Plomo en la niebla 8 Los vigías de la barra
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8 Los vigías de la barra

En la taberna de Corrubedo, las ventanas de bisagra vibraban cada vez que un golpe de mar rompía contra las piedras del cabo. El sitio olía a grasa de motor de dos tiempos, a vino tinto de barril que te ponía la lengua negra y a las gabardinas de plástico colgadas en los percheros de la entrada.

Tres lancheros del clan de los Souto, de los fijos de Ribeira, se repartían un paquete de tabaco portugués sobre una mesa de madera mordida por los cuchillos.

El más viejo, un cojo al que todos llamaban "O Ghicho", miraba el canal de navegación con unos prismáticos militares llenos de vaho.

—El Patrol del Ruso torció hacia Cambados —dijo sin quitar los ojos de los prismáticos—. Pasó por la carretera de la costa a las cinco, con las luces apagadas y el motor

rateando. Ese madero no va a ir a la comandancia a llorarle a Castro, os lo digo yo.

—Que venga si tiene cojones —soltó otro, un chaval de veinte años con los dientes amarillos y una cicatriz de anzuelo en la oreja derecha—.

El Mariscal tiene treinta tíos metidos en las naves de Sálvora Alta y los hierros nuevos que llegaron de los turcos en el chalé.

Un madero viejo con una escopeta de corredera no dura dos minutos si Paio le suelta una ráfaga con la Ingram.

"O Ghicho" bajó los prismáticos y le pegó un trago largo a la taza de vino, limpiándose la boca con el revés de la mano llena de escamas de limpiar lubinas.

—Tú eres un tonto, tú no sabes quién es Nogueira, tú eres un rapaz —el viejo soltó la frase, con la voz que parecía venir del sótano—.

Xurxo pasaba los fardos por la barra de Muros cuando el padre todavía andaba limpiando los mocos en la escuela.

Él sabe dónde duermen los vigías del faro.

Él conoce cada cala de piedras donde no entra el radar y él no tiene mujer ni hijos a los que amenazar si las cosas se ponen feas.

Como ese hombre toque la arena de la isla, más os vale tener las lanchas con el depósito lleno, porque el Mariscal no os va a salvar el pellejo cuando el plomo empiece a rebotar en las paredes de hormigón.

El tercer marinero, que se había quedado callado limpiando la aguja de un carburador con un alambre fino, levantó la cabeza muy despacio.

—Iago le quitó la placa al guaje en Area Maior —dijo con un hilo de voz—.

Eso no se hace. Hay reglas en la ría que no se rompen por un secuestro de telediario.

Cobrarle el plomo a un alumno del Ruso es buscar que el viejo te venga a buscar al pazo con la escopeta caliente.

Yo me vuelvo a mi batea antes de que cierre la niebla.

El hombre se retiró de la mesa, tiró un billete de cinco euros sobre el hule sucio y salió a la llovizna sin mirar atrás.

Dejó a los otros dos con la botella a la mitad y con el ruido del mar rompiendo más cerca de los muros de la taberna.