Playlist para un año imperfecto CAPÍTULO 5 Sparks
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CAPÍTULO 5 Sparks

El mes de mayo transformó la ciudad en un escenario cálido, brillante y pausado.

Madrid ya no era el refugio helado de las mañanas de febrero ni la promesa efervescente y apresurada de los primeros viernes de abril; mayo trajo consigo una calma dorada que se instalaba en los tejados de arcilla desde primera hora del día y una temperatura suave que invitaba a dejar las ventanas abiertas de par en par.

Para Sandra y David, la primavera no se tradujo en grandes eventos multitudinarios ni en viajes apresurados, sino en algo mucho más revolucionario dentro del ritmo caótico de sus vidas de veintitantos: la conquista definitiva del espacio privado y la construcción de un refugio compartido en mitad de la gran ciudad.

Si hasta entonces su historia de amor se había escrito a pie de calle —en bancos de madera resguardados del viento, portales a oscuras, paradas de autobús empapadas por tormentas repentinas y barras de bar improvisadas en la calle Fuencarral—, mayo sonaba de manera inconfundible al acorde limpio, calmo y envolvente de "Sparks" de Coldplay.

Aquella melodía acústica, desnuda y pausada, con su bajo constante y sus guitarras acogedoras, capturaba a la perfección el estado de ánimo de sus semanas.

Era la banda sonora de las mañanas de domingo sin alarma, del crujido suave del parquet al caminar descalzos por el pasillo, del olor a café recién molido mezclado con el aire fresco de la calle y de la intimidad absoluta que se respiraba bajo las sábanas de algodón gastado.

El cambio de dinámica ocurrió de forma totalmente orgánica durante la primera semana del mes, casi sin planearlo ni verbalizarlo.

Los trayectos nocturnos en el último metro hacia sus respectivos pisos compartidos comenzaron a sentirse como un peaje absurdo e innecesario.

Primero fue un cepillo de dientes metido en el bolsillo delantero de la mochila, luego un par de camisetas olvidadas a propósito en el respaldo de una silla de madera y, finalmente, la certeza tácita de que pasar los fines de semana juntos en la habitación de David, en un piso antiguo del barrio de Prosperidad, era el único lugar del mundo donde ambos querían estar.

Aquel primer fin de semana de mayo, la rutina de las citas madrileñas dio paso a la tranquilidad de los domingos sin prisa.

El sol de las diez de la mañana entraba inclinado por el ventanal que daba al patio interior del edificio, dibujando rectángulos de luz dorada sobre la colcha desordenada.

En el ambiente flotaba un silencio reconfortante, interrumpido únicamente por el murmullo lejano del tráfico de la avenida y el silbido suave de la cafetera italiana respondiendo en la pequeña cocina del piso.

Sandra estaba medio incorporada contra los almohadones de la cama, vistiendo una camiseta gris de algodón de David que le quedaba tres tallas grande y con un cuaderno de tapas duras apoyado sobre las rodillas.

Dibujaba trazos rápidos a lápiz mientras observaba a David, que acababa de entrar en el dormitorio descalzo, intentando mantener el equilibrio mientras cargaba con dos tazas humeantes de café y una bandeja improvisada con un par de tostadas de pan de masa madre y aceite de oliva.

—Si el gremio de programadores te echa algún día por falta de rendimiento o por no querer hacer horas extra, siempre podrás dedicarte profesionalmente a la alta hostelería matutina —comentó Sandra sin levantar la vista del papel, aunque con una sonrisa inevitable dibujándose en la comisura de los labios.

—No minusvalores mi capacidad de adaptación a las crisis del mercado —replicó David, dejando la bandeja sobre la mesita de noche con un cuidado casi quirúrgico antes de dejarse caer de nuevo en la cama, provocando que el colchón cediera bajo su peso—.

Además, he descubierto que preparar café a las diez de la mañana en mi propia cocina sin tener que ponerme unos vaqueros ni dar explicaciones a ninguno de sus compañeros de piso es el mayor logro de mi carrera profesional en lo que va de año.

David se acercó por la espalda, apoyó la barbilla en el hombro de Sandra y echó un vistazo curioso al cuaderno.

Sobre la hoja de papel de grano grueso figuraba un boceto bastante fiel de la habitación: la estantería de pino repleta de manuales de programación, libros de texto de la carrera y novelas de ciencia ficción; los cables enrollados en una esquina del escritorio junto al ordenador; la luz cruzando el visillo y, en el centro de la escena, el perfil de sus propias piernas entrelazadas bajo la manta.

—Oye, eso está descaradamente bien —murmuró él, rozándole el cuello con los labios en un beso pausado y cálido que hizo que Sandra soltara el lápiz sobre la sábana—. Aunque has sido demasiado generosa con la simetría de mi corte de pelo matutino.

—Se llama licencia artística, señor informático —se giró ella para mirarle de frente, acortando la distancia hasta que sus narices casi se tocaron—. Y sirve para embellecer la realidad cuando la realidad ya es bastante buena de por sí.

David la miró a los ojos con una fijeza tranquila, de esas que no necesitan disimular nada ni buscar frases ingeniosas para rellenar el espacio.

Le apartó un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja con la yema del dedo, recreándose en el gesto con una parsimonia que en los meses de invierno habría parecido imposible.

—Did I drive you away? I know I answered things the wrong way...

—recitó David en un susurro torpe pero profundamente sincero, imitando la cadencia de la voz de Chris Martin en la canción de Coldplay mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar—.

A veces me da por pensar en lo idiota que fui en febrero con las dudas, los bloqueos y las desapariciones repentinas.

Me parece que estaba completamente ciego.

Sandra apoyó la mano sobre la de él, sintiendo el pulso firme y constante de sus dedos contra su piel.

—En febrero los dos teníamos un miedo atroz a romper lo único bonito y genuino que nos había pasado en mucho tiempo —respondió ella en voz baja, entrelazando sus dedos con los de él—.

Pero la ventaja de mayo es que ya no hay nada que esconder ni nada de lo que defenderse.

La chispa sigue ahí, pero ahora calienta en lugar de dar calambre.

Se quedaron en silencio durante un rato largo, un silencio cómodo, maduro y reparador que solo se rompía con el chasquido sutil de las tazas de café al chocar sobre la mesa.

No había prisas por salir a la calle, ni itinerarios culturales que cumplir, ni compromisos sociales obligatorios.

Aquellas cuatro paredes de Prosperidad se habían convertido en un refugio impenetrable contra la precariedad de sus contratos, los alquileres abusivos de la capital y las incertidumbres que amenazaban a su generación.

Sin embargo, la consolidación de su historia durante el mes de mayo no se limitó a las paredes de la habitación.

La mitad del mes trajo consigo un evento que supuso un salto definitivo en la escala de su intimidad: la presentación oficial ante el círculo de amigos cercanos de Sandra.

Ocurrió un sábado por la tarde en las Vistillas, durante las fiestas de San Isidro.

El ambiente olía a entresijos, gominolas, césped pisado y claveles rojos.

El cielo de Madrid lucía ese azul limpio e imponente que inmortalizó Velázquez, y la pradera estaba repleta de cuadrillas de jóvenes compartiendo minis de cerveza y rosquillas tontas y listas.

Sandra había quedado con Bea y con Clara, sus dos amigas inseparables de la facultad de Historia del Arte, aquellas con las que había compartido años de exámenes agónicos, cañas baratas y llantos por trabajos entregados al límite.

Para David, enfrentarse al escrutinio de las amistades más íntimas de Sandra representaba un examen de aprobación bastante más intimidante que cualquier prueba técnica en la consultora.

—Te aviso desde ya: Bea tiene un detector de gilipollas con un margen de error de cero por ciento —le advirtió Sandra riéndose mientras subían las escaleras de piedra desde la calle Segovia—.

Si nota que intentas hacerte el interesante con el lenguaje corporativo de tu empresa, te va a crucificar antes de la segunda ronda de cerveza.

—Gracias por el chute de confianza, me deja muchísimo más tranquilo —respondió David fingiendo un sudor frío, aunque apretó su mano con fuerza—. Si ves que me quedo bloqueado, saca el tema de la pintura renacentista para que pueda asentir con cara de sabio y disimular.

La prueba de fuego se resolvió con una facilidad pasmosa.

En cuanto se sentaron en el césped a la sombra de un murete, la coraza de David se disipó por completo.

Bastaron diez minutos para que Bea y Clara descubrieran que el tipo rizado que había rescatado a Sandra en el pasillo de Nochevieja no solo era divertido y ridículamente atento, sino que además encajaba a la perfección con la retranca y el humor ácido del grupo.

Cuando cayeron las primeras luces del atardecer sobre la orilla del río Manzanares y los farolillos de las casetas se encendieron, Sandra se alejó un momento para comprar una botella de agua en un puesto cercano.

Al volver, se detuvo a unos metros de distancia a observar la escena: David estaba sentado con las piernas cruzadas en la hierba, gesticulando entre risas mientras les explicaba a Bea y a Clara lo absurdo que resultaba el algoritmo de recomendaciones de una aplicación de citas.

Sus amigas se reían a mandíbula doliente, y David, al percatarse de la presencia de Sandra, levantó la mirada y le guiñó un ojo con una complicidad radiante que a Sandra le encogió el corazón de pura alegría.