Plomo en la niebla 14 El olor de la pólvora fría
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14 El olor de la pólvora fría

A las cuatro de la madrugada, las luces del despacho principal de la comisaría de Vilagarcía seguían encendidas, proyectando un resplandor amarillento sobre el agua estancada del patio interior.

El comisario Anxo Castro se había aflojado el nudo de la corbata de seda y mantenía un vaso de plástico con ginebra barata pegado a la frente.

Tenía la piel del color de la cera y los ojos fijos en el radioteléfono de la mesa, que solo devolvía un siseo metálico, un ruido plano que parecía el oleaje de la ría.

Sin que nadie llamara, la puerta se abrió. El inspector jefe de la Brigada Central, un tipo flaco enviado desde Madrid que llevaba un abrigo de paño azul impecable a pesar de la llovizna, se paró en el umbral. Traía una carpeta de cartón bajo el brazo.

—La celda del sótano está vacía, Castro —dijo el de Madrid. No gritaba; hablaba con esa tranquilidad burocrática que daba más miedo que un culatazo—. El sargento gordo dice que no oyó nada. Que se fue al baño de la primera planta a las tres y que cuando bajó, el portón

del muelle de carga estaba entornado. Sabela Teixeira, la abogada, ya no estaba en el edificio.

Castro no se movió. Le pegó un trago corto a la ginebra, sintiendo cómo el alcohol malo le quemaba las encías secas antes de bajar por la garganta.

—En esta costa las cerraduras se abren solas cuando Don Manuel firma los talones, inspector —respondió Castro, con una voz que parecía el arrastre de una red por la arena—.

Los guardias de aquí tienen primos en las bateas y tíos que limpian los motores de las planeadoras en Ribeira.

Si la abogada salió por el muelle, ya estará metida en un coche camino de la frontera de Portugal o subiendo a un pesquero en los muelles de Cambados.

—El el señor Ministro no va a perdonar esto, comisario.

Teníamos los sesenta kilos de heroína de los turcos y la pista de los doce millones de la cuenta secreta.

Si la Teixeira desaparece con las claves digitales, su jubilación en Madrid se va a convertir en una celda de castigo en el penal de Ávila.

Castro se levantó de la silla de cuero, dejando el vaso de plástico sobre la mesa de caoba. Se acercó a la pizarra donde la foto de Xurxo Nogueira seguía clavada con una chincheta roja. Le tocó el borde al papel, que ya estaba arrugado por la humedad del despacho.

—El dinero ya no le importa a la Teixeira, inspector —susurró Castro, mirando hacia los cristales oscuros que daban al puerto.

El Ruso salió del garaje con el Patrol del GRECO a las dos de la mañana.

No lleva la radio encendida ni va a pedir órdenes de registro al juez de Santiago.

Si Sabela se escapó, es porque sabe que Xurxo va a limpiar la isla de Sálvora Alta antes de que amanezca.

Y cuando el Ruso saca la escopeta de la faja, los folios de sus ministerios solo sirven para tapar los charcos de sangre del suelo.

El tipo de Madrid cerró la carpeta de cartón con un golpe seco, definitivo.

—Llamaré a los refuerzos de León —dijo, dándose la vuelta—. Que metan las patrulleras en la canal del norte.

—No pierda el tiempo, rapaz —le soltó Castro, volviendo a sentarse en la sombra—.

Con fuerza ocho en la barra de Corrubedo, sus hombres de secano no van a pasar de las primeras rocas.

Esta noche la ría se va a cobrar sus deudas a oscuras, y nosotros solo somos los contables que van a heredar los cadáveres por la mañana.