9 La carne y el lodo
Xurxo no tiró para Fisterra. Torció hacia los muelles viejos de Cambados, donde la marea sube muerta y el agua estancada huele a gasoil y a lodo podrido.
Sabía que Castro tardaría tres horas en mover los papeles de la fuga de Sabela. En esta costa, antes de que los secretarios judiciales enciendan los ordenadores, la noche pertenece a los que tienen llaves automáticas.
Entró en el bajo sin encender la luz. La estancia estaba a oscuras, fría como una nevera, pero el olor lo delató todo: tabaco de batea, humedad de muro de piedra y ese perfume de mujer caro mezclado con el sudor del miedo.
Sabela Teixeira no estaba en la comisaría. Las llaves del sargento gordo habían funcionado a tiempo, pero la redada en el chalé de los turcos se había cobrado sus deudas.
La silueta de la abogada salió del fondo del pasillo. Tenía los ojos fijos, clavados en la envergadura del Ruso. Llevaba la camisa de seda gris abierta, desgarrada desde el cuello hasta el estómago, mostrando la palidez de la piel erizada por el frío de la ría.
—Te quitaron la placa —no era una pregunta. Ella caminaba descalza sobre las tablas de castaño, sin hacer ruido, como un gato que sabe que van a sacrificarlo.
Xurxo no habló. La agarró del brazo con una brusquedad salvaje, animal, empujándola contra la mesa de caoba donde se apilaban las carpetas de las empresas pantalla de Suiza y los códigos penales. Los papeles salieron volando, siseando contra el suelo.
— Dime a verdade, Sabela —le rugió a milímetros de la boca, apretándole las muñecas contra la madera hasta que los dedos de la mujer empezaron a perder color—. ¿Qué coño habías contratado en Cambados? Castro cree que me tienes comprado con lo que haces en este despacho.
Sabela soltó una carcajada amarga, seca, que se convirtió en un gemido ronco cuando Xurxole hundió el peso del cuerpo encima, aplastándole las costillas.
—Castro es un tonto que no distingue el fango de la sal, Xurxo—le clavó las uñas en la chaqueta de cuero, buscándole el cuello—.
Los Souto van a por todas. Paio se ha vuelto loco con la mercancía de los turcos.
Si no me sacas de esta puta costa, me van a coser a tiros los tuyos o los de Don Manuel.
No había espacio para la compasión. Lo de ellos dos nunca había sido amor; era una enfermedad de la costa, un nudo ciego forjado entre delaciones, noches de persecución en la playa y el olor a gasolina de las planeadoras.
Xurxo le arrancó la camisa de seda de un tirón rudo. Los botones de nácar saltaron, tintineando contra el suelo de madera como casquillos de bala.
Sabela arqueó el torso hacia arriba, ofreciendo el pecho frío, buscando la boca del exinspector con una desesperación carnívora, mordiéndole los labios hasta sacarle sangre. Sabía a tabaco Ducados y al aguardiente blanco que él tomaba para enterrar los cadáveres del GRECO.
La levantó en vilo, sentándola en el borde de la mesa de caoba. Ella le cruzó las piernas alrededor de la cintura, apretando con fuerza, hincándole las uñas en la espalda de la cazadora hasta rasgar las costuras viejas.
Xurxo no tuvo delicadeza ninguna. Se bajó los pantalones y la penetró de golpe, seco, brutal, arrancándole un grito sordo que ella ahogó mordiéndole el hombro curtido.
El dolor de la madera clavándose en los omóplatos de ella y la embestida implacable del madero se fundieron en un