35 Las luces de la Castellana
El piso de la octava planta en la calle Alfonso XII tenía los techos altos, molduras de escayola limpia y un parqué de roble que no crujía por la humedad.
Fuera, el tráfico de Madrid a las nueve de la noche bajaba por la cuesta de Alcalá con un rumor sordo, plano, un siseo constante de neumáticos sobre el asfalto seco que no se parecía en nada al estruendo del mar rompiendo contra las rocas del monte Louro.
Anxo Castro estaba sentado en un sillón orejero, vestido con unos pantalones de pana finos y un jersey de punto caro que le tapaba el sudor de las axilas.
Tenía la televisión encendida, pero con el volumen quitado; la pantalla parpadeaba metiendo unos fogonazos azules en el salón oscuro que le recordaban a las luces de la patrullera que lo sacó de la isla de Sálvora Alta.
En la mesa auxiliar de caoba, al lado de un vaso de cristal de roca con ginebra de importación, el boletín oficial del Estado permanecía abierto por la página de las jubilaciones forzosas del Ministerio del Interior.
La radio de la policía, la que Castro se había traído escondida en la maleta de piel como el que se guarda un hueso de muerto, hizo un ruido raro desde el cajón del aparador.
Un siseo corto, una modulación en banda lateral que no venía de las frecuencias de la capital.
Castro dejó el vaso en la mesa y se levantó despacio, arrastrando los pies con esa pesadez que se le había quedado metida en los huesos desde que abandonó los calabozos subterráneos de Vilagarcía.
Abrió el cajón y sacó el aparato de plástico negro. La aguja de la frecuencia bailaba en el canal de emergencias de la zona marítima del Atlántico norte.
— Patrullera Albatros en posición de espera a tres millas de la barra de Muros —soltó una voz distorsionada por la estática, una voz gallega, arrastrada, que le hizo dar un vuelco al corazón—.
Tenemos una señal de radar no identificada subiendo desde el paralelo treinta y cinco.
Un carguero bajo de proa que va sin luces de posición en el palo mayor y no responde a las llamadas del canal dieciséis.
El nombre del casco coincide con el registro de la sociedad pantalla de Casablanca: "Arousa Dos".
Castro apagó la radio de un golpe, metiéndola al fondo del cajón bajo los calcetines de lana.
Le temblaba el labio inferior, no se sabía si por la ginebra mala o por el miedo primitivo que le volvía a subir por la nuca.
Caminó hacia el ventanal, apoyando la frente fría contra el cristal gordo que daba a los jardines del Retiro.
Abajo, los árboles madrileños estaban secos, desprovistos de las hojas verdes por el frío del invierno castellano.
Castro se pasó la mano por el cuello de la camisa, sintiendo que el aire de la habitación le faltaba, que el espacio de la capital se le estrechaba tanto como el pasillo del sótano donde Sabela Teixeira le había sonreído a un palmo de la corbata.
—El Ruso no se ahogó —habló Castro para sí mismo, y la voz le sonó extraña, un murmullo de secano que no tenía fuerza para cruzar el salón.
Sabía perfectamente lo que significaba ese barco subiendo desde Tánger.
Sabía que las firmas falsificadas del doctor Carro en la morgue de Santiago y las cajas de cartón que Asuntos Internos había llenado con los discos duros de Vilagarcía solo habían servido para comprarle seis meses de tranquilidad en un piso de la Castellana.
La contabilidad de la Costa da Morte no se cerraba con las órdenes de archivo del boletín oficial; se cerraba cuando el gigante de la Mossberg terminaba de meter los cartuchos del doce en el tubo de la faja.
Castro volvió al sillón, agarró el vaso de ginebra con las dos manos para que no se le notara el temblor de los dedos y se quedó mirando fijamente la pantalla parpadeante del televisor, esperando el informativo de las diez de la noche, con la certeza gélida de que antes de que llegara la primavera, su nombre figuraría en las esquelas de la provincia con la misma marca de plomo que el mar de Fisterra no era capaz de borrar de la arena mojada.