24 El peaje de la noche
El Seat Ibiza blanco de tercera mano que Sabela Teixeira había comprado, hacía veinte años, por cuatro mil pesetas en efectivo a un lanchero de Vilanova rodaba con un chirrido constante en la polea del alternador.
Sabía que, a esa hora, con el búnker de Sálvora Alta lleno de peritos y forenses, la Guardia Civil de Tráfico ya tendría la orden de cerrar las salidas secundarias hacia Vigo.
Llovía con esa rabia sorda del sur de la provincia; un agua gorda que los limpiaparabrisas gastados no alcanzaban a barrer, dejando un rastro sucio sobre el cristal.
Sabela conducía con una mano en el volante de plástico y la otra metida en el bolsillo de la gabardina, donde el terminal satélite mantenía la pantalla encendida.
Los doce millones de los Souto se movían a través de un servidor seguro en Nassau, saltando de cuenta en cuenta cada sesenta segundos para despistar a los analistas informáticos que el de Madrid tenía trabajando en el sótano de Vilagarcía.
Al llegar al peaje de Curro, las luces rojas de las cabinas de cobro automático parpadeaban entre la niebla como ojos de gato.
Sabela redujo la marcha, metiendo la mano en la guantera para sacar las monedas del importe, pero se detuvo en seco al ver los destellos azules de una patrulla de la Benemérita cruzada en el carril derecho.
Dos guardias con los impermeables verdes relucientes por el agua daban el alto a los camiones del pescado que subían desde los muelles de Marín.
— Mala centella te coma, Castro —masculló la abogada entre los dientes, sintiendo cómo el estómago se le volvía a apretar.
Apagó las luces largas del coche para no llamar la atención y enfiló la cabina del centro, la que no tenía barrera manual.
Al pasar al lado del primer guardia, el hombre levantó la linterna halógena, proyectando el haz de luz directo sobre el cristal empañado del Ibiza. Sabela no redujo la velocidad; mantuvo el pie firme en el acelerador, mirando al frente
con esa frialdad de los que han pasado diez años firmando recursos de nulidad en las audiencias.
La luz de la linterna le barrió la cara durante dos segundos que le parecieron dos años. El guardia hizo un amago de llevarse la mano a la funda de la Star de nueve milímetros, pero el paso pesado de un camión articulado que entraba por el carril de la izquierda le tapó la visual.
Sabela pisó a fondo. El Ibiza pegó un tiro por el tubo de escape y saltó hacia la recta oscura de la autopista, ganando velocidad mientras el motor rateaba por la falta de gasolina.
El terminal digital emitió un pitido corto, agudo: la última transferencia se había completado con éxito en la banca privada de Gibraltar.
El clan de los Souto ya no tenía dinero para pagar a sus sicarios en Ribeira, y a ella solo le quedaban cuarenta kilómetros de asfalto para alcanzar la pasarela de madera del ferry de Vigo.