Plomo en la niebla 33 Por la boca muere el pez
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33 Por la boca muere el pez

Seis meses después de que el Ministerio quemara las últimas carpetas magnéticas en el sótano de Santiago, el muelle de Ribeira ya no recordaba los apellidos de los Souto.

El negocio del contrabando en la Costa da Morte tiene la memoria corta y el estómago grande; en cuanto las lanchas viejas terminan de pudrirse en los depósitos judiciales de la comandancia, el mar se llena de cascos nuevos que no llevan marcas de aduanas en la fibra de carbono.

En la taberna de "O Náutico", pegada al muelle donde los marineros descargaban las cajas de lirio y jurel a las cuatro de la madrugada, el ambiente apestaba a frito, a gasoil templado y a ese sudor rancio de las guardias de ría.

En la mesa de madera del fondo, justo debajo del calendario de una marca de aparejos de pesca del año anterior, tres tíos de Vilagarcía rodeaban una jarra de ribeiro turbio.

Uno de ellos era Paquito "O Coxo", el que limpiaba los inyectores a las planeadoras de Iago antes de que el Ruso subiera al faro con la Mossberg.

Los otros dos eran rapaces de veinticinco años, de los que llevaban la marca del sol de batea en la nuca y un cordón de oro gordo por fuera de la sudadera de marca.

—Los de Madrid creen que por cambiar al comisario ya tienen la barra limpia —dijo uno de los chavales, soltando una risa corta, seca, que sabía al tabaco de liar que le quedaba en los dientes, añadiendo

—. El tecnócrata nuevo de Santiago no pasa del control de la AP-9 si la llovizna viene cerrada desde Cíes. No sabe distinguir una planeadora de una lancha de recreo de los turistas de Sanxenxo.

Paquito "O Coxo" no levantó los ojos de su taza de vino. Con un cuchillo de marinero viejo, de los de mango de madera de boj, iba sacando las virutas de suciedad que se le quedaban metidas debajo de la uña del pulgar derecho.

—No hables tan alto, rapaz —soltó el viejo con esa voz ronca que da pasar las noches tragando el aire helado del Atlántico—.

Los Souto también se creían que la ría era suya porque Don Manuel tenía comprados los despachos de Vilagarcía con el dinero de las cuentas en el extranjero.

Y ahora el viejo está criando malvas en el cementerio de Cambados con un informe médico que dice que le estalló una bomba turca en el salón.

—Eso fue cosa del Ruso, Paquito —el segundo chaval se inclinó sobre el hule sucio de la mesa, bajando la voz hasta dejarla en un murmullo que apenas tapaba el estruendo de los motores del puerto—.

En la ría se dice que Xurxo sigue metido en las rías del sur de Portugal, moviendo el dinero digital con la abogada Teixeira.

Dicen que el Patrol gris que compactaron en Padrón no era el suyo; que el madero tiene otro vehículo guardado en un galpón de la frontera de Valença.

El cojo clavó la punta del cuchillo en la madera de la mesa con un golpe seco, definitivo. El clack del hierro hizo callar a los dos rapaces al momento.

— El peixe muere por la boca, carallo —les escupió el viejo, mirándolos con unas pupilas grises que habían visto flotar demasiados cuerpos boca abajo en mitad de las bateas.

—. Xurxo Nogueira ya no es un madero con placa ni un jubilado de los ministerios de Madrid. Es un fantasma que se quedó sin alumno en la arena de Area Maior. Sentenció

— Si ese hombre vuelve a enfilar la proa hacia el norte, no va a venir a pediros los papeles de las planeadoras; va a venir a cobrar el plomo que vuestros primos le dejaron a deber a Brais Lois.

Así que acabad el ribeiro, subid a la neumática y dejad de pronunciar nombres que os pueden buscar una mortaja de hormigón antes de que abra la lonja por la mañana.

Los dos chavales se quedaron mudos, tragándose la rabia con el vino peleón, mientras el viejo Paquito recogía su cuchillo y salía a la llovizna constante del muelle, dejando la mesa del rincón ocupada solo por el silencio espeso que siempre precede a las tormentas de invierno en la Costa da Morte.