Plomo en la niebla 32 La última curva
70%

32 La última curva

El Mercedes azul oscuro de Anxo Castro subía por la carretera secundaria del monte Louro, forzando la tercera marcha entre los baches que el temporal de la noche había llenado de agua sucia y ramas de pino.

Castro conducía sin prisa, con el brazo izquierdo apoyado en la ventanilla medio bajada para dejar salir el humo de su cigarrillo.

Llevaba en el asiento del copiloto dos maletas de piel buenas, la caja de puros que le había regalado Don Manuel dos navidades atrás y el documento oficial de su jubilación forzosa con el sello del Ministerio del Interior.

Al llegar al mirador de las dunas, detuvo el coche en el arcén de tierra y dejó el motor al ralentí, escuchando el ronroneo suave de los seis cilindros alemanes.

Fuera, la playa de Area Maior parecía un desierto de arena gris lavado por la marea.

Las cintas amarillas de la policía ya no estaban; el viento del norte las había arrancado de los juncos, esparciendo los trozos de plástico por los peñascos del cabo.

Castro bajó del coche, abrochándose los botones del abrigo caro que ya empezaba a oler a la humedad del norte que nunca se te quita del cuerpo.

Sacó del bolsillo interior el cuaderno de tapas azules de Brais Lois, el que le había quitado al perito forense en la morgue de Santiago. Lo miró tres segundos, fijándose en la letra del chaval, que todavía mantenía la firmeza del que cree en los reglamentos de la escuela de policía de Ávila.

— Fuches un guaje limpio, Lois —dijo Castro, y la voz se le quedó corta, ahogada por el ruido del oleaje que batía cincuenta metros más abajo.

Con un movimiento rápido de los dedos, sacó un encendedor de oro del pantalón y arrimó la llama a las esquinas empapadas del cuaderno.

El papel azul tardó en prender por culpa del salitre, pero la llama terminó por morder el cartón, levantando una franja de humo negro que apestaba a tinta Bic quemada.

Castro sostuvo el documento por el lomo hasta que el fuego le llegó a las yemas de los dedos, tirando las cenizas al vacío del acantilado, justo donde el mar hervía entre las rocas negras.

Miró por última vez la línea del horizonte, hacia la canal de Sálvora Alta, donde el faro seguía dando vueltas a oscuras bajo la bruma del mediodía. Sabía que su piso del Retiro en Madrid sería cómodo, caliente, lejos de los calabozos subterráneos y de los despachos que huelen a gasoil de batea.

Pero también sabía que cada vez que escuchara llover contra los cristales de la capital, su cabeza volvería a esa maldita duna, buscando la sombra del gigante que no usaba guantes para cobrar las deudas del plomo en medio de la niebla.

Subió al Mercedes, metió la primera marcha sin mirar atrás y enfiló la carretera de la nacional, perdiéndose en la niebla que bajaba desde Fisterra y dejando la ría libre para los nuevos lancheros que ya andaban preparando las hélices de paso corto en los astilleros clandestinos del norte.