17 El rastro del lodo
A las ocho de la mañana, la luz grisácea del norte se abrió paso a duras penas entre la niebla plomiza que cubría la isla de Sálvora Alta.
El temporal de fuerza ocho había bajado a fuerza seis, pero las olas seguían batiendo contra el muelle de piedra con un ruido sordo que ponía de mala leche a los forenses.
Tres lanchas del Servicio de Vigilancia Aduanera estaban amarradas a los noray oxidados, subiendo y bajando con un cabeceo rítmico, pesado.
El comisario Anxo Castro bajó de la primera patrullera con las botas de goma llenas de agua y los ojos inyectados en sangre.
El inspector de Madrid iba detrás, tapándose la boca con un pañuelo blanco para no tragar el olor a pescado podrido y a gasoil que salía de la fábrica de salazón.
El equipo de policía científica ya tenía encendidos los focos portátiles en el sótano de los monitores.
—Es una carnicería, comisario —dijo un perito médico que llevaba un mono blanco de plástico salpicado de barr — Al chaval de los Souto, a Paio, le metieron un tiro de postas a bocajarro en el pecho que le deshizo la caja torácica.
Pero lo peor está en la mesa de billar; el brazo derecho se lo arrancaron limpiamente de otro cañonazo antes de rematarlo en el suelo.
El tipo que entró aquí no venía a hacer prisioneros.
Castro caminó despacio por el cemento, esquivando los trozos de cristal roto de las pantallas de televisión.
Se paró delante de las bridas de plástico negras que seguían tiradas al lado de la silla de pino.
Estaban cortadas por un tajo limpio de cuchillo militar.
En la madera del respaldo quedaba una franja delgada de sangre húmeda: la de Antía Otero.
—La chica ya no está en la isla, inspector —Castro miró al de Madrid, que se había quedado rígido al lado de la mesa de billar—.
El Ruso se la llevó en la neumática negra antes de que nuestras patrulleras cerraran la ría del norte.
Usó el camino de piedras que va por detrás del faro, donde los radares de aduanas tienen la zona ciega por culpa del acantilado.
—¿Y qué hay de Iago Souto? —preguntó el inspector jefe, limpiándose el sudor frío de la frente—.
Los vigías dicen que lo vieron subir a la torre con el fusil militar antes de que empezaran los tiros gordos.
Arriba solo hemos encontrado casquillos del 7.
62 y una navaja de marinero manchada de sangre en los escalones de hierro.
Castro levantó la vista hacia la trampilla del techo, por donde entraba el ruido del viento atlántico.
—A Iago búscalo en las rocas del fondo, rapaz —soltó el comisario con una amargura gélida—. El Ruso no deja testigos sueltos cuando le limpian a un subinspector.
Prosiguió
— Lo tiró por la barandilla de la linterna para que el mar se encargara de hacerle la autopsia contra los peñascos. Para cuando el juez de Vilagarcía firme el levantamiento de los cadáveres de este sótano, los cangrejos ya se habrán comido los dedos del Mariscal.
El perito de blanco se acercó con una bolsa de plástico transparente, enseñándole a Castro un objeto que había encontrado debajo de los monitores rotos: era el cuaderno de tapas azules de Brais Lois.
Tenía la esquina de la portada arrancada y las páginas empapadas de agua salada, pero la letra del chaval seguía leyéndose perfectamente entre las manchas de barro.
Castro agarró la bolsa de plástico, miró las anotaciones del chico durante tres segundos y se la metió en el bolsillo del impermeable negro antes de que el inspector de Madrid pudiera estirar la mano para quitársela.
—Este caso está cerrado para la provincial, inspector —dijo Castro, enfilando las escaleras de salida
—. Los Souto se mataron entre ellos por el reparto de la heroína turca. Redacten el informe técnico con ese membrete y dejen que el mar de Fisterra termine de limpiar los restos del naufragio.