Plomo en la niebla 31 El búnker de papel
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31 El búnker de papel

La oficina de la Jefatura Superior de Policía en Santiago de Compostela se había transformado en un búnker de silencio administrativo.

El nuevo comisario principal, el tecnócrata de mirada gélida enviado desde los ministerios de Madrid tras la quema de los archivos en el sótano, revisaba por última vez el informe de cierre del caso.

Todo el horror de la ría se había reducido a una delgada tarjeta de memoria digital cifrada.

—El expediente queda clasificado como materia reservada por razones de seguridad del Estado —dictaminó el comisario principal, sellando la orden con un cuño de la misma tinta roja que devoraba los papeles del desguace—.

No hay cuerpos que enterrar, no hay armas que analizar en balística y el pazo de Cambados ya está a nombre de una sociedad bancaria de liquidación.

Don Manuel Souto oficialmente falleció por un fallo cardiorrespiratorio derivado de su avanzada edad.

El resto son leyendas de marineros borrachos en las tabernas de Fisterra.

Al lado del escritorio, el subinspector que había asistido al cordón policial de Area Maior asintió en silencio, manteniendo la vista fija en sus propios zapatos limpios.

Sabía perfectamente que si pronunciaba el nombre de Xurxo "O Ruso" Nogueira, su carrera terminaría esa misma mañana en un calabozo de castigo, compartiendo el mismo destino administrativo que el sargento que le dio las llaves a la abogada.

—¿Y qué hacemos con la abogada Teixeira, señor? —preguntó el subinspector en voz baja—. Se la ha visto merodeando de nuevo por los muelles de Fisterra antes de desaparecer en los barcos del sur. No tiene causas pendientes, pero la gente del pueblo dice que sigue teniendo hilos que tirar.

El comisario principal guardó la tarjeta de memoria en la caja fuerte de acero empotrada en la pared, cerrando la combinación con tres giros secos.

—Deje que se quede entre las piedras, subinspector —respondió el superior sin mirarlo.

—. En esta costa, los que ganan los juicios aduaneros de forma tan limpia suelen terminar flotando boca abajo en mitad de una batea si se mueven más de la cuenta.

Madrid quiere orden y paz en los telediarios, no más maderos muertos en la arena.

A esa misma hora, en el pazo señorial de Cambados, la maleza de la ría terminaba de invadir el patio de granito gris.

El portón de hierro, desprovisto de sus cadenas de seguridad, permanecía abierto de par en par, dejando que el aire del Atlántico entrara limpio por las ventanas rotas del salón principal.

En el suelo de castaño, justo donde tres años atrás Xurxo Nogueira había cobrado la última deuda, la enorme mancha violácea seguía incrustada en la madera noble, resistiéndose a desaparecer bajo el polvo, el olvido y la burocracia central.