Plomo en la niebla 16 El peso del agua
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16 El peso del agua

El descenso desde lo alto de la torre fue un calvario de hierro y cojera. Xurxo bajaba los escalones de caracol apoyando la palma de la mano izquierda en el hormigón para no irse de cabeza.

La mano derecha la llevaba puesta en el tajo de la mejilla, pero no servía de nada; la sangre le brotaba entre los dedos, gorda y caliente, pegándosele al cuello de la cazadora de cuero y poniéndose pastosa al mezclarse con el salitre que metía el viento por los cristales rotos.

En el pecho, metida en el bolsillo de dentro, la placa de Brais Lois se le clavaba en las costillas como un trozo de hielo. Ya no había prisa.

Los dos herederos de Don Manuel se estaban pudriendo a la misma hora: uno entre los escombros del sótano y el otro machacándose contra las rocas del acantilado.

Cuando Xurxo entró otra vez en la sala de las pantallas, el olor a pólvora y a tripas se había quedado agarrado al techo.

Antía Otero seguía en el suelo, hecha un ovillo entre los cristales rotos de los monitores. Tenía el brazo izquierdo empapado por el rebote de la bala, pero lo que la tenía quieta y muda era el shock.

No le quitaba el ojo de encima al cuerpo desecho de Paio, que dominaba la habitación con la caja torácica abierta de par en par por el tiro de la Mossberg.

Xurxo se le plantó delante. Su sombra de gigante la tapó entera antes de que la chavala alzara la cabeza.

— Arriba —ordenó. Tenía la voz rota, un susurro ronco que le salía de la garganta seca.

Antía levantó la vista muy despacio. Al verle la cara a Xurxo—una máscara de granito partida por un tajo abierto que no paraba de manar— soltó un gemido que daba pena.

Intentó echarse hacia atrás, arrastrando las piernas por el cemento lleno de casquillos, pero las paredes del búnker no daban para más.

—No... no me mates, Xurxo... Por el amor de Dios, yo no quería esto... Paio me obligó a subir a la lancha en la playa... —lloraba la chica, tapándose los ojos con las manos sucias de cemento.

El exinspector no se rebajó a darle explicaciones. La agarró por el brazo sano con una fuerza que no tocaba y la puso de pie de un tirón rudo. Antía ahogó un grito cuando los dedos de Xurxo le apretaron el hombro herido.

— Camiña —le dijo seco, empujándola hacia el pasillo donde los dos sicarios seguían tirados en el suelo.

Cruzar el búnker fue un viaje por un matadero a oscuras. La chavala caminaba tropezando con todo, obligada por el cuerpo de Xurxo que le pisaba los talones, esquivando los charcos que reflejaban la luz roja de las alarmas.

Nogueira iba detrás, con la Mossberg colgada a la espalda, apuntando al suelo. Ya no quedaba nadie vivo en Sálvora Alta para apretar un gatillo.