Plomo en la niebla 11 Sangre en los muelles
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11 Sangre en los muelles

La noche cayó sobre Muxía como una losa de pizarra. El viento del noroeste batía contra los espigones de piedra del puerto, levantando una cortina de espuma salada que lo tapaba todo.

Las farolas municipales parpadeaban, medio muertas por la humedad de un invierno que no se terminaba nunca.

En la zona industrial del muelle, apartada de las casas de los marineros, la nave de redes de pesca tenía el tejado de chapa crujiendo por el vendaval.

En los papeles del juzgado, el sitio era de una cooperativa vieja en quiebra; en la realidad de la ría, era el picadero donde el clan de los Souto descargaba el camión de la Costa da Morte.

El cuaderno azul de Brais Lois tenía esta dirección apuntada en la última página, subrayada con la misma prisa con la que el chaval se metió en la boca del lobo.

Dentro, tres sicarios del clan mataban las horas sentados sobre palés de madera húmeda.

Tenían tres furgonetas con los portones traseros abiertos y varios fardos de coca tapados con lonas verdes.

Uno de ellos, un tipo gordo al que llamaban "O Loncho", limpiaba la culata de una Glock con un trapo sucio de grasa.

Los otros dos le daban tragos a una botella de tinto peleón, riéndose de lo fácil que había sido limpiar al guaje en las dunas de Area Maior.

—El Mariscal estuvo fino —decía uno, soltando el humo del tabaco—. El niñato del GRECO se creía que por llevar la cazadora de cuero del Ruso ya era un hombre. Menudo boquete le dejó en el medio de la frente. No tuvo tiempo ni de sacar el cuaderno de las notas.

El crujido de la chapa por el viento tapó el primer golpe. No hubo advertencias. No hubo ese grito de "¡Alto, policía!" que se da en las series de la tele.

La puerta lateral de madera podrida no cedió; se deshizo hacia dentro por una patada que arrancó los marcos.

"O Loncho" levantó los ojos, pero antes de enfocar la sombra que venía de la niebla, el trueno de la escopeta Mossberg 500 le reventó los oídos.

El cartucho de postas del doce le pegó en todo el esternón a tres metros. La fuerza del tiro lo mandó hacia atrás contra las cajas de plástico de la batea, rompiéndole el pecho y dejando un rastro espeso que empezó a gotear por el cemento industrial.

—¡ O Ruso ! —gritó uno de los lancheros, tirándose de cabeza detrás de la rueda de una furgoneta.

Xurxo Nogueira avanzó sin prisa por el medio de la nave. Tenía la cara cortada por las sombras de los fluorescentes que parpadeaban. Los ojos vacíos, como los de un congrio muerto.

Volvió a accionar la corredera de la escopeta con ese clack-clack seco que en esta costa significa final de trayecto.

El segundo sicario intentó sacar un revólver del cinto, pero Xurxole descerrajó el segundo tiro a bocajarro en la barriga.

El tío cayó doblado sobre las redes, chillando como un cerdo al que degüellan, sujetándose las tripas que se le salían entre los dedos.

El último narco, un chaval de apenas veinte años que temblaba como un junco, se quedado arrinconado contra el portón de la furgoneta. Había soltado la pistola y tenía las manos arriba, manchadas de la sangre de sus compañeros que salpicaba el suelo de cemento.

—Por favor, Ruso... Yo no hice nada... Yo no estaba en la playa, te lo juro por mi madre, yo no toqué al chaval... —el chico lloraba, mezclando las lágrimas con el sudor del pánico.

Xurxo se plantó delante. El cañón de la Mossberg humeaba, oliendo a pólvora quemada; ese olor rancio que se te queda en las encías.

El exinspector le puso la bota de montaña encima del muslo, apretando hacia abajo hasta que crujió el hueso. Sacó el cuaderno de tapas azules del bolsillo y se lo tiró a la cara, manchándolo de barro.

—¿Dónde está Iago? —la voz de Xurxo no tenía tono. Era un susurro plano.

—En la isla... —consiguió decir el chaval, castañeteando los dientes—. En Sálvora Alta... Se metieron todos allí después de lo de la playa. El Mariscal tiene a la chica en el faro... Tienen gente vigilando las calas... No vayas, Ruso, están esperándote para matarte... Saben que buscas el cuaderno.

Xurxo se quedó quieto unos segundos. Miró al chaval a los ojos, buscándole algo de hombría, pero solo encontró el miedo blando del que sabe que se va a morir. Recogió el cuaderno del suelo con parsimonia.

— Dille a Iago que xa vou —le dijo despacio.

Apoyó el cañón caliente de la escopeta debajo de la barbilla del chico y apretó el gatillo sin pestañear. El fogonazo iluminó las vigas de la nave por última vez. Xurxo bajó el arma, dio la vuelta y salió a la lluvia sin mirar los tres cuerpos que dejaba detrás de él.

El Patrol arrancó, enfilando la carretera de la costa. El destino estaba claro: la roca de Sálvora Alta.