Plomo en la niebla 25 El billete de ida
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25 El billete de ida

El puerto comercial de Vigo a las cinco de la tarde era un sumidero de llovizna y humo de gasoil. Los camiones de carga maniobraban sobre el asfalto agrietado, dejando rodadas de grasa negra que el agua de la ría no era capaz de limpiar.

Sabela Teixeira caminaba pegada a la valla metálica, con los dedos metidos en los bolsillos de la gabardina oscura y el maletín de cuero negro apretado contra las costillas.

Había dejado el Ibiza abandonado en un callejón detrás de la estación de tren, con las llaves puestas y la guantera abierta para que los yonquis del barrio se llevaran lo poco que quedaba dentro.

Cada vez que el motor de una carretilla elevadora daba un acelerón, el estómago se le encogía hasta volverse del tamaño de una moneda.

Tenía un billete de solo ida para el ferry de las islas de la Ría en el bolsillo interior. Un pedazo de cartón que le había costado los últimos billetes limpios que guardaba en el piso de Cambados.

Al llegar a la pasarela de embarque, se paró detrás de una familia de turistas que cargaba con maletas de ruedas. Miró hacia atrás por encima del hombro, con los ojos entrecerrados por la bruma.

Castro ya no tenía placa, pero Madrid había mandado a tres tipos de la Brigada Central que no sabían lo que era pisar una batea, pero que tenían un empeño ciego en encontrar los doce millones de euros del oro digital de los Souto.

Sabela sabía que en esa costa la policía no te mataba con plomo; te mataba dejándote quieta en un sitio hasta que los tuyos venían a cobrar las deudas.

—El billete—dijo el revisor de la pasarela, un tipo viejo con uniforme azul gastado que ni la miró a la cara.

Sabela le alargó el papel con el nombre falso que traía, impreso desde Portugal. El marinero le dio un mordisco con la troqueladora y le hizo un gesto con la cabeza hacia la cubierta superior.

— Suba rápido, rapaza , que el motor ya está embragado y la niebla viene cerrando desde Cíes —soltó el hombre en un gallego arrastrado, volviendo a escupir al agua sucia del muelle.

Subir las escaleras de chapa de la embarcación le costó más que cruzar los pasillos de la Audiencia de Santiago. Cada paso le resonaba en la cabeza con un eco metálico.

La gabardina le pesaba por el agua acumulada y el pelo negro se le pegaba a las sienes, frío, metiéndole el olor a salitre directo en la nariz.

Al llegar a la cubierta de pasajeros, no entró en la cabina de los asientos de plástico. Se quedó fuera, arrinconada entre una pila de chalecos salvavidas y la barandilla de hierro oxidado, buscando el único sitio donde nadie pudiera ponerse a su espalda sin que ella viera la sombra antes.