Plomo en la niebla 15 La luz que ciega
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15 La luz que ciega

Los escalones de hierro crujían debajo de las botas de Xurxo como las cuadernas de un barco viejo hundiéndose.

El olor a cerrado del búnker se cambió por un aire helado que apestaba a aceite de motor, a sal y a miedo. Cada doce segundos, el foco del faro daba la vuelta, metiendo unos fogonazos amarillos por las rejillas que le partían los ojos.

Xurxo empujó la trampilla de hierro que daba a la linterna del faro. El viento del Atlántico entró como un camión, con un ruido tan bestia que te borraba cualquier otro pensamiento de la cabeza.

Allí, debajo de la cúpula de cristal, estaba Iago Souto.

El hermano mayor no temblaba como el tonto de Paio. Llevaba una chaqueta oscura empapada y aguantaba un fusil HK con el cañón apuntando al suelo.

Tenía la cara blanca, delgada de pasar noches de ría, la cara de un muerto antes de tiempo. Miraba fijo a la trampilla. Al ver salir la cabeza de Xurxo, sonrió de lado, con una mueca gélida.

—Hiciste buena limpia abajo, Ruso —grito Iago, teniendo que desgañitarse para que se le oyera por encima del viento—. Oí los cañonazos de tu escopeta. Mi hermano era un desgraciado. Siempre se lo dije al viejo: esa tía nos iba a buscar la ruina. Pero era mi sangre, carallo .

Xurxo terminó de subir y plantó los pies en el suelo de metal. Soltó la Mossberg; sabía que con ese viento huracanado y a esa distancia, la dispersión de los perdigones no servía contra un fusil militar.

Metió la mano en la faja y sacó el cuchillo de acero oscuro. El filo reflejó el viaje amarillo del faro.

—Tu hermano ya está pagando lo que debe, Iago —Xurxo no gritaba; era un siseo que cortaba el aire—. Ahora me toca cobrarme lo tuyo. Dame la placa de Brais.

Iago soltó una risa seca, sin ganas. Se metió la mano izquierda en el bolsillo del impermeable negro y sacó la placa del GRECO, que aún tenía la costra de sangre de la playa de Area Maior. La tiró al suelo de hierro, en medio de los dos.

—¿Esta chatarra de los maderos? —escupió—.

El chaval murió como un perro herido en la arena porque llevaba tu cazadora de cuero, Nogueira.

Murió pensando que su maestro iba a venir a sacarlo del agujero.

Pero tú estabas en tu cabaña, escondido como un viejo maricón mientras nosotros nos quedábamos con la costa. Pagó él por tus deudas.

Iago levantó el fusil rápido, pero Xurxo ya se le había echado encima con el peso de un camión.

El primer tiro del fusil estalló dentro del habitáculo, rompiendo uno de los cristales gordos de la linterna.

La bala le pasó a Xurxo rozando la oreja, pero no lo paró. Impactó con todo el cuerpo contra el pecho de Iago, tirándolo contra la maquinaria de rotación del faro. El HK salió volando, golpeó la barandilla de fuera y cayó al vacío del acantilado.

Los dos rodaron por el suelo de metal, pegándose puñetazos entre las sombras y los fogonazos amarillos de la bombilla gigante.

Iago era más joven y tenía los brazos sanos. Sacó una navaja de marinero del cinturón y soltó un tajo ciego hacia la cara de Xurxo.

La hoja le rajó la mejilla izquierda, abriéndole la cicatriz vieja desde el pómulo hasta la mandíbula. La sangre le saltó a borbotones, tiñéndole el cuello de la chaqueta, pero Xurxo ni se enteró. Tenía el cuerpo bloqueado por la rabia.

Con un movimiento bruto, Xurxo le agarró la muñeca derecha a Iago con las dos manos. Le apretó el hueso contra el canto afilado de un escalón de hierro hasta que sonó un crack seco: el radio partido en dos. Iago soltó un bufido de dolor y la navaja le cayó de los dedos inútiles.

Xurxo no le dejó respirar. Levantó su propio cuchillo y se lo hundió en el costado izquierdo, por debajo de las costillas.

El acero entró hasta el mango, destrozándole el hígado. Xurxo le giró la hoja noventa grados dentro del cuerpo, oyendo cómo se le salía el aire de los pulmones.

Iago se quedó tieso. Los ojos se le pusieron grandes, fijos en los de Xurxo, con el miedo del que ve llegar el final mientras la luz del faro lo alumbraba otra vez. La boca se le llenó de espuma roja.

—Esto... no va a cambiar nada... Ruso... —consiguió susurrar, escupiendo hilos de sangre en las manos del exinspector—. La ría... la ría siempre gana.

Xurxo no contestó. Le sacó el cuchillo de la barriga de un tirón, dejando que las tripas se le escurrieran por el suelo de hierro. Lo agarró por el pelo, arrastrando el cuerpo hacia la puerta de metal que daba a la pasarela de fuera, en medio del temporal.

Abrió la puerta y el viento los sacudió con fuerza. Xurxo arrastró a Iago por la rejilla, donde el agua de la lluvia lavaba la sangre al mismo ritmo que salía.

Levantó el cuerpo del Mariscal y lo empujó contra la barandilla, colgado sobre el abismo de rocas donde el mar hervía cincuenta metros abajo.

Con una parsimonia que daba miedo, Xurxo le buscó en el bolsillo, recuperó la placa de Brais y se la guardó en el pecho. Luego miró al narco a los ojos por última vez.

— Dillo ao mar —le dijo con desprecio.

Y de un empujón, lo lanzó al vacío. El cuerpo de Iago cayó a plomo por la niebla, desapareciendo entre las olas blancas del Atlántico sin dejar rastro.

Xurxo se apoyó en la barandilla, respirando mal, con la cara llena de lluvia, sal y su propia sangre caliente. La luz de Sálvora Alta siguió dando vueltas a su espalda, alumbrando la inmensidad de una ría que esa noche se había cobrado la pieza más cara.