Playlist para un año imperfecto
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CAPÍTULO 1 New Years Day
El pasillo del piso de Malasaña era con diferencia el rincón más estrecho, ruidoso e incómodo de todo Madrid, pero a Sandra le pareció un refugio de paz absoluta en comparación con la marea humana que abarrotaba el salón.
El aire allí dentro olía a una mezcla densa y sofocante de tabaco de liar, laca de supermercado barata, abrigos amontonados con olor a humedad acumulada y ginebra de marca blanca servida en vasos de plástico rojo que ya empezaban a estar pegajosos.
Bajo las suelas de sus botas de cuero gastadas, las baldosas de la casa crujían de manera constante, como si estuvieran hechas de galleta seca a punto de desmoronarse bajo el peso de la gente.
Sandra apoyó la espalda contra la fría pared de gotelé áspero y sacó el móvil del bolsillo con la esperanza vana de encontrar algún tipo de vía de escape digital.
Nada. Cero rayas de cobertura. El icono de la batería parpadeaba en un rojo agónico, marcando un trágico y definitivo nueve por ciento que presagiaba un apagón total en cuestión de minutos.
En el grupo de WhatsApp de la facultad, titulado con guasa Los del TFG lloran menos, tres compañeras distintas llevaban un buen rato mandando audios largos y desesperados preguntando si la fiesta era en el portal catorce o en el dieciséis, y si de verdad merecía la pena subir a pie las tres plantas de un edificio sin ascensor.
Sandra levantó la vista, un poco sobresaltada por la intromisión.
A menos de un metro de distancia, encajado de mala manera entre un perchero de madera que amenazaba con colapsar bajo el peso de veinte chaquetas y el marco de la puerta del baño, había un chico.
Llevaba una sudadera negra de algodón de corte ancho, los vaqueros gastados en las rodillas y una lata de cerveza templada en la mano que parecía estar bastante más caliente que fría.
Tenía el pelo castaño, rizado y completamente revuelto, y una expresión de cansancio sordo en los ojos que a Sandra le resultó extrañamente cercana y familiar.
—¿Tanto se me nota en la cara que estoy contando los segundos exactos para pirarme de aquí? —preguntó ella con una media sonrisa irónica, guardándose de nuevo el teléfono en el bolsillo.
—Bastante, la verdad —sonrió él, ladeando ligeramente la cabeza con una chispa de complicidad en la mirada—. Llevas un buen rato mirando la pantalla fija como si esperaras que un helicóptero de rescate te saque por el patio interior. Por cierto, soy David.
—Sandra —respondió ella, cruzándose de brazos contra la ligera corriente fría que colaba por el hueco del balcón—.
Y ojalá el helicóptero. O un apagón general que nos obligue a evacuar a todo el mundo.
Me vale cualquier movida legal o ilegal que me permita largarme de aquí antes de las tres de la mañana.
David soltó una risa corta y discreta, y dio un trago largo a su lata, haciendo una mueca de desagrado al comprobar el sabor del líquido.
—Te entiendo perfectamente, no creas. A mí me arrastró hasta aquí un colega de la universidad con la turra constante de que en esta fiesta iba a haber "contactos clave" para el sector tecnológico.
Según su teoría, el cuñado de un conocido suyo pilla pasta gansa en una multinacional y busca peña joven con ganas de comerse el mundo.
—¿Y dónde se supone que está el mesías del networking corporativo?
—Bueno, si consideras un mesías a un pavo llamado Borja que lleva media hora intentando venderme un plan de pensiones privado mientras mastica un trozo de turrón... pues sí, supongo que está triunfando a lo grande.
Sandra no pudo evitar soltar una carcajada limpia y sonora que se oyó con claridad por encima de la música que retumbaba en el salón.
—Menudo planazo de Nochevieja, tío. Un plan de pensiones a los veintipocos años, eso sí que es optimismo vital y no lo que nos contaban en las tutorías de orientación de la carrera. ¿Qué estudias para que te intenten colar chanchullos financieros a estas horas de la madrugada?
—Informática. Acabo de entregar el puto TFG hace dos semanas escasas y ya tengo la sensación de que mi vida laboral está acabada antes siquiera de empezar.
Mi tía me ha conseguido una entrevista en una consultora del extrarradio donde voy a cobrar una miseria, tengo que ir obligado en camisa de cuello duro y el jefe fijo que es el típico pesado que te escribe a las once de la noche un domingo para preguntarte por una chorrada de la oficina.
—Bienvenida sea oficialmente la crisis de los veintitantos —suspiró Sandra, sonriendo con una mezcla de amargura y complicidad—. Yo estudié Historia del Arte.
—Vaya.
—Sí, "vaya" se queda largamente corto. Mi título universitario ahora mismo sirve única y exclusivamente como un póster caro colgado en la pared de mi habitación en casa de mis padres.
Trabajo cuatro horas al día en una librería de saldo en la calle San Bernardo donde el dueño me paga en negro, me cobra los cafés de máquina y me pregunta todos los días si tengo suficiente "iniciativa".
—Claro, la mítica iniciativa empresarial para ordenar libros de autoayuda y esoterismo por四个 pavos la hora mientras aguantas a señores jubilados que vienen a leer el periódico gratis de pie.
—Exactamente eso. Nos han vendido una mentira gigantesca durante cuatro años. Nos pasamos la carrera empollando como tontos para acabar aquí, atrapados en un pasillo de Malasaña comiendo patatas rancias de bolsa.
En ese preciso instante, como si la anticuada instalación eléctrica del piso dijera basta ante semejante acumulo de frustración generacional, se oyó un clac seco, metálico y contundente en el cuadro de luces situado justo encima de la entrada.
Un chispazo azulado e intenso iluminó el techo durante una décima de segundo y, de golpe, toda la vivienda se sumió en una negrura absoluta y compacta.
La música del altavoz portátil se cortó en seco en mitad de un estribillo.
El salón entero estalló de inmediato en gritos de sorpresa colectiva, risas nerviosas de borrachos y el sonido inconfundible de algún vaso de plástico volando por los aires antes de estrellarse contra el suelo.
En el pasillo, en cambio, se hizo un silencio repentino y absoluto, un vacío espeso donde solo se escuchaba la respiración contenida de la gente que había quedado atrapada en la ratonera.
Del susto inesperado, Sandra dio un paso en falso a ciegas, tropezó con la puntera de su propia bota izquierda y se fue inevitablemente hacia delante, chocando de lleno contra el pecho de David. Sus manos terminaron apoyadas por puro instinto de supervivencia en la suave tela de su sudadera.
—¡Ostras! Perdona de verdad, no veo absolutamente nada en esta oscuridad —soltó ella a toda prisa, intentando apartarse de inmediato.
—Tranquila, no pasa nada, no te muevas bruscamente —respondió la voz de David, que le hablaba muy cerca, justo encima de su cabeza, con un tono calmado y firme—. Como te muevas un solo milímetro nos vamos los dos de cabeza contra el perchero y enterramos a media fiesta bajo los abrigos.
En ese exacto segundo, un fogonazo de luz blanca, fría y potente atravesó la ventana del fondo del pasillo desde la calle.
Era la sirena rotativa de un coche de policía que pasaba despacio vigilando la zona.
La luz coló con fuerza por las rendijas de la vieja persiana veneciana y pintó el pasillo con una línea plateada y brillante que les dio de lleno en la cara a los dos.
Sandra levantó la cabeza instintivamente y se quedó mirando a David fijamente. Ya no había caretas, ni poses defensivas, ni miradas de cortesía.
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño en el pie con el traspié? —susurró él, bajando el tono de voz como si quisiera proteger aquel pequeño espacio del ruido exterior.
—Qué va, estoy bien de verdad. De hecho... te diría que es el momento más tranquilo que he tenido en toda la noche.
—Me alegra oír eso. Oye, te guardé la lata de cerveza mientras nos tropezábamos —dijo él con una sonrisa torcida, tendiéndole el recipiente con la mano que tenía libre.
Al hacer el relevo, sus dedos se rozaron un segundo y Sandra notó el frío del metal mezclado con el calor de su piel.
— De nada por haber evitado que te estamparas contra el suelo.
—Gracias de nuevo. Apúntatelo formalmente como tu primer hito profesional como informático: evitar catástrofes físicas en la más absoluta oscuridad.
Fuera, los petardos y los cohetes empezaron a sonar con muchísima más fuerza, retumbando en los cristales de la ventana como si estuvieran tirando artillería pesada al lado mismo del edificio.
—¿Te digo una cosa que no le confesaría a nadie ni bajo tortura?
—soltó Sandra de repente, dando un trago alcohólico.
— Odio profundamente la Nochevieja. Me parece una farsa colectiva y obligatoria.
Todo el mundo te empuja a estar eufórica por decreto, a beber champán malo de tres euros y a fingir que a las doce en punto tu vida va a cambiar por arte de magia.
—Totalmente de acuerdo, es un engaño absoluto —asintió David, apoyando con naturalidad el hombro en la pared—.
Te pones ropa incómoda que te aprieta, pagas el doble por copas aguadas en cualquier sitio y te despiertas el día uno del año con los mismos agobios, las mismas dudas y las mismas deudas exactas.
—Exacto. Mañana por la tarde me levantaré de la cama y seguiré siendo la mileurista precaria de Historia del Arte, y tú seguirás acojonado perdido con la consultora del extrarradio.
—Un panorama verdaderamente idílico para arrancar el año nuevo —bromeó él—. Feliz New Year's Day, por cierto.
Sandra soltó una carcajada sincera al pillar al vuelo la referencia musical.
—Feliz New Year's Day, sí señor. Aunque hay que reconocer que la canción clásica de U2 habla de revoluciones políticas, huelgas y movidas históricas muy serias, no de dos pringados sufriendo el apocalipsis en un piso destartalado de Malasaña.
—Bueno, no creas del todo, para nosotros dos esto es una auténtica revolución en miniatura —bromeó David, acercándose un pasito más hacia ella en la penumbra.
— Y la canción dice aquello de que "nada cambia por ser uno de enero"...
pero qué quieres que te diga, este rato aquí parado hablando contigo ya me parece un cambio brutal respecto a aguantar a Borja y sus charlas financieras.
Sandra sintió un vuelco cálido e inesperado en el estómago. Miró por encima del hombro hacia el salón, donde la gente empezaba a agitarse y a encender las linternas de los teléfonos móviles, proyectando sombras alargadas y grotescas en el techo.
—Se está bastante bien aquí a oscuras, la verdad —admitió ella en un susurro casi imperceptible.
—Mil veces mejor que allí dentro con los focos encendidos, desde luego. Oye... ¿sabes qué es lo único que nos falta ahora mismo para rematar la jugada con dignidad?
—¿Que nos toque el bote de la lotería y nos retiremos?
—No, algo infinitamente más realista y accesible: un café de verdad. Un café negro, ardiendo, servido en una taza de loza de las de toda la vida y no en este maldito vaso de plástico pringoso.
Justo en ese preciso instante, el automático del piso volvió a saltar con un clac seco y definitivo. Las bombillas del pasillo parpadearon un par de veces y devolvieron de golpe una luz blanca, cruda y fosforita que les cegó por completo a los dos durante unos segundos.
Ninguno de los dos se movió de su sitio. David se pasó una mano por los rizos oscuros y la miró fijamente a los ojos, como si temiera que con el regreso de la luz ella decidiera dar media vuelta y perderse de nuevo en el salón.
—Mira —dijo bajando la voz al mínimo—. Hay un bar castizo de toda la vida en la calle Fuencarral que abre casi toda la noche de Año Nuevo para los barrenderos y la gente que sale de currar a deshoras.
Tienen churros grasientos y un aspecto regulero, pero el café te revive fijo.
Si quieres desertar oficialmente de esta ratonera con estilo... yo te invito.
Sandra miró hacia el fondo del salón, donde vio a su amiga Bea bailando sin zapatos encima de un taburete. Luego volvió la vista hacia David.
—¿Me estás proponiendo un secuestro exprés y una fuga en plena madrugada del primer día del año?
—Te estoy proponiendo salvar lo que nos queda de noche con un mínimo de dignidad. Si el año entero va a ser un completo caos, por lo menos empecémoslo con cafeína de verdad en las venas y una charla decente.
Sandra se metió la chaqueta bajo el brazo y se colgó el bolso al hombro con un gesto de absoluta decisión.
—Venga, trato hecho. Pero con una condición innegociable antes de movernos.
—Dime lo que sea, lo acepto todo.
—Queda terminantemente prohibido hablar de curros de mierda, de crisis económica, de la carrera, de las entrevistas o de propósitos de año nuevo.
—Trato sellado a fuego —dijo David, abriendo con la mano la puerta principal del piso con un gesto exagerado de chófer de lujo.— Solo presente absoluto y estricto a partir de este segundo.
Salieron al rellano silencioso y bajaron las escaleras de madera a paso rápido, riéndose entre dientes como dos críos pequeños que acaban de cometer una travesura perfecta.
Cuando empujaron por fin la puerta pesada del portal y pisaron la calle, el aire helado y cortante de la madrugada madrileña les dio de lleno en la cara, despejándoles la resaca de golpe y sacándoles vaharadas densas de humo blanco por la boca.
La calle estaba inusualmente tranquila, salpicada de confeti mojado y botellas vacías junto a los contenedores.
Enero empezaba con todo por delante, sin manual de instrucciones ni garantías, pero mientras caminaban hombro con hombro hacia Fuencarral bajo la luz parpadeante de las farolas, a Sandra le dio la ligera sensación de que, por una vez en la vida, el año nuevo pintaba bastante bien.