Plomo en la niebla 22 El informe balístico
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22 El informe balístico

La mesa de acero inoxidable del Instituto de Medicina Legal de Santiago de Compostela reflejaba la luz cruda de los tubos fluorescentes del techo.

El olor a formol, a tejido quemado por la pólvora y a la grasa rancia de los fardos de droga se metía por las mascarillas del equipo forense, que trabajaba en silencio desde las seis de la mañana.

Dos peritos de balística de la Policía Científica de Madrid examinaban bajo el microscopio los restos de plomo extraídos del cuerpo de Paio Souto.

El doctor encargado de la autopsia, un gallego viejo con las manos curtidas por miles de disecciones criminales en la provincia dejó las pinzas quirúrgicas sobre una bandeja metálica con un tintineo limpio.

—Son postas de plomo del doce, de fabricación antigua —dijo el forense, limpiándose las gafas con la solapa de su bata blanca—. El tirador empleó cartuchos con perdigones sobredimensionados, de los que se usaban en los años ochenta para la caza mayor en el monte.

Pensativo añadió:

— El impacto a tres metros generó un boquete torácico expansivo que destruyó el ventrículo izquierdo de forma instantánea. No hay signos de defensa, comisario. El chaval cayó rígido, de rodillas, antes de que el corazón dejara de bombear sangre al suelo.

Anxo Castro, de pie junto a la puerta de cristal esmerilado de la morgue, asentía en silencio mientras fumaba un cigarrillo corto a escondidas del reglamento sanitario de las oficinas.

—¿Y el desmembramiento del brazo, doctor? —preguntó el comisario, sin quitar los ojos de la sábana sucia que cubría la parte inferior del cadáver del niñato.

El médico hizo un gesto con la cabeza hacia una serie de radiografías digitales que parpadeaban en el monitor de la pared.

—El primer disparo le agarró el codo derecho mientras sostenía el subfusil.

El impacto fue tan brutal que fracturó el radio y el cúbito en seis fragmentos limpios, desprendiendo los tendones por tracción mecánica.

Un disparo de esas características solo lo realiza alguien que sabe manejar el retroceso de una escopeta de cañón corto con una sola mano.

No es el trabajo de un lanchero de Ribeira pasado de rosca por la cocaína.

Esto tiene la firma de un ejecutor que conoce el punto exacto donde el plomo causa el mayor destrozo muscular.

Uno de los peritos de Madrid levantó la cabeza del microscopio de comparación, sosteniendo con las pinzas un casquillo de latón oxidado que habían recuperado en las escaleras de caracol del faro de la isla.

—Mire esto, comisario —dijo el técnico, enseñándole la base del metal—.

El percutor ha dejado una marca excéntrica, muy profunda, típica de las agujas modificadas a mano con una lima fina.

Es la misma impronta balística que apareció en los casquillos de la redada de Muros en el noventa y cuatro.

El arma pertenece a la vieja dotación del GRECO que se retiró del servicio oficial tras el escándalo de las aduanas.

Xurxo Nogueira sigue usando la misma Mossberg con la que limpiaba las planeadoras hace quince años.

Castro arrojó la colilla del tabaco al desagüe del suelo, aplastándola con la punta de su zapato de sastre mojado por el lodo de Sálvora.

—Guarden esa bala en el doble fondo de los archivos clasificados, rapaz —ordenó el comisario, dándose la vuelta hacia el pasillo—.

Madrid no necesita saber que la aguja percutora tiene nombre y apellidos.

Escriban en el acta de defunción que los turcos usaron escopetas de caza robadas en Portugal y cierren el expediente antes de que el juez de guardia pida los registros de balística comparada de la Jefatura Central.