2 El cuaderno de notas
Tres días antes de terminar con un boquete en la frente en la playa de Area Maior, el subinspector Brais Lois no dormía.
Su piso de Vilagarcía, un bajo frío que olía a pintura barata, las camisas húmedas tendidas en el pasillo, estaba inundado de papeles del registro de la propiedad.
La luz del flexo de mesa le daba directo en los ojos, inyectados en sangre por las noches en vela.
Brais no tenía la piel dura de Xurxo. Tenían veintiséis años y unas oposiciones aprobadas a la primera que no le habían enseñado cómo huele el miedo de un informante cuando le aprietan las tuercas en un callejón.
Con un bolígrafo Bic mordido por el extremo, apuntaba nombres en un cuaderno de tapas azules. El nombre de Paio Souto salía rodeado con tres círculos de tinta negra.
Debajo, una línea de puntos conectaba al niñato con los astilleros de Viana do Castelo, en Portugal.
—El Ruso cree que soy un guaje que solo sirve para rellenar actas de infracción —habló Brais para sí mismo, tragando un sobo de café frío que sabía a óxido.
Se levantó para mirar por la rendija de la persiana de plástico.
Fuera, la calle peatonal estaba desierta bajo la llovizna.
Un Peugeot 206 blanco, con las luces de posición apagadas, llevaba estacionado frente a su portal desde las diez de la noche.
Brais sabía de quién era ese coche: de la gente de Sabela Teixeira.
La abogada no quería que el chaval metiera las narices en las transferencias que salían hacia los bancos de Suiza.
El subinspector volvió a la mesa, abrió el cajón y sacó la pistola reglamentaria. Le quitó el cargador, contó las quince balas de nueve milímetros una a una, limpiándolas con la solapa de su sudadera, y volvió a encajarlo con un golpe seco que le pareció demasiado ruidoso en mitad de la noche.
—Si agarro el camión en la duna, Nogueira va a tener que mirar al chico a la cara —susurró.
El subinspector guardó el cuaderno en el bolsillo interior de la cazadora de cuero que el jefe le había prestado. La cazadora no le quedaba bien al muchacho en los hombros. En ese momento solo esa cosa quitaba el temblor del pecho al subinspector.