28 Presión en el quirófano
Las tres de la tarde en el Instituto de Medicina Legal de Santiago de Compostela eran la peor hora.
La luz del día se colaba por las claraboyas superiores en un tono plomizo que restaba relieve a los cortes quirúrgicos, obligando al doctor Carro a forzar la vista sobre los restos de Don Manuel Souto.
El forense llevaba el delantal de plástico transparente manchado de fluidos oscuros y el cansancio acumulado de haber examinado tres cadáveres del clan en menos de doce horas.
La puerta batiente que conectaba con los pasillos del área de administración se abrió de repente, golpeando el tope de goma con un ruido seco. No era un enfermero con una bandeja de muestras.
Era el inspector jefe de la Brigada Central que había llegado de Madrid con el coche oficial. Traía una carpeta de piel marrón y una prisa fría, burocrática, que no encajaba con el ritmo lento de la morgue.
—Doctor Carro —dijo el funcionario del Ministerio, parándose a dos metros de la mesa de acero sin mirarle a la cara al patriarca fallecido—. Traigo las directrices de la Jefatura Superior para la redacción final del acta de defunción de Manuel Souto.
Pausa y siguió:
-El Secretario de Estado necesita que el documento esté firmado y registrado en el juzgado de guardia antes de que el juez instructor empiece a pedir los informes de balística.
El médico viejo no dejó el bisturí de disección. Se volvió despacio, arrastrando las botas sanitarias por las baldosas blancas, y miró al burócrata por encima del puente de las gafas.
—El acta provisional ya está enviada por correo interno, inspector —respondió el forense, con esa parsimonia que te da llevar treinta años abriendo a los muertos del contrabando.
—. Don Manuel tiene el esternón hundido por un impacto directo de cartucho de postas del doce, disparado a menos de dos metros de distancia.
La fuerza del tiro fue tan bruta que le fracturó la columna a la altura de las vértebras dorsales.
Eso no es un fallo cardiorrespiratorio; es una ejecución con una escopeta de caza modificada a mano.
El de Madrid abrió la carpeta de piel, sacó un pliego de papel oficial con el membrete de la Dirección General de la Policía y se lo puso al médico al lado de la bandeja de instrumental.
—Aquí tiene la declaración rectificada, doctor —el inspector jefe bajó la voz, entornando los ojos—.
Las heridas torácicas del cadáver son compatibles con los impactos de metralla de un artefacto explosivo artesanal, de los que emplean las mafias turcas para amedrentar a los transportistas en las naves de Ribeira.
Don Manuel falleció por el colapso pulmonar derivado de la onda expansiva.
No hay mención a escopetas del doce, ni a marcas de aguja percutora modificada, ni a huellas dactilares en la mesa de caoba del pazo.
El doctor Carro soltó el bisturí, que chocó con el acero de la mesa con un sonido limpio, metálico. Se quitó los guantes de látex con un chasquido rudo y los tiró al cubo de los residuos biológicos.
—¿Y qué hago con los perdigones de plomo que tengo metidos en el frasco de balística, muchacho?
—le soltó el forense en un gallego cerrado que sonó como un golpe—.
Los técnicos de Madrid ya le sacaron fotos a la huella del Ruso en la botella de coñac.
Si cambio el informe ahora para que vuestro Ministro salve el pellejo en el telediario, el primer perito judicial que revise la causa en el Tribunal de Santiago me va a sentar en el banquillo por falsedad en documento público.
—El Tribunal de Santiago no va a revisar nada, Carro —el de Madrid se le acercó a un palmo de la bata sucia, con un aliento frío añadiendo:
—. El juez instructor ya ha recibido la orden de clasificar las actuaciones como secreto de Estado.
Las muestras de plomo se van a extraviar esta misma tarde en el traslado hacia el laboratorio central y la huella de la botella ya ha sido borrada con un trapo con alcohol por los guardias de aduanas.
Firme el papel de la onda expansiva y deje que el viejo Souto se vaya a la tierra con los papeles limpios.
Si se niega, mañana por la mañana tendrá a una comisión de inspección sanitaria revisando los presupuestos de este instituto y usted se irá a su casa con un expediente administrativo que le va a sacar la jubilación.
El viejo médico miró el documento oficial del Ministerio, luego el rostro desfigurado del patrón que seguía inmóvil bajo los focos del quirófano.
Con los dedos entorpecidos por la rabia, agarró el bolígrafo que el inspector le ofrecía y firmó el acta modificada con un trazo rápido, violento, que casi rasgó el folio.
— Lleváoslo de la provincia antes de que empiece a oler, carallo —espetó el forense, dándole la espalda antes de cruzar la puerta—. Disfrutad del papel oficial; en esta morgue la verdad dura lo que tarda el plomo en hundirse en el lodo de la ría.