CAPÍTULO 2 Do I Wanna Know?
El mes de febrero en Madrid tenía una consistencia metálica y desapacible.
Las mañanas se arrastraban con una niebla baja que se pegaba a los adoquines de las aceras, y las tardes caían antes de tiempo, dejando un frío seco y cortante que obligaba a todo el mundo a caminar con las manos hondo en los bolsillos y los hombros encogidos.
Para Sandra, las semanas posteriores a la noche de Fuencarral se habían convertido en un bucle extraño, a medio camino entre la monotonía de sus cuatro horas diarias en la librería de saldo de la calle San Bernardo y el vértigo constante que sentía cada vez que el teléfono móvil vibraba sobre la mesa de noche.
Aquel febrero olía a papel viejo, a humedad de abrigo pasado por agua y a café de máquina de oficina.
El ritmo de la ciudad parecía haberse ralentizado tras la resaca de las fiestas navideñas, pero en la cabeza de Sandra el compás era completamente distinto.
Las notas pesadas, oscuras y magnéticas de "Do I Wanna Know?
" de los Arctic Monkeys se habían instalado en su mente como una banda sonora perpetua.
Aquel riff arrastrado y nocturno parecía replicar exactamente el latido sordo de su incertidumbre: Do I wanna know if this feeling flows both ways?
Se repetía la pregunta en bucle mientras colocaba ejemplares desparejados de poesía contemporánea en las estanterías de madera crujiente.
¿Quería saber realmente si a David le pasaba lo mismo, o prefería seguir protegida tras la cómoda y segura distancia de la amistad que había nacido en una madrugada de apagón?
La primera semana del mes transcurrió a base de migajas digitales.
Mensajes cortos enviados a altas horas de la noche, cuando el cansancio del día se mezclaba con el insomnio crónico de los veintitantos.
David le mandaba enlaces absurdos a hilos de Twitter sobre fallos informáticos catastróficos en cajeros automáticos, y Sandra le devolvía capturas de pantalla de reseñas pretenciosas encontradas en libros de arte de segunda mano.
Eran interacciones seguras, protegidas por la distancia de la pantalla, un terreno neutral donde ninguno de los dos se atrevía a dar un paso en falso.
Sin embargo, la tensión acumulada durante esas semanas necesitaba una válvula de escape. Y llegó un martes lluvioso de mediados de febrero.
La lluvia caía sobre Madrid con esa pereza molesta que empapa los vaqueros y congela los dedos de los pies.
Sandra estaba detrás del mostrador de la librería, intentando limpiar con un trapo seco las cubiertas de unos catálogos de pintura holandesa, cuando oyó el tintineo de la campanilla de la puerta.
Al levantar la vista, vio a David sacudirse las gotas de agua de la capucha de la sudadera negra, con el pelo rizado completamente alborotado y una sonrisa tímida, medio escondida bajo el cuello de la chaqueta.
—Vengo a comprobar científicamente si los libros de autoayuda de la sección de fondo de armario curan la ansiedad laboral —dijo él en voz baja, acercándose al mostrador mientras dejaba caer una mochila cargada de apuntes y cables.
Sandra sintió un vuelco súbito en el estómago, una mezcla de sorpresa y alegría contenida que le obligó a morderse el labio inferior para no delatar su nerviosismo.
—Has tenido suerte, hoy justo nos ha llegado un cargamento entero de manuales para aprender a delegar en el trabajo antes de que te dé un infarto a los veinticuatro años —respondió ella, apoyando los codos en la madera gastada del mostrador—.
Aunque me temo que ninguno incluye un capítulo sobre cómo sobrevivir a las entrevistas en consultoras tecnológicas.
David soltó una carcajada corta, apoyando las palmas en el mostrador frente a ella, lo suficientemente cerca como para que Sandra pudiera percibir el olor a aire frío de la calle mezclado con su colonia limpia.
—No me hables de las entrevistas. Vengo justo de una en el Paseo de la Castellana donde un tipo con chaleco de punto y gemelos en la camisa me ha explicado durante cuarenta minutos por qué hacer horas extra no remuneradas es, en realidad, una "oportunidad única de crecimiento personal".
Casi le pido que me devuelva el importe del billete de metro por las molestias.
—¿Y qué le has dicho? —preguntó Sandra, arqueando una ceja con diversión.
—Pues lo que diría cualquier informático brillante con la moral por los suelos: asentir con cara de póquer, prometerle pasión por el código binario y salir corriendo a buscar un sitio donde vendan cafeína legal. ¿Tienes turno partido o te quedan diez minutos de esclavitud literaria?
—Me quedan exactamente cinco minutos para cerrar este chiringuito y empezar a congelarme de camino a casa —respondió Sandra, mirando el reloj de pared de la librería.
—Pues entonces el destino nos sonríe. Hay un bar de chinos un poco más arriba donde ponen café de puchero y torrijas de ayer que resucitan un muerto. Te invito a merendar para compensar el trauma de la entrevista.
Aquel primul encuentro a la luz del día rompió definitivamente la barrera virtual. A partir de esa tarde de martes, febrero dejó de ser un mes puramente gris para convertirse en una coreografía constante de pequeños planes improvisados.
El segundo gran acontecimiento del mes ocurrió un viernes por la noche, cuando la rutina de las cafeterías baratas dio paso al paseo largo sin rumbo fijo por una gran ciudad helada.
Habían quedado junto a la boca de metro de Tribunal.
La noche estaba despejada pero el viento soplaba con la fuerza suficiente para congelar las pestañas.
David llevaba una bufanda gris de lana gruesa que le daba tres vueltas al cuello, y Sandra estrenaba unos botines nuevos que, al cabo de veinte minutos de caminata, empezaron a recordarle por qué la moda no está diseñada para el sufrimiento humano.
—Oye, confiesa —dijo David de repente, parándose en seco a mitad de la calle Corredera Baja de San Pablo y mirándole los pies con compasión—. Esos zapatos nuevos llevan conspirando contra tu integridad física desde la Plaza de España. Lo veo en tu cara.
—Te prohíbo rotundamente juzgar mis decisiones estéticas —protestó Sandra fingiendo indignación, aunque no pudo aguantar la risa—. Digamos que los compré pensando en la primavera y la realidad meteorológica de Madrid me está devolviendo al suelo con mucha agresividad.
Sin pensarlo dos veces, sin pedir permiso ni dar explicaciones grandilocuentes, David se agachó ligeramente y le tendió el brazo.
—Súbete a la chepa o agárrate fuerte del abrigo. Conozco un callejón aquí al lado donde hay un banco resguardado del viento y un pakistaní que vende latas de cerveza a precio de saldo. Si caminamos diez metros más con ese paso de pingüino herido, vas a acabar necesitando una grúa municipal.
Sandra soltó una carcajada franca, se colgó del brazo de David con total naturalidad y dejó que la guiará entre el gentecillo nocturno del barrio.
En ese momento, mientras caminaban pegados para combatir el frío de la noche madrileña, la letra de los Arctic Monkeys volvió a cruzar su mente de forma nítida: Do I wanna know if this feeling flows both ways?
Ya no hacía falta hacerse la pregunta en voz alta.
El roce de sus hombros al caminar, la forma en que David ajustaba su paso al ritmo cojo de los zapatos de ella y la complicidad instalada en cada broma estúpida confirmaban que la respuesta flotaba en el aire, tan real como el vaho blanco que salía de sus bocas al hablar.
Llegaron hasta un pequeño mirador improvisado cerca de la Cornisa de la Vega, desde donde se veía el perfil oscuro y brillante de los tejados del centro iluminados por las farolas naranjas.
El frío era intenso, pero sentados allí, compartiendo una lata de cerveza templada y hablando de sus respectivas familias con una sinceridad aplastante, el mundo exterior pareció encogerse hasta caber en los dos metros cuadrados que ocupaban.
David le contó el pánico real que sentía ante la posibilidad de fracasar en su primer trabajo formal de programación, y Sandra le confesó el miedo paralizante a quedarse atrapada para siempre en la librería de saldo viendo pasar los años entre manuales polvorientos.
No hubo discursos motivacionales baratos ni consejos de autoayuda; simplemente se escucharon mutuamente, validando los miedos del otro con una ternura inesperada que los unió todavía más.
Sin embargo, el mes de febrero también tenía espacio para las dudas y los vértigos propios de una relación que empezaba a coger velocidad de crucero.
Hacia finales de mes, coincidiendo con una semana de lluvias incesantes que inundaban las aceras y convertían los cristales del metro en cataratas borrosas, la comunicación se tensó de manera sutil.
David llevaba tres días enteros metido de lleno en una prueba técnica kilométrica para la consultora —aquella misma empresa de la que tanto se había reído en Nochevieja, pero cuyas facturas no perdonaban—, y sus mensajes se habían reducido a monosílabos nocturnos pasadas las doce.
Para Sandra, acostumbrada al ritmo constante de sus conversaciones diarias, aquel silencio repentino funcionó como un detonante automático de inseguridades.
Las preguntas comenzaron a acumularse en su cabeza como nubes de tormenta: ¿Y si solo había sido un entretenimiento temporal para pasar el invierno?
¿Y si para él ella no era más que una distracción simpática mientras se adaptaba a su nueva vida de programador junior?
El peso de la incertidumbre se volvió tan pesado que el viernes por la noche, cuando David le escribió un mensaje escueto diciendo que finalmente no podría quedar para cenar porque se le había caído el servidor de pruebas en pleno ensayo general, Sandra sintió un pinchazo de frustración absoluta.
Decidió no contestar inmediatamente. Apagó la pantalla del móvil, lo dejó boca abajo sobre la mesita de noche y se quedó mirando al techo oscuro de su habitación, escuchando el golpeteo constante y monótono de la lluvia contra los cristales.
La melodía de "Do I Wanna Know?" sonaba en su cabeza de fondo, pero esta vez con un matiz amargo, casi de advertencia.
A tres kilómetros de distancia, David miraba fijamente su propio teléfono con la mandíbula tensa.
Tenía la pantalla iluminada con el último mensaje de Sandra en visto, y la culpa le pesaba en el pecho como una losa de plomo.
Sabía perfectamente que se estaba alejando por pura cobardía, refugiándose tras las líneas de código y el estrés laboral para no afrontar lo que sentía.
El vértigo de empezar a querer a alguien en un momento de su vida en donde todo lo demás era un completo desastre le aterraba mucho más que cualquier examen de informática.
No aguantó el silencio ni veinticuatro horas.
El sábado por la mañana, cuando la lluvia por fin dio una tregua y dejó un cielo gris brillante y limpio, Sandra oyó que el teléfono móvil vibraba sobre la mesita de noche con insistencia.
Al cogerlo con pereza, vio un mensaje de WhatsApp de David: "Asómate a la ventana, que el único café potable de todo el barrio se me está enfriando en la acera".
Sandra se asomó a través del visillo con el ceño fruncido y vio a David de pie en la acera de enfrente, sin paraguas, con el pelo mojado por el relente de la mañana y sosteniendo una bandeja de cartón con dos tazas de café humeantes.
Sandra lo miró desde el primer piso durante un segundo largo, evaluando el daño, sintiendo cómo toda la rabia acumulada durante la noche se evaporaba al verle tiritar ligeramente bajo el chaquetón. Suspiró hondo, cerró el cristal y bajó corriendo las escaleras del edificio a toda pastilla.
Cuando abrió el portal de la calle, el aire frío de febrero la recibió de golpe.
David seguía allí, esperándola con una paciencia infinita y sujetando con cuidado la bandeja.
Antes de que pudiera abrir la boca para soltarle ninguna reprimenda formal, Sandra dio un paso al frente, cogió una de las tazas de la bandeja para dejarla sobre el alféizar de la ventana del portal y se abalanzó contra él, rodeándole el cuello con los brazos y escondiendo la cara en el hueco de su hombro, hundiéndose en la cálida textura de su abrigo.
David dejó la bandeja con la otra taza en el suelo y la rodeó con fuerza por la cintura, pegándola contra su cuerpo con una desesperación contenida que disipó de un plumazo todas las dudas del mes.
—No vuelvas a desaparecer tres días sin avisar, informático de pacotilla —murmuró ella contra su solapa, con la voz rota por una mezcla de alivio y ternura.
—Te juro por mi compilador que no vuelve a pasar —respondió él en voz baja, besándole suavemente el pelo mojado por el relente—. Eres lo único que funciona bien en mi vida ahora mismo.
El mes de febrero se despidió así, entre tazas de café compartido a hurtadillas en la calle, risas heladas bajo las farolas del centro y la certeza absoluta de que, aunque el mundo adulto intentara aplastarlos con su maquinaria gris de sueldos mileuristas y contratos basura, en aquel rincón improvisado de la gran ciudad habían encontrado un refugio indestructible.
Quedaban todavía diez meses por delante, diez canciones por tachar en el calendario y mil dudas por resolver, pero al cruzar la esquina de camino al metro de Tribunal de la mano, Sandra supo que ya no le importaba demasiado no saber qué iba a pasar mañana.