Plomo en la niebla 12 La jaula de hormigón
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12 La jaula de hormigón

Antía Otero llevaba treinta y seis horas sin saber si era de día o de noche.

El sótano de la vieja fábrica de salazón en Sálvora Alta olía a humedad estancada, a la herrumbre de los ganchos del techo y al miedo rancio que se le quedaba pegado en la garganta.

Tenía las muñecas hinchadas, amoratadas por la presión de las bridas de plástico negras que la anclaban a una silla de madera de pino pesada.

Cada vez que intentaba mover los dedos para recuperar la sensibilidad, el plástico se le clavaba un poco más, rompiéndole la piel.

A tres metros de ella, Paio Souto caminaba en círculos alrededor de la mesa de billar, destrozando el tapete verde con la punta de una navaja automática. Tenía los ojos desorbitados, las pupilas fijas por la cocaína de los turcos y un hilo de sudor espeso que le bajaba por las sienes.

—Tu padre va a pagar cada puto euro, Antía —decía Paio, hablando rápido, escupiendo las palabras hacia el suelo de cemento—.

Se cree el dueño de la ría porque tiene diez barcos de altura en los muelles de Marín.

Pero aquí abajo la madera la pongo yo. Si a las doce la cuenta de Suiza no tiene los doce millones acordados, te juro que te tiro a las piedras del acantilado y que le den por el culo al GRECO y a la madre que los parió.

Antía no respondía. Tenía los labios partidos por la falta de agua y la cabeza caída hacia el pecho sucio de barro. No le quedaban lágrimas.

Había visto cómo Iago y los suyos entraban de madrugada con las chaquetas empapadas de sal, tirando las bolsas de Area Maior en el suelo mientras hablaban de un madero que se había quedado tieso en la duna.

Sabía que se referían a Brais; recordaba al chaval de haberlo visto alguna vez patrullando los muelles de Vilagarcía con esa cara de buena persona que no encajaba en este mar.

—¡Mírame cuando te hablo, carallo! —gritó Paio, pegándole una patada a la silla con la bota.

El impacto hizo que Antía se tambaleara, golpeándose la frente contra el borde de la mesa de caoba de los monitores. Un hilo de sangre delgada y caliente le bajó por la ceja, emborrachándole el ojo izquierdo de un rojo espeso.

—Mi padre no va a venir, Paio —consiguió susurrar la chica, con una voz que parecía el roce de dos lijas—.

Xurxo Nogueira está subiendo por la canal del norte.

Lo sé por cómo miran los vigilantes hacia el agua.

Sabes perfectamente que el Ruso no deja las cuentas a medias cuando le tocan a uno de los suyos.

Paio se paró en seco. La navaja le tembló en la mano izquierda por primera vez en toda la noche. Se acercó a las pantallas de control, que parpadeaban con esa estática verde que daba dolor de cabeza, buscando las sombras de los arrecifes exteriores.

El temporal de fuerza ocho golpeaba los muros de piedra de la fábrica con un estruendo sordo, como si un gigante estuviera dándole patadas a la estructura desde fuera.

—El Ruso está suspendido —dijo Paio, queriendo convencerse a sí mismo mientras se metía otra raya de polvo blanco con la uña del pulgar—.

Castro le quitó la placa. No es nadie. Un viejo que limpia motores en Fisterra.

Si entra en la cala, los muchachos lo cosen a tiros desde las rocas antes de que tire el cabo a la arena.

Un zumbido sordo, una vibración que no venía del mar sino del subsuelo, hizo saltar los cristales de las ventanas superiores. El suelo de cemento vibró debajo de las botas de Paio.

La cerradura de la puerta trasera acababa de saltar por los aires, y el olor a pólvora quemada empezó a colarse por las rejillas del pasillo.

Antía cerró los ojos, apretando los dientes partidos, sabiendo que el lobo de aduanas ya estaba dentro de la jaula.