18 El teléfono satelital
A las nueve de la mañana, los pasillos del Ministerio del Interior en Madrid estaban sumidos en una actividad frenética y silenciosa.
La moqueta gris de las oficinas del Paseo de la Castellana amortiguaba las zancadas rápidas de los asesores jurídicos y de los mandos de la Brigada Central que subían a la planta noble.
No había conversaciones en voz alta; solo el traqueteo continuo de las impresoras que escupían los primeros informes preliminares de balística llegados desde Galicia de manera encriptada.
En el despacho principal, el Secretario de Estado de Seguridad caminaba de un lado a otro del ventanal con el teléfono satelital pegado al oído izquierdo. Tenía la corbata desabrochada y un dolor punzante en las sienes provocado por la falta de sueño y la presión de la Moncloa.
—Quiero un cordón informativo total en la prensa de Santiago de Compostela, Castro —le rugió el alto cargo al aparato, con una voz ronca que reflejaba la tensión de la capital—.
Si los telediarios se enteran de que un inspector suspendido ha entrado con una escopeta de postas en una isla protegida por la Unión Europea y ha liquidado a los dos herederos de los Souto, el Ministro va a tener que dar explicaciones esta misma tarde en el Congreso de los Diputados. ¿Me estás oyendo, carallo?
Al otro lado de la línea, la voz de Anxo Castro llegaba con interferencias sutiles, tapada por el rumor del motor diésel de la patrullera de aduanas que regresaba al muelle de Vilagarcía.
—El cuaderno del subinspector Lois ya está en mi poder, señor Secretario —respondió Castro, con un susurro opaco que denotaba cansancio—.
El guaje había apuntado las matrículas de los camiones de los turcos y tres números de cuentas secretas en Ginebra que conectan con la firma de la letrada Sabela Teixeira.
Si destruyo el cuaderno y dejamos las muertes del búnker como un ajuste de cuentas interno por el reparto de la heroína, la Audiencia Nacional archivará las diligencias en menos de un mes por falta de autor conocido.
El Secretario de Estado se detuvo en seco frente al ventanal, observando el tráfico denso de Madrid que fluía ajeno a las deudas de sangre de la ría.
—¿Y la chica Otero, Castro? ¿Qué pasa con la hija del armador?
—el político apretó el puño libre contra el cristal—.
Su padre lleva llamándome al despacho oficial desde las seis de la mañana.
Amenaza con retirar los fondos de inversión de los astilleros de Vigo si su hija aparece flotando boca abajo en mitad de una batea.
—Nogueira la soltó en la playa de Rostro hace una hora —dijo Castro, tras una pausa en la que solo se oyó el crujido de la estática de la ría—.
La chica está en shock, pero limpia de plomo.
El Ruso no toca a los civiles, señor Secretario.
- El problema es que se ha llevado las copias de los códigos digitales que Sabela guardaba en la mesa de control de la isla.
Si ese madero y la abogada cruzan la frontera de Portugal con los doce millones de los Souto, a nosotros ya no nos quedarán hilos que tirar desde Madrid.
El Secretario de Estado colgó el teléfono satelital sin despedirse. Lo dejó caer sobre la mesa de cristal, justo encima de un dossier de prensa que ya llevaba en portada la fotografía en blanco y negro del inspector Xurxo Nogueira.
—Preparen el borrador de cese administrativo de Castro —le ordenó a su secretaria a través del intercomunicador —. Si este caso explota en Vilagarcía, el comisario se va a comer el marrón solo. Que Madrid no tenga nada que ver con el plomo del norte.