Plomo en la niebla 21 La inspección ocular
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21 La inspección ocular

A las once de la mañana, la Comandancia de la Guardia Civil de Pontevedra envió un equipo de criminalística al pazo de Cambados.

Dos furgonetas blancas estacionaron en el porche, pisando las camelias caídas y los surcos de barro que los neumáticos del Patrol de Xurxo habían dejado grabados en el suelo de piedra.

Los agentes, vestidos con monos de plástico azul que crujían con la humedad, montaron el perímetro de seguridad con cintas amarillas antes de que los primeros fotógrafos de los diarios locales empezaran a merodear por los viñedos de la entrada.

El capitán de judicial, un hombre de hombros anchos que llevaba diez años revisando los crímenes del contrabando de tabaco, entró al salón principal con el maletín de reactivos químicos en la mano.

El olor a pólvora quemada seguía suspendido bajo las vigas de castaño de la techumbre, espeso, rancio, mezclado con el aroma dulzón del coñac de la botella rota.

—Es un impacto directo de cartucho de caza de alta fuerza, mi capitán —dijo uno de los sargentos, que andaba de rodillas recogiendo muestras de pisadas de fieltro del

suelo—. El disparo desarmó la caja torácica del anciano a menos de dos metros de distancia. La dispersión de los perdigones es mínima, concentrada en un diámetro de quince centímetros en el centro del esternón.

Afirmando:

-El tirador sabía perfectamente cómo aguantar el empuje del arma sin que el cañón se le fuera para arriba.

El capitán se acercó a la mesa de caoba, fijando la luz de su linterna halógena en el círculo limpio que había dejado la base de la botella de coñac al volcarse.

Justo al lado del hule manchado, una huella dactilar parcial, marcada con sangre seca, dominaba la madera noble.

—Llamen al gabinete de identificación de Santiago —ordenó el oficial, sacando una cámara fotográfica digital para registrar la marca antes de que la humedad del ambiente terminara de emborronarla.

—. Que comparen esta muestra dactilar con los registros de la Jefatura Superior.

El Ruso no usaba guantes cuando le tiró la placa del guaje encima de la mesa a Don Manuel.

Esto no es un ajuste de cuentas de los turcos; esto es una ejecución pura, limpia de papeleo, pero sucia de firmas.

El sargento perito se levantó, sosteniendo con las pinzas

metálicas un trozo de plomo deformado que había recuperado de la tapicería trasera del sillón de cuero.

—El casquillo no está en la estancia, mi capitán.

El ejecutor usó una escopeta de corredera y recogió la vaina de latón antes de salir al porche.

Se tomó el tiempo necesario para limpiar las evidencias del suelo mientras el motor de su Patrol seguía encendido en el patio.

El hombre que hizo esto conocía perfectamente los protocolos de nuestra inspección ocular; nos está dejando las huellas para que sepamos quién ha sido, pero sin darnos el hierro con el que firmó la baja del patrón.

El capitán miró por la ventana rota hacia las parras del pazo, donde la llovizna constante seguía lavando el camino de salida hacia la carretera nacional.

—Escriban en el informe provisional que Don Manuel falleció por heridas incompatibles con la vida derivadas de un asalto armado por bandas organizadas del norte de Portugal —soltó el capitán, guardando las lentes en el maletín—.

Si Madrid quiere folios oficiales para archivar la carpeta de los Souto, démosles lo que piden.

No voy a mandar a mis muchachos a buscar a un gigante herido en mitad de los acantilados de Fisterra solo para que un juez de Santiago gane una medalla administrativa.