de una proa de madera cortando la espuma los puso en alerta.
No hubo destellos de linterna ni avisos por la radio del canal de navegación.
La silueta baja y ancha del "Arousa Dos" apareció de golpe entre la bruma, colocando suavemente el morro contra los neumáticos viejos que hacían de defensa en el muro de piedra del muelle.
Xurxo Nogueira saltó a tierra antes de que el lanchero tirara el cabo de amarre. Llevaba la gabardina negra empapada, pesada por el agua acumulada, y los ojos hundidos por el cansancio de llevar tres días gobernando el timón entre los arrecifes de la frontera.
—Meted los fardos de los turcos en la caja de la primera furgoneta —ordenó Xurxo, y la voz le salió con ese ronquido plano, tosco, que hacía callar a los perros del muelle
—. La patrullera de aduanas que Castro dejó en Vilagarcía está doblando el cabo de Fisterra con el radar de barrido encendido.
Como a las cinco no estemos fuera de la nacional, el inspector nuevo de Madrid os va a llenar las naves de cintas de plástico del juzgado.
Los rapaces de Ribeira se metieron en el plan de la embarcación sin decir palabra, pasándose las cajas de madera limpia que Sabela había facturado desde el puerto de Tánger.
Sabela Teixeira se quedó en la cabina del puente, con la luz del terminal satélite dándole un reflejo verde en la cara delgada.
Sus dedos seguían tecleando las transferencias hacia las cuentas de Gibraltar, cerrando los últimos pagos de la noche antes de que los ordenadores del Ministerio en Santiago pudieran levantar las alertas de la Unidad Financiera.
Un motor diésel, el rugido pesado de un Patrol oficial de la Guardia Civil subiendo por la pista del faro, rompió el ritmo del desembarco. Los destellos azules de la sirena empezaron a barrer los pinos del monte, a menos de un kilómetro de la lonja desierta.
—¡Los maderos, Ruso! —chilló uno de los chavales de los furgones, soltando una caja de madera que se rompió contra el cemento, esparciendo los terminales informáticos por el suelo.
Xurxo ni pestañeó. Se llevó la mano izquierda a la faja de la gabardina y sacó la Mossberg 500, accionando la corredera con ese clack-clack que en esta costa significa final de trayecto.
Se plantó en mitad del muelle, con los pies enterrados en la arena sucia que la marea había dejado sobre el cemento, esperando a que los primeros faros del coche oficial doblaran la curva del muelle.
— Seguid cargando, carallo —les escupió el viejo madero sin mirar atrás, apuntando la boca negra del cañón directo hacia la pista de tierra—. Que la ría no se va a quedar sin patrones esta noche porque vuestros dedos tiemblen antes de tiempo.