Plomo en la niebla 13 En el interior del búnker
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13 En el interior del búnker

El pasillo del búnker olía a gasoil, a cerrado y a ese rancio de las naves que llevan años sin ventilar.

Las luces rojas de emergencia parpadeaban en el techo, haciendo que todo pareciera un matadero a oscuras.

—¿Qué coño fue eso? —gritó un tío al fondo del corredor.

Dos de los fijos de Iago Souto salieron corriendo con las pistolas arriba.

Xurxo no esperó a ver qué hacían. Levantó el Cetme y les soltó tres ráfagas cortas. Las balas del 7.62 rompieron el cemento de los lados y pasaron los chalecos ligeros como si fueran de papel.

El primero cayó de bruces, con el pecho hecho una pasta roja; el segundo rebotó contra la pared, dejando una franja ancha de sangre mientras se iba para el suelo, sujetándose los intestinos con las dos manos y quejándose como un perro atropellado.

Xurxo pasó por encima de ellos. Sus botas hacían un ruido húmedo sobre el cemento y los casquillos calientes tintineaban al rodar. Cruzó el pasillo y entró en la sala de las pantallas, el sitio desde donde el clan miraba los radares para reírse de las patrulleras.

Allí, metido detrás de la mesa de billar con el tapete verde destrozado, estaba Paio Souto.

El hermano pequeño. Le temblaban las piernas de una manera que daba vergüenza.

Toda la chulería de los locales de Vilagarcía se le había caído al suelo.

Tenía una Ingram en las manos, pero le sudaban tanto los dedos que el arma le bailaba.

Al fondo, atada a la silla con bridas de plástico negras, Antía Otero miraba la escena con los ojos saltados del revés y la ceja partida por el golpe de antes.

—¡No te acerques, Ruso! ¡Te juro que la limpio aquí mismo! —chilló Paio. Tenía la voz rota, apuntando unas veces a la cabeza de la chica y otras al pecho de Xurxo—. ¡Sé que ya no eres policía, carallo! ¡Sé lo del chaval de la playa! ¡Iago le voló los sesos y disfrutó viéndolo!

Xurxo se paró a cuatro metros. Tiró el Cetme al suelo; ya no le quedaban balas en el cargador. Descolgó la Mossberg 500 de la espalda con una lentitud que ponía enfermos los nervios. El ruido de la corredera —ese clack-clack pesado— llenó el búnker.

—Iago no va a venir a limpiarte los pantalones, Paio —Xurxo hablaba bajo, sin aire—. Estás solo. Como se quedó Brais anoche en la arena. Su cuaderno está en mi bolsillo.

—¡Atrás, joder, atrás! —Paio se volvió loco al verle los ojos de piedra y apretó el gatillo de la Ingram. La ráfaga se le fue para arriba, barriendo el techo.

Las balas rompieron los monitores de televisión, que empezaron a soltar chispas y cristales rotos. Uno de los rebotes le dio a Antía en el hombro izquierdo; la chica soltó un grito corto, un lamento de animal herido.

Xurxo ni pestañeó. Dio un paso largo y disparó la Mossberg.

El tiro de postas le alcanzó el brazo derecho a Paio por la altura del codo.

A esa distancia, el impacto le arrancó el miembro limpiamente; el brazo, pegado aún a la Ingram, cayó al suelo de cemento con los dedos rígidos, salpicando de sangre caliente la cara y el pelo de la chica.

Paio cayó de rodillas al momento, agarrándose el muñón con la mano izquierda y soltando unos alaridos que rebotaban en las paredes de hormigón. El dolor lo estaba volviendo loco.

—¡Mi brazo! ¡ Fillo de puta , mi brazo! —aullaba, retorciéndose en el suelo sobre un charco que crecía rápido.

Xurxo se le acercó. Le plantó la bota de montaña en toda la boca para callarlo, aplastándole los dientes contra los labios.

Paio lo miraba desde el suelo, meado de miedo. El exinspector bajó el cañón de la escopeta, apuntándole al medio del pecho.

— Dille ao teu irmán que subo ao faro —le dijo.

Y apretó el gatillo. El estallido a quemarropa le deshizo la caja torácica, esparciendo trozos de hueso por el tapete de la mesa de billar.

El cuerpo se quedó quieto, convertido en un trapo sucio.

Xurxo sacó el cuchillo de combate y, de un tajo, le cortó las bridas a Antía.

La chica se cayó al suelo de rodillas, llorando y tapándose las orejas para no oír el zumbido de los tiros.

—Vete a la lancha que dejé abajo —le ordenó Xurxo sin mirarla, mientras metía cartuchos nuevos en el tubo de la escopeta—. Como no estés allí en veinte minutos, te come el mar a ti también.

Sin esperar a ver qué hacía la chavala, Xurxo cruzó la sala pisando la sangre de Paio y enfiló la escalera de caracol que subía a la torre del faro. Arriba, con el viento dándole en la cara, lo esperaba Iago. El que tenía la placa del joven Brais en el bolsillo.