23 El rastro de la niebla
La sala de prensa de la Jefatura de Policía en Santiago de Compostela estaba abarrotada de micrófonos, cámaras de televisión y periodistas que se empujaban en las primeras filas.
Los focos de los platós daban un calor sofocante que no tenía nada que ver con el invierno gallego.
Detrás del atril de madera, el comisario Anxo Castro, acompañado por el Delegado del Gobierno, lucía su mejor traje gris y una corbata de seda impecable.
Su cara fingía una seriedad institucional ensayada delante de los flases, ocultando el sudor frío que le bajaba por la nuca tras su conversación telefónica con el Secretario de Estado.
—Damos por desmantelado por completo el clan de los Souto —declaró Castro con voz firme, leyendo un documento oficial—. Una operación limpia de la Policía Nacional ha descabezado la mayor red de narcotráfico de la Costa da Morte. Con voz ficticia y apenada añadió:
— Lamentamos la pérdida en acto de servicio del subinspector Brais Lois, un héroe que dio su vida por la seguridad de todos. La ley siempre gana en la ría.
Un periodista levantó la mano desde el fondo de la sala, interrumpiendo el discurso oficial con una pregunta directa.
—¿Ando equivocado, comisario, o el inspector Xurxo Nogueira tiene algo que ver con las muertes de Sálvora Alta y el pazo de Cambados?
—preguntó en voz alta—. Los rumores en Vilagarcía dicen que fue él quien entró solo en las propiedades del clan.
Dicen que está en paradero desconocido y que la abogada Sabela Teixeira huyó de sus calabozos con los doce millones de las cuentas puente.
¿Ha desertado el Ruso con el botín del contrabando?
Castro clavó la mirada en los papeles, forzando una sonrisa helada antes de responder a las cámaras de los telediarios.
—El exinspector Nogueira fue suspendido de sus funciones antes de estos acontecimientos por graves faltas reglamentarias y abandono de destino.
Tajante añadió:
—Los informes forenses y las inspecciones oculares determinan que las muertes de los miembros del clan Souto fueron el resultado de un ajuste de cuentas interno entre bandas rivales de la droga turca por el control de la heroína.
La policía no tiene constancia del paradero del señor Nogueira, ni vinculación alguna con las ejecuciones.
El caso está cerrado para esta comisaría y para el Ministerio.
A muchos kilómetros de Santiago, la lluvia seguía golpeando las maderas viejas de la cabaña desierta en el cabo de Fisterra.
Dentro ya no quedaba nada de valor. La escopeta Mossberg 500 y las cajas de cartuchos pesados habían desaparecido del armario. Solo el olor rancio a tabaco de batea y a aceite de motor se había quedado agarrado a las paredes desnudas.
En el puerto viejo de Vilagarcía, una pequeña lancha pesquera soltaba amarras a la misma hora, metiéndose sin luces de posición en medio de una niebla plomiza que se tragaba la línea del mar.
Al timón de la embarcación de madera, un gigante con una gabardina negra y la cara partida por una cicatriz violácea mantenía la vista fija en las aguas oscuras del Atlántico.
Xurxo Nogueira no miraba atrás; en el bolsillo interior de su chaqueta, al lado de su pecho duro, la placa sucia del joven Brais ya no hacía presión. Había cobrado cada una de las deudas de la ría con plomo y sangre, dejando las actas de Castro como papel mojado en los archivos de la capital.
— Xa non queda nada —dijo para sí mismo con un susurro plano que se perdió enseguida en el ruido del temporal.
La silueta del pesquero desapareció del todo entre la bruma del norte, borrando para siempre el último rastro del lobo aduanero en la Costa da Morte.
La historia negra de la ría se había terminado, escrita con la caligrafía descarnada de los que saben que la justicia de los despachos nunca limpia la arena empapada de sangre de los rapaces que caen en la oscuridad.