CAPÍTULO 5 Sparks #2
En ese instante preciso, viendo cómo su mundo anterior y su presente se fusionaban sin fisuras, Sandra comprendió que lo suyo con David ya no era un simple romance de estación ni una aventura pasajera nacida del insomnio.
Era una estructura sólida, una red de seguridad real tejida con risas compartidas, respeto mutuo y una ternura profunda.
A finales de mayo, coincidiendo con una racha de calor sofocante que anunció la llegada prematura del verano, la pareja vivió otro pequeño hito doméstico: la primera cocina a cuatro manos con pretensiones gastronómicas.
Hasta entonces, sus cenas juntos se habían basado en la supervivencia urbana de veintitantos: pizzas congeladas, empanadas de supermercado y los bocadillos de bar castizo.
Pero un jueves por la noche, animados por un dinero extra que Sandra había cobrado por inventariar una colección privada de grabados antiguos, decidieron comprar ingredientes frescos en el mercado de la Guindalera.
La cocina de David era un espacio diminuto, con azulejos blancos ligeramente amarilleados por el tiempo y una chimenea de extracción que sonaba como un motor de tractor viejo.
Preparar una cena completa allí dentro requirió una coordinación de movimientos casi dancística.
David se encargó de picar verduras con una precisión maniática propia de un programador acostumbrado al detalle, mientras Sandra luchaba con una sartén de antiadherente gastado para saltear unos tacos de salmón.
—Te estás pasando con el ajo, te lo digo como experta en nutrición básica —le recriminó Sandra dándole un toque con el hombro mientras se cruzaban en el estrecho pasillo entre el fregadero y la cocina.
—El ajo es el pilar fundamental de la civilización mediterránea, no acepto lecciones de una persona que le pone ketchup a la tortilla de patatas —contraatacó David con cara de indignación fingida, rodeándole la cintura con el brazo libre para apartarla suavemente del fuego y besarle la sien.
—Eso fue una sola vez en la carrera y estaba borracha a las cuatro de la mañana, no puedes usarlo como argumento ad hominem para siempre.
—Lo usaré hasta que cumplamos ochenta años, asúmelo.
Cenaron en la pequeña mesa plegable del salón, con las ventanas abiertas de par en par para dejar entrar la brisa nocturna que enfriaba las paredes del edificio.
De fondo, desde los altavoces de un viejo reproductor que David había rescatado de la basura y arreglado con sus propias manos, la voz de Chris Martin en "Sparks" volvía a sonar en un bucle suave, llenando el espacio con sus acordes nostálgicos y cálidos.
And I know I hold you close...
Al terminar de cenar, no recogieron los platos inmediatamente.
Se quedaron sentados uno frente al otro, iluminados únicamente por la luz tenue de una vela consumida sobre una botella de vino vacía, compartiendo las últimas gotas de la botella y hablando con una franqueza aplastante sobre sus sueños y sus miedos más recónditos.
Sandra le confesó, por primera vez en voz alta, el pánico paralizante que le producía la idea de tirar la toalla con la Historia del Arte para terminar aceptando un trabajo administrativo gris en alguna oficina sin ventanas.
Le habló de la culpa que sentía ante el esfuerzo económico de sus padres para pagarle los estudios y de la sensación constante de estar defraudando las expectativas de todo el mundo.
David la escuchó sin interrumpir, manteniendo su mano bien sujeta sobre la mesa, ofreciéndole esa escucha atenta y libre de juicios que se había convertido en su mayor superpoder.
—No has defraudado a nadie, Sandra —le dijo en voz baja, mirándola con una seriedad profunda y protectora—.
El sistema es el que está roto, no tú. Tener la sensibilidad que tú tienes para ver el arte y la belleza en un mundo tan feo no es un fracaso, es un regalo.
Y si tienes que tirarte un tiempo en la librería mientras encuentras tu sitio, yo voy a estar a tu lado para recordarte todos los días lo que vales.
Sandra sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, no de tristeza, sino de un alivio inmenso, de esa sensación reparadora que aparece cuando te descubres comprendida por completo por la persona a la que quieres.
—¿Y tú? —preguntó ella limpiándose una lágrima rebelde con el dorso de la mano—. ¿Qué vas a hacer con la consultora cuando el proyecto actual termine en verano?
David suspiró, mirando hacia el techo antes de responder.
—Apretar los dientes, ahorrar cada euro que pueda y aguantar el tirón. Pero ahora tengo una motivación diferente para no volverme loco entre líneas de código. Sé que cuando salga de esa cueva a las ocho de la tarde, el mundo sigue teniendo sentido porque al final del día estás tú.
El mes de mayo se despidió así, no con una gran traca final, sino con la consolidación silenciosa e indestructible de un amor que había echado raíces profundas en el asfalto madrileño.
Habían pasado de ser dos desconocidos que buscaban una salida de emergencia en un pasillo a oscuras a convertirse en un equipo imbatible, una pareja capaz de convertir una habitación alquilada y dos tazas de café en el centro exacto del universo.
Quedaban por delante los meses sofocantes del verano, la prueba del calor de julio y las ausencias de agosto, pero mientras se dormían abrazados en la penumbra de Prosperidad, escuchando las últimas notas de la guitarra acústica disolverse en la noche, Sandra y David sabían que la chispa original se había transformado en un fuego que nada en el mundo podría apagar.