26 La auditoría interna
A las doce de la mañana, dos agentes de la Unidad de Asuntos Internos llegados en el puente aéreo desde Madrid entraron en el despacho de Anxo Castro en Vilagarcía sin pedir permiso.
Llevaban carpetas de plástico azul con el logotipo del Ministerio de Justicia y unas cajas de cartón vacías para retirar los archivos informáticos de la mesa de caoba.
Castro no se levantó de su sillón de cuero; se limitó a mirarlos con esa suficiencia cansada del que ya sabe que su nombre figura en la lista de los descartes políticos del Gobierno.
El que mandaba el equipo, un inspector principal de facciones duras y gafas de montura metálica, le depositó una orden de cese provisional firmada por el Director General encima del teclado del ordenador.
—Tiene veinticuatro horas para abandonar la jefatura, comisario—dijo el de Asuntos Internos—.
El Secretario de Estado ha retirado su firma de los presupuestos extraordinarios del GRECO en la provincia.
La fuga de Sabela Teixeira de los calabozos subterráneos es una negligencia que no podemos justificar ante la comisión judicial de Santiago.
Castro sacó el paquete de tabaco del cajón, encendió un pitillo con parsimonia y soltó el humo directo hacia la cara del inspector de Madrid.
—Las llaves de esa celda las maneja la ría desde hace veinte años, rapaz —soltó Castro, con una risa seca que pareció un crujido de madera vieja.
—. Si vuestros contables de la Castellana creen que van a enderezar esta costa mandando folios con el membrete oficial, es que no tenéis ni puta idea de cómo se mueven los fardos cuando el Atlántico se pone en fuerza ocho.
El cuaderno del guaje Lois era lo único que mantenía el orden en las aduanas, y ese papel ya no va a salir en vuestras auditorías.
El agente de Asuntos Internos hizo una señal a su ayudante para que empezara a desconectar los cables de los discos duros de la pared.
—El cuaderno del subinspector Lois ha desaparecido de las actas oficiales de la inspección ocular de Sálvora Alta, Castro —el inspector principal se apoyó en la mesa, mirándolo fijamente le dijo:
—El perito médico dice que usted se lo guardó en el impermeable antes de que llegara el juez de guardia.
Si ese documento no aparece en el registro de evidencias de la Jefatura Central, le juro que su pensión en Madrid se va a convertir en una querella criminal por encubrimiento y obstrucción a la justicia.
Castro se levantó despacio, agarró su abrigo caro del perchero de la esquina y se lo echó por encima de los hombros con una parsimonia institucional ensayada.
— Búscalo bajo el agua, inspector —le espetó en gallego antes de enfilar el pasillo de salida—.
Busca el cuaderno en las rocas del faro, al lado de los dedos de Iago Souto.
Porque en esta comisaría ya no quedan más folios que rellenar.
Disfrutad de las cajas de cartón; la ría es toda vuestra a partir de las doce.