Plomo en la niebla EPÍLOGO Lo que la tierra se traga
100%

EPÍLOGO Lo que la tierra se traga

El invierno de Madrid se quedó atrás, reducido a un telediario de las diez que nadie escuchó en los muelles de la Costa da Morte.

En los periódicos de la capital se habló durante dos días de un asalto armado en un chalé de Las Rozas, de una ventana rota y de un excomisario jubilado que apareció en su sillón con el pecho deshecho por un cartucho de caza.

Los tertulianos culparon a las mafias del este, los contables del Ministerio firmaron otra orden de silencio administrativo con el cuño de la tinta roja y el secretario de Estado quemó el último disco duro de la Castellana para que las cuentas de Nassau no salpicaran las elecciones del norte.

En la ensenada de Langosteira, la llovizna constante de la primavera gallega caía de lado, lavando los muros de granito de la casa baja y metiendo ese olor a tierra mojada y a pino bravo por las rendijas de la techumbre.

Sabela Teixeira estaba sentada en el borde de la cama, descalza, con el pelo negro suelto sobre los hombros y una taza de hierro llena de manzanilla entre las manos.

Miraba el hueco vacío del colchón, allí donde las sábanas de hilo blanco todavía guardaban el olor a limpio y al jabón de glicerina de Xurxo.

No tenía miedo en los ojos oscuros. Tampoco prisa. Sabía que, en esta costa, cuando un lobo sale a cobrar un pagaré de sangre, el tiempo se mide por las leguas que separan el cemento de la capital del lodo de las playas.

La puerta de madera del corral crujió despacio, entornándose por el viento del suroeste.

Xurxo Nogueira entró en la cocina sin hacer ruido. Venía descalzo, con los pantalones de pana empapados hasta las rodillas y la camisa de cuadros abierta, dejando ver el pecho curtido por la sal y el aire del norte.

Ya no traía la carabina Remington ni el Patrol viejo; los había dejado hundidos en el fondo de la ciénaga de Padrón, allí donde las armas se vuelve óxido en menos de un invierno y los números de bastidor se borran bajo tres metros de fango negro.

Se acercó a la cama con esa parsimonia de buey cansado, se dejó caer de rodillas en el suelo y apoyó la frente fría contra el regazo de Sabela.

Ella no le hizo preguntas sobre las luces de la Castellana ni sobre el dinero que se había borrado de las pantallas de Nassau.

Con los dedos delgados, libres de los anillos de abogada, le acarició el pelo ralo, bajando despacio hasta tocar la cicatriz de la mejilla.

La marca blanca del tajo de Iago estaba tersa, limpia, lavada por el agua de la autopista y la lluvia de la frontera.

— Volviches, Ruso —susurró ella en ese gallego blando que solo usaba cuando las luces del faro se apagaban en el horizonte.

— Acabouse o chumbo, Sabela —Xurxo habló bajo, un murmullo plano que le salió del fondo de las costillas—.

El guaje ya tiene el cuaderno azul debajo de las piedras de la duna y Castro ya no va a necesitar el coñac de los Souto para quitarse el frío de las encías.

La cuenta está a cero en los libros de la justicia.

Sabela dejó la taza en el suelo de tablas, se inclinó hacia delante y le rodeó el cuello con los brazos, pegando su cuerpo desnudo contra la franela húmeda de su camisa.

El abrazo no tenía la urgencia de la carne de las noches de Cambados, ni el sudor del pánico de los calabozos subterráneos; era el peso sordo de dos supervivientes que habían reventado todos los patrones de la ría y que ahora, con las manos vacías y las placas hundidas en el canal, se quedaban solos frente a la inmensidad de un mar que ya no les debía nada.

Fuera, la marea muerta de Fisterra empezó a subir con una parsimonia mansa, borrando los surcos que las botas del exinspector habían dejado en la arena de la ensenada, tapando las últimas huellas físicas de una masacre que Madrid había querido archivar en sus búnkeres de papel, pero que la Costa da Morte guardaría para siempre en el pacto de silencio de sus tabernas, allí donde el lobo aduanero y la letrada que le firmaba los papeles por fin habían encontrado un trozo de tierra seca donde la bruma del pasado ya no tenía fuerza para alcanzarlos por la espalda.