Plomo en la niebla 30 La quema de archivos
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30 La quema de archivos

A las cinco de la tarde del viernes, el sótano de la Jefatura Superior de Policía en Santiago de Compostela olía a humo de papel viejo y a plástico quemado.

El sistema de extracción de la sala de calderas trabajaba a la máxima potencia, soltando una columna de humo grisáceo por la chimenea industrial del patio interior.

Dos subinspectores del área de administración, equipados con guantes de cuero de faena, volcaban los cajones metálicos de los archivos del GRECO directamente en la boca de la incineradora de residuos.

El nuevo comisario principal, el tecnócrata enviado desde Madrid para certificar la liquidación de las deudas del norte, supervisaba la quema apoyado en la barandilla de hierro.

—Que no quede ni una sola ficha dactilar de los lancheros de Ribeira en las carpetas de antecedentes, muchachos —ordenó el jefe superior, comprobando los códigos impresos en los lomos de las carpetas de cartón.

—Las copias de las intervenciones telefónicas de la operación de Muros en el noventa y cuatro van todas para el fuego.

Si algún fiscal de la Audiencia Nacional se le ocurre reabrir la causa por el secuestro de la chica Otero, la base de datos debe dar un error informático por “archivos dañados”.

El inspector de Asuntos Internos que había retirado las cajas de cartón del despacho de Castro se acercó con un fajo de cintas de casete magnéticas y las tiró al quemador, donde el plástico empezó a burbujear con una llama verde, tóxica.

—Las actas del sargento de guardia del sótano ya están destruidas, comisario—dijo el agente de Madrid—.

El hombre firmó la declaración de jubilación forzosa por motivos médicos y su plaza en Vilagarcía ya ha sido amortizada por el Ministerio.

Oficialmente, la abogada Sabela Teixeira nunca estuvo registrada en los calabozos subterráneos de la comandancia la noche de la fuga.

Su nombre figura como investigada en paradero desconocido en una causa genérica de la aduana de Vigo.

El superior miró cómo las últimas páginas del informe modificado del doctor Carro se convertían en ceniza negra en el fondo de la rejilla de hierro.

—¿Y el Patrol gris, inspector? —preguntó el tecnócrata, ajustándose los puños de la camisa blanca—. Los guardias de tráfico de Pontevedra dicen que localizaron un chasis abollado con esa misma numeración en un desguace de camiones cerca de Padrón.

—El coche fue compactado esta mañana en la prensa hidráulica de la zona industrial —respondió el de Asuntos Internos con un susurro plano—.

El bloque de chatarra resultante ya va camino de los altos hornos del norte de Portugal para su fundición como hierro de obra.

No quedan números de bastidor, ni restos de pólvora en la tapicería, ni muestras de arena de las dunas de Area Maior.

El rastro físico de Xurxo Nogueira se ha reducido a cero en los inventarios de patrimonio del Estado.

El comisario principal cerró la puerta de la incineradora con un golpe seco, definitivo, cortando el resplandor de las llamas que iluminaba el hormigón del sótano.

—El caso está cerrado en los papeles, muchachos —soltó el jefe superior, enfilando las escaleras hacia las oficinas de la planta noble—.

Dejen que los marineros sigan contando sus historias de fantasmas en las tabernas de Fisterra.

Madrid ya tiene la paz que necesitaba para los telediarios de la noche, y en este Ministerio los folios limpios valen más que la vida de los maderos que se quedan quietos en la arena de las playas.