4 La traición de Area Maior
El Seat León gris iba despacio por la pista forestal, pegado a la playa de Area Maior.
Tenía el motor al ralentí, las luces apagadas y los amortiguadores destrozados de kilómetros por caminos de tierra durante años.
En el asiento del conductor, el subinspector Brais Lois agarraba el volante con tanta fuerza que se le veían los nudillos blancos.
Tenía el cuaderno de tapas azules metido bajo el chaleco antibalas que le venía grande.
La niebla subía del mar, espesa, oliendo a algas podridas, y se tragaba la carretera.
La radio de la policía hacía un sonido constante, hasta que Brais la apagó de un golpe.
Estaba solo. No había llamado a Vilagarcía.
Sabía que, si avisaba a Castro, el comisario le mandaría dar la vuelta para no estropearle sus reuniones con la gente del Gobierno.
—Si pillo el desembarco yo solo, "O Ruso" va a ver que las normas sirven para algo —dijo Brais para sí mismo, tragando rabia.
Caminó agachado, hundiéndose en la arena mojada. El ruido de las olas contra el monte Louro tapaba sus pasos, pero también lo dejaba completamente aislado.
De repente, vio un destello verde entre la niebla. Una linterna parpadeó dos veces. Desde el agua, otra luz idéntica respondió desde una sombra negra que flotaba en
el mar. Era una planeadora de los Souto.
Doce metros de eslora, fibra de carbono y cuatro motores fueraborda que sonaban como un trueno ahogado.
Brais se escondió detrás de un montón de arena, aguantando la respiración.
Había quince tíos en la orilla moviéndose rápido, como un ejército. Hacían una cadena humana con el agua por las rodillas, pasándose fardos desde la lancha hasta la caja de dos furgonetas todoterreno.
El chaval sacó el móvil para intentar grabar las matrículas o sacar alguna cara, pero antes de tocar la pantalla, sintió el frío de un cañón metido en la nuca.
—Buenas noches, inspector —dijo una voz rota, con el acento de la Costa da Morte—. O exinspector ... Te queda grande esa cazadora, Nogueira.
El sicario se había confundido por la ropa y el tamaño en mitad de la oscuridad. Pensaba que era Xurxo.
—Gírate despacio. Las manos arriba donde las vea o te quedas aquí tieso.
El chaval se puso de rodillas, levantando los brazos.
Al darse la vuelta, el foco de una linterna acoplada a un fusil le dio directo en los ojos.
Detrás de la luz apareció un tío alto, con ropa de camuflaje y cara de no sentir nada: era Iago Souto, "O Mariscal".
Al ver que era Brais y no Xurxo, el narco torció la boca con desprecio.
—Pero si eres el guaje —soltó Iago, bajando un poco el fusil, pero apuntándole al pecho—. El monaguillo del Ruso. ¿Qué pasa, rapaz? ¿Que tu jefe no tiene huevos de mojarse las botas y te manda a ti a hacer el trabajo de los hombres?
—Los Souto están acabados y no se enteran, Iago —consiguió decir Brais. Le temblaba la voz y el sudor le bajaba por la espalda debajo del chaleco.
—¿Acabados por quién? ¿Por los policías que están llorando en Vilagarcía porque les quemamos las lanchas en el muelle? Esta ría es nuestra desde antes de que supieras limpiarte los mocos.
Iago dio un paso y, de golpe, le metió un culatazo con el fusil en toda la cara. Sonó un hueso roto. Al chaval se le rompió la nariz y empezó a tragar sangre caliente. Cayó de bruces en la arena, perdiendo la pistola.
El Mariscal le quitó la pistola y, de un tirón, le arrancó la placa del cinturón. Se la metió en el bolsillo del impermeable. Detrás de Iago se adelantó a Paio Souto, con los ojos desorbitados de la cocaína, jugando con una navaja automática.
—¡Mátalo ya, Iago! —gritó Paio, histérico, escupiendo—. ¡Lo dejamos aquí para que se lo lleve la marea y le mandamos un recado al Ruso!
Iago miró a su hermano, luego al chaval que se arrastraba por el suelo tragando sangre.
Brais intentó agarrarle las piernas en un último intento, pero Iago se echó hacia atrás, levantó el fusil con silenciador y le pegó un tiro directo en la frente.
Sonó como un chasquido corto, tapado por el mar. El cuerpo del subinspector cayó de espaldas, con los ojos abiertos mirando al cielo negro, mientras la lluvia empezaba a limpiar la sangre mezclándola con el agua salada.
—Cargad lo que queda —ordenó Iago, dándose la vuelta sin mirar el cuerpo—. Vamos al bunker de la isla. La tontería con los maderos terminó.