CAPÍTULO 4 Friday Im in Love
El mes de abril irrumpió en Madrid desbordando luz por todas las esquinas y transformando por completo el pulso de la ciudad.
Tras las semanas de frío persistente y cielos plomizos que habían marcado el invierno, el cambio de estación trajo consigo una sensación de levedad casi magnética.
Los jacarandás y los plátanos de sombra empezaron a brotar con fuerza en las grandes avenidas, las terrazas de la calle Fuencarral se abarrotaban desde las doce del mediodía con parroquianos ávidos de sol, y los parques se convirtieron de la noche a la mañana en un tablero improvisado de mantas extendidas sobre el césped, guitarras españolas y risas al aire libre.
Para Sandra, aquella explosión primaveral vino acompañada de una agitación interna tan dulce como desconcertante.
La rutina en la librería de saldo seguía exigiendo sus peajes diarios —el polvo acumulado en los lomos de los libros de segunda mano, los clientes despistados que buscaban gangas imposibles y un sueldo en negro que apenas estiraba para pagar los caprichos del mes—, pero el peso de la incertidumbre laboral se desvanecía en cuanto cruzaba el umbral del local.
La razón de ese cambio no respondía a ningún milagro económico ni a una llamada salvaje de una gran editorial, sino al tic-tac constante de su propio reloj interno, que contaba de forma obsesiva las horas que faltaban para que el calendario marcara el final de la semana laboral.
Si los meses anteriores habían estado marcados por la urgencia nocturna o la cautela de las primeras dudas, abril sonaba de manera innegable al pop brillante, luminoso y despreocupado de "Friday I'm in Love" de The Cure.
Aquella melodía optimista y expansiva —cuyas notas alegres celebraban la devoción absoluta por el fin de semana por encima de los tropiezos del lunes o la apatía del miércoles— se había convertido en la banda sonora mental de Sandra.
Representaba a la perfección el estado de ánimo de los dos: la cuenta atrás constante, la impaciencia contenida durante las mañanas de oficina y de mostrador, y la certeza absoluta de que el viernes por la tarde lo purificaba absolutamente todo.
La primera gran prueba de esta nueva etapa llegó el segundo fin de semana del mes, coincidiendo con un sábado inusualmente cálido.
Habían organizado una excursión sin grandes pretensiones: una ruta improvisada por el Parque del Retiro cargados con una bolsa de tela llena de fruta, unos sándwiches de dudosa reputación estética comprados en un badulaque y un par de novelas baratas que ninguno de los dos tenía intención real de leer.
David apareció junto a la entrada de Ibiza con una camisa de lino desabotonada por el cuello y los rizos alborotados por una brisa suave que olía a tierra mojada y flores.
—Aviso formal: si intentas convencerme de que hagamos footing alrededor del estanque, cojo el metro de vuelta y no me vuelves a ver el pelo en lo que queda de primavera —bromeó David en cuanto la vio llegar, extendiendo los brazos para recibirla con un abrazo cálido que duró bastante más de lo habitual en la vía pública.
—Tranquilo, mi concepto de la actividad física al aire libre se limita estrictamente a tumbarme bajo la sombra de un árbol a ver pasar a los perros de los demás —respondió Sandra riéndose contra su pecho, disfrutando del olor a limpio y a colonia barata que desprendía su chaqueta.
Caminaron sin prisa por los senderos de albero, esquivando a los patos despistados y a los turistas que alquilaban barcas de remos.
Encontraron un rincón apartado bajo un enorme castaño de indias cuyas hojas recién nacidas dejaban filtrar pequeños haces de luz dorada sobre la hierba todavía húmeda.
Allí extendieron una chaqueta vieja que David llevaba en la mochila y se sentaron codo con codo, con las piernas estiradas y los hombros rozándose a cada movimiento.
La conversación fluyó con una ligereza inusual, desprovista ya de los miedos y las inseguridades que habían nublado los encuentros de enero y febrero.
Hablaron de las manías absurdas de sus respectivos jefes, de los recuerdos de infancia veraneando en pueblos perdidos de Castilla y de las expectativas desmedidas que su generación arrastraba como una mochila de plomo.
—A veces pienso que nos han educado para creer que si a los veintitrés años no tienes un despacho con vistas, un plan de pensiones y la vida perfectamente encarrilada, eres un fracasado absoluto —comentó David de repente, jugando distraído con una brizna de hierba seca entre los dedos—.
Es una presión mental ridícula. Estudiar una carrera técnica hoy en día parece un contrato firmado con el estrés crónico.
—Y lo peor es que te hacen sentir culpable por disfrutar de una tarde de sábado tirados en el césped sin hacer nada productivo —añadió Sandra, apoyando la cabeza en su hombro con naturalidad—. Como si cada minuto que no pasas "optimizando tu perfil" fuera una pérdida de tiempo imperdonable.
—Pues que me condenen al ostracismo más absoluto, entonces —sonrió él, girando ligeramente la cara para besarle el pelo—. Porque ahora mismo, para mí, no hay nada más productivo ni más importante que estar aquí sentado contigo.
Sandra sintió un vuelco cálido en el estómago, una especie de certeza reconfortante que le recorrió todo el cuerpo.
Los días siguientes mantuvieron ese mismo compás acelerado de complicidad.
Abril trajo también el primer desencuentro tonto de la pareja, un pequeño bache que sirvió para comprobar la solidez de lo que estaban construyendo.
Ocurrió un miércoles a finales de mes, en plena tormenta primaveral de esas que descargan con furia sobre Madrid durante veinte minutos y luego dejan un olor intenso a asfalto caliente.
David se había retrasado hora y media en una reunión interminable en la consultora y había cancelado el café rápido que tenían apalabrado junto a la Gran Vía.
Sandra, cansada tras una jornada especialmente hostil en la librería con un cliente impertinente, le contestó con un mensaje seco y distante de dos palabras.
El malentendido duró exactamente lo que tardó David en coger un taxi y plantarse en la puerta de la librería diez minutos antes de la hora de cierre, empapado de agua y con una bolsa de papel marrón que escondía dos porciones de tarta de zanahoria de una pastelería artesana del barrio.
No hubo grandes discursos dramáticos; en cuanto Sandra lo vio aparecer tras el escaparate con la cara llena de arrepentimiento y el pelo pegado a la frente, toda la irritación se desvaneció en una carcajada.
Se comieron la tarta sentados en los taburetes de madera del fondo de la tienda, entre estanterías de segunda mano, riéndose de lo absurdo que era enfadarse por los horarios de una consultora informática de cuarta categoría.
Pero el punto de inflexión definitivo del mes llegó el último viernes de abril, aquel día en que la letra de la canción de The Cure pareció cobrar un significado literal en sus vidas.
Habían quedado a las siete de la tarde junto a la boca de metro de Tribunal.
La noche prometía ser templada, con ese aroma inconfundible a fin de semana largo y a terrazas llenas que caracteriza a la capital cuando se acerca el mes de mayo.
David la esperaba apoyado contra la pared de ladrillo de una fachada antigua, con una camiseta blanca básica, la chaqueta vaquera desabrochada y una sonrisa amplia que iluminaba toda su cara en cuanto la reconoció entre la marea de gente que salía del metro.
Sandra aceleró el paso, dejó caer la bolsa de tela que llevaba al hombro y se lanzó literalmente a sus brazos.
David la atrapó en el aire con una facilidad pasmosa, rodeándole la cintura con firmeza y haciéndola girar medio metro sobre la acera mientras varios viandantes sonreían con complicidad ante la escena.
—Alguien tenía una necesidad imperiosa de que terminara la semana laboral —bromeó él al bajarla despacio, sin soltarle las manos y mirándola con una intensidad luminosa que cortaba la respiración.
—No te haces ni una ligera idea —respondió ella, pasándole los brazos por la nuca para acariciarle los rizos rebeldes—. Se me ha hecho la semana más larga del año, con diferencia.
—A mí también. Pero ya estamos a viernes. Y oficialmente he sobrevivido a otra tanda de revisiones de código sin perder la cabeza del todo.
Decidieron caminar sin rumbo fijo, dejándose llevar por el gentío alegre que abarrotaba las calles de Malasaña y Conde Duque.
El bullicio de los bares, el murmullo de las conversaciones superpuestas y el eco lejano de una guitarra callejera componían una atmósfera vibrante.
Acabaron sentados en un banco de madera bajo la sombra de un gran árbol en flor en la plaza de las Comendadoras, donde la luz dorada del atardecer teñía las fachadas de un tono anaranjado y cálido.
La conversación se fue apagando poco a poco, dando paso a un silencio cómodo, cargado de una electricidad sutil que flotaba en el ambiente.
David tenía el brazo extendido sobre el respaldo del banco, rozando con los dedos la tela de la chaqueta de Sandra.
Ella se giró despacio para mirarle a los ojos, observando cómo la luz del crepúsculo recortaba sus facciones con una precisión hermosa.
Ya no quedaban rastros de la timidez inicial de enero ni de las dudas punzantes de febrero; la atracción entre ambos se había convertido en una certeza aplastante, una marea de afecto que no necesitaba coartadas ni excusas.
Sandra se incorporó un poco, acortando la distancia que los separaba.
David contuvo la respiración al percibir el movimiento, deteniendo cualquier palabra que tuviera en los labios.
Con una naturalidad absoluta, Sandra le puso una mano en la mejilla, sintiendo el calor suave de su piel, y se inclinó para besarle.
Fue un beso largo, profundo y lleno de una urgencia contenida que sabía a primavera, a tarde compartida y a un alivio inmenso.
David respondió de inmediato, rodeándole la espalda con los dos brazos y estrechándola contra su pecho con una ternura arrolladora que hizo que el ruido de la plaza, el tráfico lejano y la ciudad entera desaparecieran por completo del mapa.
Cuando por fin se separaron para tomar aire, mantenían las frentes unidas, las sonrisas dibujadas en los labios y los corazones latiendo al mismo compás desbocado.
—Definitivamente —murmuró David en un susurro ronco, rozándole los labios con el pulgar—, los viernes inventaron este preciso instante solo para nosotros.
—A mí tampoco me importaría que este día durara cuarenta y ocho horas seguidas —respondió Sandra, cerrando los ojos un instante para grabar en su memoria la textura exacta de su voz.
La noche cayó despacio sobre Madrid, envolviendo las calles en un manto de neones parpadeantes y risas lejanas.
Quedaban todavía ocho largos meses por delante en el calendario, con sus propias tormentas y sus propias canciones por tachar, pero en aquel banco de Malasaña, abrazados bajo los árboles en flor, ambos sabían que el invierno había quedado definitivamente atrás.
Y que, pase lo que pasase con el futuro laboral o con las incertidumbres de la madurez, el presente absoluto pertenecía por entero a aquel viernes luminoso de abril.