Plomo en la niebla
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1 La raya en el agua
EPÍLOGO: Lo que la tierra se traga
En Vilagarcía de Arousa, el orbayu viene con niebla, salitre y un frío que se te mete en los huesos, te oxida las puertas de los almacenes y te amarga el día. Aquí la lluvia no cae bien; se te clava.
El despacho de la comisarí a del GRECO olía a lo de siempre: tabaco rancio, sudor de llevar horas despiertos y ese café de máquina que sabe a plástico quemado.
El comisario Anxo Castro llevaba un traje gris impecable. De los caros. Costaba más que el sueldo de tres de sus maderos persiguiendo lanchas.
Se miraba las uñas, limpias, sin querer mirar al hombre que tenía delante. Castro venía de Madrid, un burócrata de despacho que se creía que el Atlántico se manejaba firmando papeles de la Audiencia Nacional.
—Estás fuera, Xurxo. Y no me vengas con protestas. Es una orden de arriba. Corta y directa —dijo Castro, flojo, mientras jugueteaba con un bolígrafo de oro.
El inspector Xurxo Nogueira, "O Ruso", ni pestañeó. Siguió plantado en la mitad de la habitación.
Con las manos metidas en los bolsillos y los ojos fijos en su jefe; unos ojos del color que se le pone al mar en Fisterra antes de que estalle una tormenta gorda.
Llevaba la cazadora de cuero empapada, chorreando encima de la moqueta barata del despacho.
Xurxo no conocía el trabajo sin mugre. La cara de Xurxo tenía cicatrices de abordajes de noche, los nudillos de Xurxo se habían endurecido y su piel quemada por pasar noches tirado en las dunas de la Costa da Morte.
Respondió Xurxo
—Llevo dos años detrás de los Souto, comisario.
Hablaba seco, arrastrando las palabras, sin pizca de respeto policial.
—Sé perfectamente cuántas planeadoras tienen guardadas en las naves de Ribeira. Sé dónde repostan en el norte de Portugal para que no los huelan y sé que el chaval, Paio, no mueve un dedo en la ría si no lo asiente su padre. ¿Y ahora que tienen a la chica Otero me quita del medio?
—Esa chica no es cualquiera, Nogueira. Es Antía Otero, la hija de Caetano, el armador más gordo de Galicia —dijo Castro levantándose de golpe, apoyando las manos en la mesa para intentar dar miedo, aunque los ojos lo traicionaban.
—. Esto ya no va de pillar fardos de hachís o coca podrida en la playa de Area Maior.
Es un secuestro. Está saliendo en los telediarios de Madrid.
En el Ministerio están mirando para aquí con lupa.
Hace falta mano izquierda, no un bruto como tú que revienta puertas a patadas y arregla las cosas a golpes.
Xurxo dio un paso hacia delante. El olor a cuero mojado y a tabaco barato le dio en la cara al comisario.
—A Paio Souto no se le para hablando, comisario.
Paio Souto es el niñato psicópata que se cree el dueño del mar solo por el apellido del padre —soltó Xurxo, cambiándose a un gallego cerrado que sonó como un golpe.
—. Paio Souto llevó a la chavala a Sálvora Alta porque sabe que las patrulleras de ustedes no entran allí sin que los vigías den el aviso desde las rocas.
O entramos ya con todo, o la rapaza termina en el fondo de una batea con los pies atados en un bloque de hormigón.
Y luego le explica usted a Madrid por qué el dinero de Otero se lo están comiendo los cangrejos.
Castro sonrió, con esa suficiencia que da asco. Caminó hacia la pizarra de corcho donde estaban las fotos en blanco y negro de la gente de la Costa da Morte. Despacio, clavó una chincheta roja en la foto de una mujer de ojos oscuros y cara delgada, con esa expresión de estar de vuelta de todo.
—Llegas tarde, Nogueira. Ya entramos —dijo Castro, recreándose—. Esta madrugada cayó un chalé de piedra en Cambados. Sesenta kilos de heroína pura de los turcos. Y lo mejor de todo: tenemos encerrada a Sabela Teixeira.
Xurxo sintió que su cuerpo quedó inmóvil, rígido como la piedra. El nombre de Sabela cayó sobre Xurxo como una losa.