Plomo en la niebla 27 La estela blanca
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27 La estela blanca

El ferry soltó los cabos con un crujido sordo que hizo temblar toda la estructura de hierro.

El motor, un bloque de gasoil que rugía debajo de las planchas de la cubierta, empezó a picar el agua, dejando una estela de espuma blanca y sucia que se abría camino hacia el mar abierto.

Vigo se fue quedando atrás, reducida a una hilera de luces amarillas que la llovizna iba borrando de la vista.

Sabela se bajó la bufanda de lana hasta la barra, respirando el aire helado a bocados. Le dolían los dientes de tanto apretar las mandíbulas de los nervios de la autopista.

Una densa bocanada de humo negro del escape del barco bajó de golpe, tapando la cubierta por unos segundos y dejándole un sabor a hollín amargo en la lengua.

Al limpiarse el aire, Sabela se fijó en la línea del horizonte, hacia el norte infinito. Allí, sorteando los arrecifes traicioneros que muerden la entrada de la ría, navegaba una silueta de madera noble.

Un pesquero viejo, bajo de proa, que iba sin luces de posición en el palo mayor y con el motor ronco metido en el temporal que los peritos de Asuntos Internos aún andaban investigando en los muelles de Cambados. No llevaba banderas. Tampoco prisa.

La abogada se quedó quieta, agarrada al hierro de la barandilla hasta que los nudillos se le volvieron del color de la sal.

No hubo manos levantadas para despedirse. No hubo llamadas por la radio del canal de navegación. El barco de madera se fue metiendo en el ojo de la tormenta que volvía a armarse en el cabo de Fisterra, borrando las últimas huellas del gigante de la Mossberg.

— O mar non devolve todo, inspector —susurró Sabela para sí misma, con una risa gélida que el viento del Atlántico le quitó de la boca al momento.

El ferry torció el rumbo hacia las aguas negras del exterior, metiéndose en la niebla que ya no miraba para atrás.

El dinero de los Souto iba guardado en el terminal electrónico metido en el forro de su abrigo, pero la contabilidad de la Costa da Morte se cerraba en esa misma estela, donde los vivos aprendían a vivir con el ruido que dejaban los que se marchaban y los peritos de Madrid heredaban un desierto de hierro oxidado y tumbas vacías.