Plomo en la niebla 5 Las llaves de la celda
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5 Las llaves de la celda

Faltaban dos horas para el amanecer cuando el sargento de guardia de la comisaría de Vilagarcía bajó las escaleras del sótano con una bandeja de plástico que llevaba un vaso de plástico con café caliente y un trozo de pan reseco.

El sargento, un hombre gordo al que le faltaban tres años para retirarse y que tenía dos cuñados trabajando en las bateas de Don Manuel, no subió las luces del pasillo de los calabozos.

Se paró delante de la reja de Sabela Teixeira. El ruido de sus llaves de hierro sonó pesado, lento.

—Tenga, letrada —dijo el guardia, metiendo el vaso por el hueco de los barrotes.

Sabela se acercó despacio. Al agarrar el plástico, sintió que el sargento no soltaba el vaso; debajo de la base de plástico, pegado con un trozo de cinta de embalar, había un llavero

pequeño de latón y un papel doblado con una dirección de los muelles viejos de Cambados.

—El Patrol del Ruso acaba de salir del garaje del GRECO, doña Sabela —susurró el sargento, mirando de reojo hacia la escalera por si bajaba algún madero de Madrid—.

El comisario Castro está en su hotel durmiendo la borrachera de las reuniones del Ministerio.

Si no sale usted de aquí antes de que llegue el relevo de las seis, los de la Brigada Central la van a meter en un furgón camino de la prisión de Madrid y de ahí ya no la saca ningún recurso.

Sabela arrancó las llaves con un movimiento rápido, guardándolas en el forro de su gabardina. Miró al sargento a los ojos, buscando la deuda que el viejo Souto le había comprado hacía diez años cuando le pagó la operación de cadera de su mujer en una clínica privada de Santiago.

— Gústalle o café frío, sargento —dijo ella con una voz gélida.