6 El frío en las encías
El amanecer en Area Maior no trajo luz, solo un lavado gris que hacía daño a los ojos.
El cordón policial era un chiste; cuatro cintas de plástico amarillas que el viento del norte rajaba contra los juncos de la duna.
El mar estaba subiendo, borrando las rodadas de los camiones de los Souto. Absorbiendo la escena del crimen.
Anxo Castro no se había quitado los guantes de piel. Tenía los zapatos de sastre enterrados en el lodo negro y la boca pequeña, apretada, como si el olor a alga podrida y a pólvora le estuviera revolviendo las tripas de madrileño.
A sus pies, medio cubierto por la espuma sucia del Atlántico, Brais Lois parecía un muñeco de trapo olvidado. Tenía la frente rota por un agujero perfecto, limpio, que ya no sangraba; el mar se había encargado de lavarle la cara.
El estruendo rompió la niebla. Un Patrol viejo, con el capó abollado y el motor picando biela, saltó la duna sin mirar.
Los guardias civiles de la entrada echaron mano a las fundas por puro instinto de supervivencia, pero se quedaron quietos al ver bajar a Xurxo Nogueira.
"O Ruso" no corría. Caminaba con el peso de un buey, dejando que la tromba de agua le empapara el pelo ralo.
No tenía rabia en la cara. Tampoco pena.
Era la misma cara de granito con la que aguantaba los temporales en el cabo de Fisterra.
—Te dije que no vinieras, Nogueira —Castro metió las manos en los bolsillos del abrigo caro. Le temblaba el labio inferior, no se sabía si por el frío o por el asco—. Esto es espacio judicial. Estás suspendido. No eres nadie aquí.
Xurxo pasó de él como de la mierda. Se dejó caer de rodillas en el fango, al lado del chaval.
Con esos nudillos llenos de cicatrices de reventar portales, le bajó los párpados a Brais.
Despacio. Casi con miedo de romperlo más.
Luego le tocó la solapa de la cazadora de cuero; la suya, la que le había prestado para que no se congelara en las guardias. Estaba rajada por los culatazos.
—Le quitaron la placa, comisario —la voz de Xurxo era un sordo zumbido que salía de las costillas—. Andan buscando el cuaderno de las notas. Iago se lo guardó en el bolsillo como el que mata un corzo. Ese fillo de puta pensaba que me estaba disparando a mí.
—Vienen refuerzos de León, Xurxo. Una unidad completa. Vamos a pedir órdenes de registro para cada nave desde Ribeira hasta el final de la costa, la Audiencia Nacional va a peinar toda la costa gallega.
Xurxo se levantó. Parecía el doble de ancho bajo la lluvia. Miró a Castro a los ojos.
El comisario dio un paso atrás, enterrando más los tacones en la arena. Vio algo en las pupilas del Ruso que no venía en los manuales de la academia de Ávila.
—Sus papeles no limpian la arena, Castro —le escupió a un palmo de la corbata—. Sus refuerzos van a llegar para levantar actas de defunción. Mientras ustedes rellenan folios en Santiago, los Souto están metiéndose rayas en su isla celebrando que cazaron al alumno del Ruso.
—¡Como des un solo paso fuera de la legalidad te meto en una celda de aislamiento con los mismos tíos que persigues, Nogueira! —chilló Castro, perdiendo los papeles ante los guardias que miraban de reojo. Xurxo abrió la puerta del Patrol. El motor rateaba, tirando humo blanco.
— Xa se rematou , comisario —Nogueira metió la primera marcha con un crujido de la caja de cambios y gritó:
— Quédese con sus medallas de moqueta. Disfrute de su puta guerra de despachos. A partir de este minuto, las leyes de Vilagarcía están debajo del agua. La ría es mía.
7: El cuarto vacío
Xurxo Nogueira entró en el piso de Brais Lois sin usar la palanqueta. La cerradura de la puerta trasera, que daba a un patio interior que apestaba a freiduría de bar ya vieja tubería, pasó con un golpe seco de su bota de montaña.
El piso estaba oscuro, helado como una nevera desguazada. En las esquinas del pasillo, la humedad de Vilagarcía había comenzado a levantar el papel pintado de las paredes, dejando ver unos rodapiés podridos que crujían con cada paso del gigante.
El Ruso no encendió la luz. Sacó la linterna de petaca, enfocando el suelo de madera donde todavía quedaban las marcas de los zapatos limpios del chaval.
En la mesa del salón, al lado de una taza de café que ya tenía una capa de moho verde en los bordes, el flexo seguía apuntando hacia la nada.
Xurxo se acercó despacio, arrastrando el peso de su cuerpo cansado.
Sus dedos, horribles y llenos de rajas de limpiar los motores de las lanchas, abrieron el primer cajón del escritorio de pino barato.
Encontró dos facturas del taller del coche, una carta de su madre desde Ourense y, al fondo de todo, envuelta en una camiseta vieja del GRECO, el cuaderno de tapas azules.
Lo abrió por la página donde Paio Souto salía rodeado con círculos negros. La tinta Bic se había corrido un poco por la humedad del ambiente.
— Fuches un tonto, rapaz —susurró Xurxo, y la voz le sonó extraña, como si hablara dentro de una caja de muerto—. Te creías que los Souto jugaban con las leyes de los juzgados de Santiago.
Debajo de los esquemas de los astilleros de Portugal, Brais había apuntado una matrícula con tres signos de interrogación: la del Patrol gris del propio Xurxo.
El chaval sospechaba de todo el mundo; incluso del hombre que le había enseñado a no bajar del coche oficial sin quitarle el seguro a la pistola.
La paranoia de la ría no respetaba los uniformes ni las guardias de veinticuatro horas en el muelle.
Xurxo se guardó el cuaderno azul en el bolsillo de atrás de los pantalones, justo debajo de la culata de la Mossberg 500 que le colgaba de la correa.
Miró por última vez la cama deshecha del chico, la cazadora que faltaba en el perchero del pasillo y el plato limpio en el escurridor.
El muchacho había muerto por llevar su ropa, y la deuda no se iba a limpiar con las actas que Castro estaba redactando en el hotel de Vilagarcía.
Salió por el camino por donde había entrado. Dejó la puerta abierta para que la lluvia de la noche moje las notas del subinspector, el subinspector que ya no iba a presentarse al relevo de las seis de la mañana.