Plomo en la niebla 36 La Ría del norte
78%

36 La Ría del norte

A tres millas de la cala de Sálvora Alta, el carguero "Arousa Dos" metió la hélice de paso corto en la rompiente de la ría, sorteando los arrecifes negros que los peritos de Madrid habían dibujado en sus mapas de oficina con trazos de tinta limpia.

La llovizna constante del norte volvía a caer con esa rabia del Atlántico que te oxida las ganas de mandar; un agua densa, mezclada con salitre y bruma plomiza, que borraba las luces del faro de la isla cada doce segundos exactos.

Al timón de la embarcación de madera, Xurxo Nogueira mantenía las manos firmes en el timón de hierro, sin mirar los monitores digitales que Sabela tenía encendidos en la mesa de control de la cabina.

Llevaba la gabardina negra desabrochada por el calor del motor diésel y la cicatriz de la mejilla abierta, sangrando un hilo delgado que se le mezclaba con el agua del temporal que le entraba por la ventana rota del puente de mando.

—La patrullera del GRECO acaba de encender el radar de barrido desde el cabo de Fisterra, Xurxo—dijo Sabela, con esa voz gélida que no se le había movido desde que pisó el puerto de Tánger—.

El inspector nuevo enviado desde Madrid ha ordenado el cierre de la barra de Muros.

Tienen tres lanchas de aduanas esperándonos en los bajos de Corrubedo con las órdenes de registro firmadas por el juez instructor de Santiago.

Xurxo le pegó una calada larga al cigarrillo rubio, dejando que el humo espeso se quedara agarrado a los cristales del puente.

— Que veñan, Sabela —soltó el Ruso seco, con un tono que sonó en mitad del temporal como un golpe de buey—.

El inspector de Madrid no sabe dónde duermen los vigías de la barra ni conoce las calas donde las rocas te rajan la quilla por la mitad si no entras con el motor al ralentí.

Los folios de sus ministerios no van a aguantar el empuje del plomo cuando las postas del doce empiecen a rebotar en las planchas de aluminio de sus patrulleras.

Descolgó la Mossberg 500 de la mampara de madera, volviendo a accionar la corredera con ese clack-clack pesado que en esta costa significa final de trayecto.

El arma estaba limpia de óxido, engrasada con el aceite industrial que Sabela había comprado en Portugal con el dinero de las cuentas secretas.

Colocó el paquete con la lona verde militar sobre la mesa de control, justo al lado del terminal de satélite que seguía parpadeando con los números verdes de las transferencias financieras de Gibraltar.

Dentro del paño, la placa metálica del joven Brais Lois brillaba con una luz sucia, opaca, reflejando el viaje amarillo del foco del faro que volvía a pasar por encima de sus cabezas.

—La ría es nuestra otra vez, letrada —añadió Xurxo, metiendo la primera marcha del carguero y encarando la rompiente más fuerte de la Ría del norte—.

Dile a la gente del muelle de Ribeira que vayan preparando los camiones del pescado antes de que amanezca.

Hoy la Costa da Morte se va a quedar sin contables en los despachos, y a nosotros nos toca heredar la costa entera con la misma caligrafía de sangre con la que los lobos aduaneros cerramos siempre los libros de actas de la provincia.

La silueta del "Arousa Dos" se metió de cabeza en la negrura del cabo, levantando una cortina de espuma blanca que el Atlántico se encargó de tragar en un segundo, borrando para siempre las últimas pruebas físicas de una fuga que Madrid seguía queriendo archivar bajo secreto de Estado, pero que la marea del norte volvía a escupir hacia la orilla con el ruido del plomo más bravo del mundo.