Playlist para un año imperfecto CAPÍTULO 6 San Francisco
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CAPÍTULO 6 San Francisco

Las llaves del Seat Ibiza del hermano de David sonaron contra el mostrador de madera de la librería con un tintineo seco que hizo retumbar la caja registradora.

Eran las tres de la tarde de un viernes abrasador y Sandra acababa de guardar el trapo del polvo en el cajón de las facturas no pagadas, sintiendo cómo el primer calor de junio derretía el asfalto al otro lado del escaparate.

Sandra miró el manojo de llaves, miró la calle San Bernardo reverberando bajo el bochorno de los primeros días del verano y soltó una carcajada limpia mientras bajaba la persiana metálica del local con un portazo definitivo.

Aquella tarde, el atasco de salida de Madrid no olió a rutina ni a cansancio.

Olía al ambientador de pino caducado que colgaba del espejo retrovisor del coche y a la bolsa de regalices rojos que llevaban abierta sobre el salpicadero.

Cuando los edificios de pisos de la periferia dieron paso a las llanuras secas y doradas de Castilla-La Mancha, David dio a la rueda del volumen hasta el tope.

Fue entonces cuando la guitarra luminosa, los coros colectivos y el ritmo contagioso de "San Francisco" de The Mowgli’s inundaron el habitáculo del coche.

Cantaban a pleno pulmón con las ventanillas bajadas, dejando que el viento caliente de la tarde les despeinara sin piedad mientras esquivaban camiones y contaban los kilómetros que los separaban de la costa.

I lost my heart in San Francisco..., decía la canción, pero a ellos la geografía les daba exactamente igual; su único mapa era el asfalto por delante y la promesa de ver el mar antes de que cayera la noche.

Llegaron a su destino pasadas las once: un pequeño pueblo costero de casas bajas encaladas, calles estrechas impregnadas de humedad salada y el murmullo constante de las olas rompiendo suavemente contra el espigón del puerto.

Habían alquilado una habitación diminuta en un hostal de carretera cuya terraza daba directamente a un patio interior lleno de macetas de geranios.

El suelo de baldosas rojas estaba frío bajo los pies descalzos y la brisa del mar colaba por los listones de la persiana de madera, trayendo consigo el aroma fresco del Mediterráneo.

Aqu aquella primera noche durmieron con la ventana abierta de par en par, abrazados bajo una sábana fina, escuchando de fondo el rumor lejano de las terrazas del paseo marítimo y el choque rítmico del agua contra las rocas.

El calor ya no era la amenaza sofocante del asfalto del centro de Madrid, sino un manto tibio que invitaba a la relajación absoluta.

El sábado amaneció con un cielo de un azul implacable, limpio de nubes y brillante como un cristal recién pulido.

A las ocho de la mañana, mientras la mayoría de los veraneantes aún dormían la resaca de la semana, Sandra y David ya caminaban por un sendero de tierra y pinos redondos que serpenteaba a lo largo de los acantilados.

Llevaban los pies manchados de arena fina y el termo de café cargado en la mochila.

Tras veinte minutos de bajada entre rocas y matorrales de romero, la cala se abrió ante ellos como un secreto recién descubierto: un pequeño semicírculo de chinas blancas y aguas transparentes que cambiaban del turquesa al azul marino según la profundidad, completamente desierta a esa hora temprana.

David tiró la mochila sobre una piedra grande, se quitó la camiseta de un solo tirón y miró el agua con una mezcla de vértigo y euforia infantil.

—El último en entrar a ese agua helada paga la primera ración de calamares de la comida —gritó antes de salir corriendo como un loco hacia la orilla y lanzarse de cabeza contra la primera ola que rompió en la playa.

Sandra soltó una carcajada que resonó en las paredes de roca del acantilado, se quitó el vestido playero de un manotazo y corrió tras él sin pensárselo dos veces.

El impacto del agua fría contra la piel caliente por la caminata les sacó un grito sordo y un escalofrío helado que les recorrió la espina dorsal, pero a los tres segundos, flotando de espaldas sobre la superficie cristalina y mirando el cielo infinito de junio, el frío se convirtió en una inyección de vida pura.

Se pasaron la mañana entera nadando hasta las rocas lejanas, buscando pececillos con unas gafas de buceo baratas que se empañaban a cada minuto y tomando el sol sobre la toalla compartida hasta que la piel les quedó salada y tibia.

No había teléfonos móviles sonando, ni alarmas, ni cuentas pendientes.

La banda sonora de "San Francisco" volvía a sonar en sus cabezas, pero esta vez acompasada con el sonido rítmico de la marea y el crujido de la grava bajo sus cuerpos.

A mediodía, cuando el sol se situó en lo más alto del cielo y el calor empezó a apretar con severidad, buscaron refugio en un chiringuito de madera destartalado situado al final de la playa principal.

El local olía a sardinas a la brasa, a alioli casero, a cerveza helada y a humo de leña.

Se sentaron en una mesa de plástico blanco bajo un toldo verde que flameaba levemente con el viento del mar.

Comieron con esa hambre feroz y limpia que solo produce el agua salada: una paella marinera servida en la misma sartén de hierro negro, pan de pueblo tostado y dos jarras de cerveza tan frías que la condensación chorreaba por el cristal de los vasos hasta mojar la mesa.

—Si me aseguras que la vida adulta consiste en esto al menos una vez al mes, me retracto formalmente de todas mis quejas generacionales —dijo David limpiándose la comisura de los labios con una servilleta de papel mientras miraba la línea del horizonte marítimo.

—No te hagas ilusiones, el lunes a las nueve de la mañana tu vida adulta volverá a ser un código de programación fallido y la mía un montón de libros polvorientos en San Bernardo —le recordó Sandra dándole un taconazo cariñoso por debajo de la mesa—.

Pero justo por eso esta cerveza sabe diez veces mejor que cualquier otra que nos hayamos tomado en Malasaña.

—Eso es indiscutible. Por el verano, por el coche prestado y por no haber muerto en el intento de salir de la M-30 —brindó David, haciendo chocar su jarra contra la de ella.

Por la tarde, cuando el calor remitió un poco, recorrieron el paseo marítimo del pueblo.

David se empeñó en comprarle a Sandra una pulsera de hilo trenzado en un puesto de artesanía hippie regentado por un tipo mayor con barbas de marinero, y Sandra le devolvió el gesto regalándole un sombrero de paja barato que le quedaba cómicamente grande pero que él se negó a quitarse durante el resto del día.

La tarde cayó lentamente, tiñendo el Mediterráneo de un tono rosa violáceo y dorado que parecía sacado de un lienzo impresionista.

Sentados en el extremo del espigón del puerto, con las piernas colgando sobre el agua y los brazos entrelazados, vieron cómo los barcos de pesca regresaban a la bocana acompañados por nubes de gaviotas ruidosas.

—Oye, Sandra —dijo David rompiendo el silencio tranquilo que los envolvía, mientras jugaba con los flecos de la toalla que llevaba sobre los hombros.

—Dime.

—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos en aquel pasillo a oscuras en Año Nuevo? Si me llegan a decir esa noche que en seis meses iba a estar aquí contigo, con un sombrero de paja ridículo y la espalda roja por el sol, habría dicho que era un guión de película mala de antena tres.

Sandra sonrió, apoyando la mejilla en su hombro, sintiendo el calor de su piel salada y el olor a crema solar que aún permanecía en su cuello.

—Yo habría dicho que eras demasiado tímido para atreverte a pedirme que saliéramos de la fiesta —admitió ella con ternura—. Pero me alegro infinitamente de que tuviéramos tanta hambre de café aquella madrugada.

—Yo también. Porque desde que apareciste, siento que he dejado de ir con el freno de mano puesto en todo.

Esa noche, cenaron unos bocadillos de calamares en la terraza del hostal y se quedaron hasta pasadas las dos de la madrugada hablando en las tumbonas del patio interior, bajo un cielo estrellado y limpio que en el centro de Madrid era imposible contemplar.

Se contaron secretos de la infancia, miedos absurdos a envejecer y proyectos que hasta entonces solo se habían atrevido a formular en voz baja.

La complicidad entre ambos había alcanzado una solidez tan absoluta que los silencios ya no requerían explicaciones ni los gestos de cariño necesitaban justificación alguna.

El domingo por la mañana apuraron hasta el último segundo de playa. Bañarse a las nueve de la mañana con la luz limpia del amanecer reflejándose en las olas transparentes fue la despedida perfecta para un fin de semana que parecía haber durado un mes entero.

A las cuatro de la tarde, con la ropa aún ligeramente húmeda guardada en las mochilas, la nevera de corcho vacía y la piel dorada por el sol, emprendieron el viaje de regreso hacia la capital.

El trayecto de vuelta en el Seat Ibiza fue un recorrido placentero y nostálgico.

A medida que el mar quedaba atrás y la meseta castellana volvía a adueñarse del paisaje, la música de "San Francisco" volvió a sonar en el reproductor del coche.

I lost my heart in San Francisco..., cantaban los altavoces mientras el sol del atardecer doraba los campos de trigo a ambos lados de la autovía.

Al llegar a las afueras de Madrid, cuando las luces rojas del tráfico de entrada a la ciudad empezaron a alinearse en la distancia como un collar de neones parpadeantes, David estiró la mano derecha desde el volante y buscó la de Sandra.

Ella se la estrechó con fuerza, entrelazando los dedos con la naturalidad de quien ha encontrado su sitio exacto en el mundo.

El verano acababa de empezar, con sus tres largos meses de calor sofocante, sus jornadas interminables y sus inevitables despedidas temporales por las vacaciones familiares de agosto.

Pero cruzando la M-30 bajo el cielo violeta de junio, de la mano y con el sabor de la sal aún en los labios, Sandra y David sabían que aquel primer viaje corto era solo el prólogo de todo lo que estaba por venir.

Tenían la carretera, tenían las canciones y, por encima de todo, se tenían el uno al otro para conquistar cualquier verano que se les pusiera por delante.