29 La taberna de O Peirao
La taberna de "O Peirao", en el muelle viejo de Fisterra, olía a lo de siempre: a gasoil de los motores, a tabaco de liar y al vapor espeso del guiso de raya que burbujeaba en la cocina.
Era un local de techo bajo, con las vigas de madera torcidas por los años y las ventanas cubiertas por una pátina de grasa y salitre que tapaba la luz del día.
Los marineros de las bateas hablaban en susurros, con las tazas de vino blanco pegadas a los labios curtidos y los ojos fijos en el suelo de baldosas gastadas.
En este rincón de la costa, cuando alguien pronunciaba un nombre que no tocaba, el silencio se volvía tan espeso como el lodo del fondo que los peritos de Santiago andaban evitando en sus informes de oficina.
En la mesa del rincón, apartada de la claridad sucia que entraba por el cristal, Sabela Teixeira dejaba enfriar un café de pota.
Llevaba una chaqueta de lana gruesa que le venía grande y el pelo negro recogido en una coleta deshecha, con algunos hilos grises que no tenía la última vez que pisó Cambados.
Habían pasado tres años desde que el ferry la sacó de Vigo. Había vendido el piso franco, el coche caro y las fincas del norte.
Ya no le quedaban ganas de pleitos ni de códigos penales; la ría se le había quedado pequeña a cualquiera que guardara en la cabeza el estruendo de la Mossberg 500 y las firmas falsificadas del doctor Carro en la morgue.
La puerta de madera del local crujió al abrirse, dejando entrar una ráfaga de aire helado que hizo bailar la llama de las velas de cera de las mesas.
Un marinero viejo, con las manos deformadas por el reuma y la piel del color del cuero viejo, se acercó despacio a la mesa de Sabela.
No pidió permiso para sentarse. Dejó caer sobre el mantel de hule descolorido un objeto pesado, envuelto en un paño de lona verde militar y atado con un trozo de cabo de pescar.
—Apareció esta madrugada metida en una nasa de centollos, allá por los bajos de la isla de Sálvora Alta —dijo el viejo con una voz que parecía venir del fondo de una batea—.
Los rapaces del muelle querían llevarlo a la comandancia de Vilagarcía, pero les dije que los papeles de los maderos ya no valen nada en esta costa desde que Castro firmó la baja. Esto te pertenece a ti, letrada.
Sabela no respondió. Con los dedos entorpecidos por el frío de la taberna, desató el nudo del cabo y apartó la lona húmeda, que apestaba a salitre y a algas muertas.
Dentro del paño descansaba el cañón recortado y la corredera metálica de la escopeta Mossberg 500 de Xurxo. El acero industrial estaba completamente cubierto por una pátina densa de óxido rojizo, y el mecanismo de disparo permanecía trancado por la arena fina de las dunas.
Al lado del arma deshecha, brillaba con una luz opaca y sucia la placa metálica del GRECO del subinspector Brais Lois, con los bordes limados por los golpes continuos contra las piedras del fondo del Atlántico.
Sabela Teixeira tocó el metal oxidado con la yema de los dedos, sintiendo la textura áspera de la sal en la piel.
El viejo marinero se puso en pie, ajustándose la gorra de lana negra hasta las cejas.
—¿Crees que el Ruso volverá algún día de la mar, Sabela? —preguntó el anciano antes de dar la vuelta hacia la salida de la taberna.
Sabela envolvió de nuevo las piezas en la lona verde, guardó el paquete con parsimonia en su bolso de viaje y se levantó de la silla, dejando una moneda sobre la mesa de hule.
Miró a través de los cristales sucios el horizonte gris de la ría, donde las planeadoras clandestinas ya empezaban a calentar los motores para la noche.
— O mar non devolve todo —dijo Sabela con una frialdad absoluta antes de cruzar el umbral del local.