CAPÍTULO 3 Last Nite
El mes de marzo en Madrid llegó con una ambigüedad meteorológica desconcertante.
A mediodía, un sol insolente y dorado lograba calentar las terrazas de Malasaña hasta el punto de hacer innecesaria la chaqueta, pero en cuanto el reloj marcaba las siete de la tarde y el sol se escondía tras los tejados de Gran Vía, soplaba un viento afilado que recordaba que el invierno seguía agazapado a la vuelta de la esquina.
Para Sandra y David, marzo se convirtió en el mes de la aceleración, de romper definitivamente la barrera de los encuentros rápidos entre semana para lanzarse de lleno al vértigo de los fines de semana compartidos.
Si febrero había estado marcado por la incertidumbre y las dudas de madrugada, marzo sonaba inevitablemente al riff eléctrico, acelerado y de garaje de "Last Nite" de The Strokes.
Aquellos acordes crudos, directos y con aroma a juventud nocturna en Nueva York encajaban milimétricamente con el ritmo frenético con el que empezaron a descubrirse mutuamente: paseos interminables sin rumbo fijo por el Rastro un domingo por la mañana, cañas improvisadas en bares de azulejos agrietados donde olía a vermú de grifo y patatas fritas de bolsa, y risas desbocadas que resonaban en los adoquines cuando alguno de los dos soltaba una ocurrencia absurda a medianoche.
El primer gran plan de fin de semana oficial del mes ocurrió un sábado a primera hora de la tarde.
Habían quedado en la plaza del Dos de Mayo, un punto neurálgico donde los skaters esquivaban a los niños que corrían entre los bancos y los corros de amigos compartían botellines de cerveza al sol.
Sandra llegó con diez minutos de retraso, cargando con una bolsa de tela llena de libros de saldo que acababa de comprar en la tienda, y vio a David sentado en el borde de la fuente central, con una chupa de cuero desgastada que olía a nuevo y el pelo alborotado por la brisa.
—Llegas tarde exactamente nueve minutos y cuarenta segundos —dijo David fingiendo una severidad burocrática en cuanto la vio aparecer, aunque la sonrisa de oreja a oreja le delataba de inmediato—.
¿Algún retraso imputable al gremio de libreros o es que te has entretenido buscando primeras ediciones de poesía maldita?
—Digamos que un cliente anciano ha decidido contarme su biografía completa justo cuando iba a cerrar la caja, y no había forma humana de echarle sin parecer un monstruo sin alma —respondió Sandra, dejándose caer a su lado en el borde de piedra con un suspiro de alivio y estirando las piernas—.
Pero ya estoy aquí. Así que declaro inaugurado oficialmente el sábado.
—Perfecto. Porque tengo un plan maestro que incluye calorías vacías, vinilo de segunda mano y cero explicaciones lógicas sobre nuestro futuro laboral —replicó David, poniéndose en pie de un salto y tendiéndole la mano para ayudarla a levantar—. ¿Te fías de mi sentido de la orientación en el barrio?
—Teniendo en cuenta que la última vez casi me llevas a un callejón sin salida buscando churros, diría que mi margen de confianza es de un cincuenta por ciento.
—Pues hoy vas a subir al sesenta, te lo prometo.
Caminaron sin prisa por las calles estrechas y empinadas de Malasaña, sorteando terrazas abarrotadas y músicos callejeros que tocaban versiones desafinadas de clásicos del rock español con una guitarra acústica medio rota.
El bullicio de la ciudad parecía acompañar el compás acelerado de sus conversaciones.
Hablaban de todo y de nada con una naturalidad pasmosa que a Sandra le resultaba adictiva; desde debates absurdos sobre qué película de Quentin Tarantino estaba sobrevalorada hasta la bronca monumental que David había tenido el día anterior con el jefe de proyectos de la consultora por culpa de una base de datos mal migrada.
—Es que no lo entiendes, Sandra —se quejaba él gesticulando con las manos mientras doblaban por la calle Velarde—.
El tipo me llamó a las cuatro de la tarde para exigirme que reescribiera mil líneas de código antes de las ocho porque "el cliente exigía una interfaz más dinámica".
¿Dinámica? ¡Si ni ellos mismos saben lo que quieren!
Lo único dinámico en esa oficina es mi nivel de ansiedad subiendo en picado.
—Bueno, al menos ya no te mandan correos un domingo por la noche —bromeó ella, dándole un suave codazo cómplice en las costillas—. Eso cuenta como un ascenso moral importante dentro del mundo corporativo.
—No te creas, el domingo pasado me mandó un meme de un gatito con la frase "¿Cómo va ese despliegue?", lo cual es psicológicamente mucho más dañino que una bronca formal.
Sandra soltó una carcajada cristalina que se perdió entre el ruido del tráfico.
Ver a David desahogarse así, sin la coraza defensiva con la que había aparecido en la fiesta de Nochevieja, era una de las cosas que más le gustaba de aquellos fines de semana de marzo.
Entre risas, acabaron metiéndose en una pequeña tienda de discos de vinilo de la calle La Palma, un local diminuto y abarrotado donde el olor a cartón viejo y plástico se mezclaba con el sonido ambiental de una emisora de radio independiente que emitía desde algún rincón oculto.
Se pusieron a rebuscar en las cubetas de rock alternativo de los noventa y principios de los dos mil, rozándose los hombros cada vez que intentaban sacar un elepé del fondo. David sacó de repente la carpeta desgastada de un disco de The Strokes y la levantó como si fuera un trofeo arqueológico.
—Last nite, she said, oh, baby, I feel so down... —tarareó él imitando de forma pésima y divertida la voz rasgada de Julian Casablancas, mientras le ponía la portada casi en las narices—. Si este disco hablara, contaría todas las miserias de nuestra generación en media hora exacta.
—Oye, respeta a la realeza del rock de garaje —protestó Sandra con una sonrisa burlona, arrebatándole el vinilo de las manos para mirar el precio con falsa indignación—.
¿Dieciocho euros por un disco que probablemente raye en el primer plato que pongamos?
Estás fomentando la precariedad de los coleccionistas modernos.
—Es una inversión cultural legítima. Si salimos de aquí sin comprar algo con guitarras sucias, el espíritu de marzo nos abandonará para siempre.
Al final no compraron el vinilo, pero salieron de la tienda con una bolsa llena de postales antiguas de Madrid y una chapa metálica medio oxidada que David se empeñó en enganchar en la tira de la mochila de Sandra.
La tarde avanzó entre cañas baratas en una taberna ruidosa donde les cobraron cincuenta céntimos de más por las aceitunas y un paseo posterior hasta el Templo de Debod, donde la caída del sol teñía el cielo de tonos malva, naranjas intensos y grises metálicos.
Sentados sobre el murete de piedra, con el bullicio de los turistas de fondo y el aire fresco de la primavera temprana golpeándoles en la cara, la complicidad entre ambos alcanzó un punto de no retorno.
David tenía una lata de refresco entre las manos, mirando fijamente cómo las luces de la ciudad empezaban a encenderse poco a poco al otro lado de la cornisa.
Sin apartar la vista del horizonte, alargó la mano derecha y apoyó su dedo meñique contra el de Sandra, un gesto sutil, casi infantil, pero cargado de una intención eléctrica.
—Oye, Sandra —dijo él en voz baja, con un tono de repente mucho más serio que el que había mantenido durante toda la tarde—. —Dime —respondió ella, girándose hacia él y sintiendo cómo el corazón se le aceleraba sutilmente en el pecho.
—¿Te das cuenta de que hace apenas dos meses estábamos escondidos en un pasillo de Malasaña pensando que el año iba a ser un auténtico desastre absoluto?
Sandra miró sus manos juntas, el pequeño roce de los dedos y la forma en que la luz de las farolas empezaba a reflejarse en los rizos desordenados de David.
Pensó en las horas interminables de aburrimiento en la librería, en las dudas tontas de febrero y en lo rápido que se había desacostumbrado a estar tan a gusto con alguien.
—Sí, me doy cuenta —admitió ella con una sonrisa suave, entrelazando finalmente su dedo meñique con el de él—. Y lo peor de todo es que, contra todo pronóstico estadístico, creo que tenías razón con lo de empezar el año con un café en lugar de con un plan de pensiones.
—Te dije que los informáticos sabemos calcular las probabilidades de éxito cuando nos da la gana —bromeó David, aunque no pudo evitar apretarle la mano con un poco más de fuerza antes de volverse para besarle la comisura de los labios en un gesto rápido, tímido y absolutamente perfecto.
Marzo se despidió así, entre carreras bajo una tormenta repentina de primavera que los obligó a refugiarse bajo el toldo cerrado de una frutería en la calle Fuencarral, risas compartidas con la ropa empapada y la certeza absoluta de que la banda sonora de su vida había dejado de ser una playlist triste de canciones de supervivencia para convertirse en un loop imparable de guitarras juveniles y eléctricas.
Quedaban todavía nueve meses por delante en el calendario, pero en ese preciso instante, mientras corrían de la mano hacia el metro esquivando los charcos, el futuro dejó de dar miedo.