Plomo en la niebla 3 El sudor del sótano
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3 El sudor del sótano

El calabozo de la comisaría de Vilagarcía estaba tres metros por debajo del nivel del mar. Las paredes de hormigón rezumaban una humedad verdosa que goteaba de forma constante sobre el desagüe del suelo, haciendo un ruido sordo que terminaba por volver locos a los detenidos.

Sabela Teixeira estaba sentada en el banco de piedra, con las esposas puestas y las piernas cruzadas. Tenía la camisa de seda gris arrugada, pero mantenía la cabeza levantada, mirando fijamente al fluorescente del techo que parpadeaba con un zumbido eléctrico molesto.

La puerta de hierro se abrió con un estruendo y el comisario Anxo Castro entró solo, sin el secretario judicial ni los guardias de puerta. Se quitó la chaqueta del traje gris y la colgó en el respaldo de la silla metálica, mostrando el sudor que le empapaba las axilas de la camisa de sastre.

—Estás hasta el cuello, Sabela —Castro se le plantó delante, apoyando los puños en la mesa de madera prensada—.

Los sesenta kilos del chalé de Cambados venían facturados a nombre de una de tus empresas de transportes marinos.

La Audiencia Nacional ya está preparando el auto de prisión provisional para Alcalá Meco.

No vas a ver la luz del sol en quince años, letrada.

Sabela soltó una carcajada corta, una vibración seca que no le llegó a los ojos oscuros.

—Sus actas de registro están mal firmadas, comisario —Sabela hablaba despacio, saboreando el miedo del burócrata—. El secretario no entró en la finca hasta veinte

minutos después de que sus hombres reventaran el portal. En cuanto mi pasante presenta el recurso de nulidad en Santiago, esos sesenta kilos de los turcos van a servir para que a usted le abran un expediente por prevaricación que lo va a mandar a patrullar las calles de las afueras de Madrid.

Castro dio un paso, agarrándola del pelo por la nuca con una brusquedad que no venía en los manuales de la academia.

Sabela ni pestañeó; se limitó a clavarle las uñas de las manos esposadas en la muñeca hasta que el comisario sintió el dolor.

— ¿Dónde están los doce millones de la cuenta secreta de los Souto, Sabela?

—le rugió al oído, con un aliento que apestaba al café de máquina—.

El Ministerio quiere ese dinero bloqueado antes de que acabe la semana.

Como esa cuenta se mueva, te juro por mi madre que te hundo en una celda de aislamiento donde no vas a saber si es de día o de noche.

La abogada le sonrió a un palmo de la corbata. Sabía perfectamente que Castro estaba vendido; que, si el dinero no aparecía, los de Madrid le cortarían la cabeza a él primero para salvar los muebles del Gobierno.

— Busca na ría, Castro —espetó a Castro en gallego—. Busca las llaves en los bolsillos de Iago Souto. Si tienes el valor de subir a una lancha por la noche, hazlo. Porque aquí abajo, los papeles de los juzgados de Castro solo sirven para encender la chimenea de los pazos.