34 La estela del sur
El puerto de Tánger Med a las siete de la tarde era un hervidero de contenedores metálicos que subían y bajaban de las grúas de los buques mercantes con un chirrido de hierros que rebotaba en el agua sucia del Estrecho.
La bruma del norte bajaba desde las costas de Tarifa, densa, oliendo a salitre lavado y al humo espeso de los ferris que conectaban las dos orillas de la frontera.
En este lado del mar, los pasaportes falsos que Sabela Teixeira había comprado en Portugal valían más que los códigos penales que el inspector de Asuntos Internos seguía ordenando en las cajas de cartón de Santiago.
En la oficina del muelle cuatro, una habitación de paredes de hormigón desnudo que solo tenía una mesa de madera y un ventilador de techo oxidado, Sabela revisaba los albaranes de carga del carguero "Arousa Dos".
Llevaba un vestido de lino oscuro que le tapaba las marcas de las esposas en las muñecas y los ojos ocultos tras unas gafas de sol que no se quitaba ni cuando el sol se hundía en el horizonte de África.
—El cargamento de pescado congelado sale para el puerto de Vigo a las diez, doña Sabela —dijo el capataz marroquí, un tipo alto que llevaba una chilaba gris sucia de grasa de motor, añadiendo
—Los aduaneros del muelle gallego ya recibieron la transferencia de la sociedad pantalla de Casablanca. El camión no pasará por el escáner de la entrada; el inspector nuevo tiene la orden de Madrid de agilizar los tránsitos internacionales de la cooperativa de Otero.
Sabela asintió sin levantar la cabeza de las firmas de los manifiestos de aduanas.
— Que vaia limpo —respondió en gallego, con esa frialdad absoluta que se le había quedado metida en las encías desde la noche del calabozo subterráneo—.
Si alguna patrullera del Servicio de Vigilancia Aduanera se acerca a menos de tres millas de la quilla en la ría de las Cíes, avisa al timonel para que tire los terminales digitales al agua antes de que los de la Brigada Central puedan interceptar las transmisiones de satélite.
La puerta de la oficina se abrió despacio y Xurxo Nogueira entró con una caja de madera cargada con los repuestos de los filtros de inyección del barco.
Llevaba la camisa de lino abierta, mostrando el pecho curtido por los años de mar y la cicatriz de la mejilla violácea, tirante por el aire seco que soplaba desde las dunas del desierto marroquí.
Dejó la caja sobre la mesa, haciendo vibrar los papeles oficiales del Ministerio.
—Los de Madrid acaban de publicar la orden de archivo definitivo en el boletín del Estado, Sabela —dijo Xurxo, con su habitual susurro plano que parecía venir de debajo de las piedras del cabo Fisterra—.
El comisario Castro ya tiene su piso en el Retiro y el cuaderno azul de Brais se convirtió en ceniza en el monte Louro.
Para los funcionarios de la Castellana, nosotros somos dos ahogados que el Atlántico se tragó en la ría del norte hace seis meses.
Sabela cerró el maletín de cuero negro, encajando los cierres metálicos con un golpe que sonó definitivo en la estancia de hormigón.
Se levantó y se acercó al ventanal, mirando las luces amarillas del carguero que ya empezaba a soltar amarras para encarar las aguas negras del Estrecho.
—Las cuentas de los Souto están a cero, Xurxo—la abogada le clavó la mirada oscura, sin que le temblara un solo músculo de la cara—.
Pero la ría sigue ahí arriba, esperando a que alguien vuelva a meter los motores en la rompiente de la duna.
El dinero de Ginebra ya no sirve para limpiar la sangre del chaval en la arena, pero va a pagar el gasoil de los barcos que van a heredar la costa entera antes de que termine el invierno.
Xurxo no contestó. Sacó un cigarrillo rubio del bolsillo de la camisa —del tabaco marroquí que sabía a paja seca y a pólvora fría— y lo encendió con el mechero de piedra que había recuperado de la cabaña desierta de Rostro.
Se puso al lado de ella en la barandilla de la ventana, dejando que el humo denso se mezclara con la bruma del Estrecho que ya venía doblando las antenas de los barcos comerciales.
— A ría sempre gana, Sabela —susurró el Ruso, soltando la ceniza hacia el agua sucia del muelle—. Pero esta vez el timón lo llevo yo.
El carguero "Arousa Dos" metió la primera marcha, levantando una estela de espuma blanca que se abría camino hacia las aguas internacionales del norte, poniendo el punto final a una contabilidad de plomo que Madrid había querido enterrar bajo sus folios clasificados, pero que la Costa da Morte se encargaría de reescribir con la misma caligrafía de sangre con la que los lobos aduaneros cobraban siempre sus últimas voluntades.