Plomo en la niebla 19 Cuarenta minutos de negrura
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19 Cuarenta minutos de negrura

Salieron a la noche de la isla. El temporal de fuerza ocho seguía pegándole al islote con una rabia que parecía personal, pero la lluvia había cambiado; ya no eran gotas, era una cortina de agua densa que te tapaba los ojos a los dos metros.

Bajaron por el camino de piedras que iba en zigzag hacia la cala inferior.

Antía tiritaba, con el cuerpo sacudido por la hipotermia y la sangre que perdía, mientras el foco amarillo del faro seguía dándole vueltas a sus espaldas, alumbrando los matorrales de vez en cuando.

Al llegar abajo, la neumática negra seguía cabeceando contra la arena, aguantada por el cabo gordo que Xurxo había amarrado a una roca antes de subir. El agua helada les llegó por las rodillas en cuanto pisaron la orilla.

Xurxo agarró a Antía por la cintura y la tiró sin mirar dentro de la embarcación. La chica cayó sobre las tablas de goma, abrazándose las piernas para no perder el poco calor que le quedaba en los músculos.

El exinspector subió detrás de un salto, soltó el nudo con los dedos entorpecidos por el frío y tiró de la cuerda de

arranque del motor de doscientos caballos. El motor roncó al momento, haciendo vibrar toda la lancha. Metió la marcha y encaró la rompiente, directa a las olas gigantes que amenazaban con darles la vuelta en cada cresta.

Durante los cuarenta minutos que tardaron en llegar a la costa de Fisterra, ninguno de los dos abrió la boca. El silencio era total.

Antía se quedó boca abajo en el fondo, tragando agua salada y llorando cada vez que la lancha caía a plomo desde tres metros de altura.

Xurxo, con los ojos clavados en la negrura del mar y la mejilla chorreando, gobernaba con los brazos tiesos como puntales de hierro. No sentía el frío, ni el dolor, ni lástima por la chica.

Tenía la cabeza puesta en el siguiente nombre de la lista, ajeno a los peritos que ya andaban pisando sus huellas en el cemento del búnker.

La neumática encalló por fin en la playa de Rostro, cerca de la cabaña desierta de Xurxo.

El Ruso apagó el motor de golpe. La noche empezaba a abrirse, dejando ver esa claridad gris y sucia que tienen las mañanas de invierno en la Costa da Morte.

Xurxo bajó de la lancha, sacó a Antía del fondo y la dejó tirada en la arena seca, lejos del agua.

—Llama a tu padre desde el pueblo —le tiró al suelo un teléfono satelital que le había quitado a los Souto en la mesa de control—. Dile que la jaula de Sálvora Alta está abierta. Que venga a buscarte antes de que los forenses de Castro lo llenen todo de cintas de plástico.

Antía agarró el aparato con las manos muertas, mirándolo con una mezcla de pánico y agradecimiento que no sabía cómo soltar por la boca.

—¿Y tú...? ¿Qué vas a hacer, Xurxo? —consiguió preguntar, con la voz rota por el temblor.

Xurxo se subió el cuello de la chaqueta empapada, dándole la espalda. Sus ojos de piedra miraron la carretera secundaria que subía hacia los acantilados.

— Queda a última visita —dijo seco, sin mirar atrás.

Caminó hacia el Patrol que tenía escondido entre los pinos. El motor arrancó con un quejido pesado, metiéndose en la niebla de la mañana camino del pazo de Cambados, dejando atrás la playa y empezando el final de Don Manuel Souto.