Plomo en la niebla 20 La última ceniza
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20 La última ceniza

El Patrol viejo paró delante del portón de hierro del pazo de los Souto en Cambados.

Xurxo no apagó el motor; el ralentí hacía un siseo pesado que se mezclaba con el ruido de la llovizna cayendo sobre las parras viejas.

La verja de la entrada, donde siempre había dos tíos de Ribeira vigilando con cara de pocos amigos, estaba entornada. En el suelo de granito, las camelias caídas parecían manchas de sangre reseca sobre la piedra gris.

El desorden en la entrada confirmaba lo que el Ruso ya sabía: el pazo estaba desprotegido, abandonado por los sicarios que habían huido en cuanto el eco de la carnicería de Sálvora Alta empezó a cruzar la ría en boca de los marineros.

Xurxo bajó del coche arrastrando los pies por el cansancio de toda la noche.

Tenía la cazadora de cuero acartonada por la sal y el fluido seco de la mejilla, donde el tajo de la navaja de Iago había empezado a hacerse costra.

Con la mano izquierda llevaba la escopeta Mossberg 500 apoyada contra el muslo; en el bolsillo interior, la placa de su compañero Brais le seguirían pesando como un bloque de plomo.

Cruzó el porche sin llamar. Las maderas del salón principal crujieron debajo de sus botas de montaña, que iban dejando marcas de barro y arena de Sálvora Alta por toda la casa.

Al fondo de la habitación, sentado en un sillón de cuero verde al lado de una chimenea donde casi no quedaban brasas, Don Manuel Souto fumaba un puro con una parsimonia de viejo que ya no espera nada.

El patriarca del contrabando gallego parecía más pequeño, consumido por los años y por la certeza de que su apellido se había terminado esa misma madrugada en el mar.

Tenía una manta de lana encima de las piernas y una botella de coñac a medio vaciar en la mesa de al lado.

—Hiciste mucho ruido en la isla, Xurxo—dijo el viejo sin levantar la cabeza, con una voz ronca que sabía a tabaco de batea y a setenta años de ría—.

Mis hijos eran unos brutos. No sabían que en este negocio el plomo solo se usa cuando las palabras ya no sirven.

Paio estaba loco y a Iago lo perdió el orgullo de mandar.

Xurxo se plantó en medio del salón. Su sombra tapaba la poca luz que entra por las ventanas del pazo. No levantó el cañón de la escopeta, pero sus ojos fijos en el viejo no tenían ni un gramo de lástima ni de respeto por los años del patrón.

—Brais no tenía la culpa de sus guerras, Don Manuel —Xurxo hablaba bajo, plano, sin odio en la voz, lo que la hacía más peligrosa—. Su hijo mayor le pegó un tiro en la frente en la playa solo por llevar mi chaqueta. Se guardó su placa en el bolsillo como si fuera un trofeo de caza.

El viejo Souto dio una calada larga al puro, dejando que el humo espeso le tapara los ojos cansados.

—La ría da y la ría quita, inspector. Tú lo sabes mejor que nadie. Llevamos quince años jugando a esto entre los muelles y las aduanas. Yo perdí a mis rapaces anoche, y tú perdiste al tuyo. Estamos en paz con los muertos.

— Non hai paz, Manuel —le soltó Xurxo seco, con un tono que cortó el aire del salón como un hachazo. Xurxo metió la mano en la cazadora, sacó la placa metálica del GRECO sucia de sangre y la dejó caer sobre la mesa de caoba, justo al lado de la botella de coñac.

El metal sonó duro, contundente, como el ruido de una caja de madera al cerrarse.

—Vengo a cobrarme el último pagaré de la lista —añadió el exinspector, dando un paso al frente y apuntando la Mossberg recta al pecho del viejo.

Don Manuel miró la placa del policía, luego la boca negra del cañón que tenía a menos de dos metros. No se movió. No pidió clemencia ni intentó sacar la pistola corta que guardaba debajo de la manta de lana.

Sabía perfectamente que delante del Ruso las reglas del dinero y los favores políticos que le habían comprado la voluntad a Castro no servían para nada.

Había llegado el final del clan, y el ejecutor no iba a firmar actas administrativas.

— Fai o que teñas que facer, rapaz —susurró el viejo en un gallego cansado, cerrando los ojos antes de oír el trueno.

El disparo de la Mossberg retumbó con una fuerza salvaje en las paredes del pazo, rompiendo los cristales de las vitrinas de porcelana y apagando del todo las últimas brasas de la chimenea.

El cuerpo de Don Manuel Souto se quedó ladeado en el sillón orejero, con el pecho destrozado por las postas y la manta de lana tiñéndose rápido de un rojo oscuro que empezó a gotear sobre las tablas de castaño del suelo.

Xurxo bajó el arma despacio, se dio la vuelta y caminó hacia la salida sin mirar atrás.

El Patrol arrancó bajo la llovizna constante de Cambados, perdiéndose en la niebla de la mañana, dejando atrás un pazo habitado solo por el silencio de los muertos y el final definitivo de una era de plomo en la ría.