Capítulo 20
Todo lo que no decimos
El hermano de Vera seguía hospitalizado.
Ya estaba mejor.
Eso decían los médicos.
Pero “mejor” no significaba bien.
Todavía había tubos.
Máquinas.
Y miedo escondido en cada respiración.
Aquella tarde Vera estaba sentada en la cafetería del hospital mirando una taza de café frío desde hacía más de diez minutos.
Emma la observaba desde enfrente en silencio.
Empezaba a conocerla lo suficiente para notar cosas pequeñas.
La forma en que apretaba las manos cuando estaba nerviosa.
Cómo evitaba llorar mirando cualquier punto fijo.
Y la manera en que se disculpaba demasiado por existir cuando estaba triste.
Era extraño.
Porque Vera le recordaba un poco a la Emma de antes.
La Emma que vivía intentando ocupar el menor espacio posible.
—No has comido nada —murmuró Emma finalmente.
Vera levantó apenas la vista.
—No tengo hambre.
—Eso llevas diciendo dos días.
—Porque es verdad.
Emma suspiró despacio.
Sabía que insistir demasiado solo conseguiría que Vera se cerrara más.
Así que simplemente deslizó hacia ella una bolsa pequeña de galletas.
—Por si cambias de opinión.
Vera miró las galletas unos segundos.
Y luego sonrió apenas.
—Pareces madre divorciada preocupada.
Emma soltó una pequeña risa.
—Lo tomo como cumplido.
El silencio volvió entre ellas.
Pero ya no era incómodo.
Nunca lo era.
Había algo tranquilo en estar con Vera.
Algo que no exigía energía constantemente.
Y Emma agradecía eso más de lo que sabía explicar.
—¿Sabes qué odio? —murmuró Vera de repente.
Emma negó despacio.
Vera bajó la mirada hacia la taza.
—Que todos me miran como si fuera a romperme.
Aquello le dolió.
Porque Emma conocía perfectamente esa sensación.
La gente volviéndose demasiado cuidadosa contigo.
Demasiado suave.
Como si cualquier palabra pudiera destruirte.
—A veces solo quieren ayudarte —dijo Emma con cuidado.
—Ya lo sé.
Vera jugueteó nerviosamente con la manga del jersey.
—Pero me hace sentir… débil.
Emma se quedó callada unos segundos antes de responder.
—No eres débil por necesitar a la gente.
Vera levantó lentamente la vista hacia ella.
Emma sostuvo su mirada esta vez.
Porque hablaba en serio.
—Estar mal no te convierte en alguien débil.
La expresión de Vera cambió apenas.
Como si esa frase le hubiera golpeado más de lo esperado.
Y quizá sí.
Porque ambas sabían lo difícil que era aceptar ayuda cuando llevabas toda la vida intentando no molestar a nadie.
Vera soltó una respiración lenta.
—Tú hablas como alguien que aprendió eso a la fuerza.
Emma bajó un poco la mirada.
Sí.
Exactamente así.
El recuerdo de Adrián apareció un segundo en su cabeza.
Los gritos.
El miedo constante.
Y luego Nico.
Quedándose.
Emma sonrió apenas sin darse cuenta.
Vera lo notó inmediatamente.
—Estás pensando en él.
Emma soltó una risa pequeña.
—¿Es tan obvio?
—Muchísimo.
Emma escondió media cara detrás del vaso.
—Qué vergüenza.
—No parece mala persona.
Aquello hizo que Emma levantara la vista otra vez.
Y sonriera de verdad.
—No lo es.
Vera observó esa sonrisa unos segundos.
Y entonces dijo algo tan suave que casi se perdió entre el ruido de la cafetería.
—Hace tiempo que no te veía así.
Emma sintió el pecho apretarse.
Porque Vera tenía razón.
Hacía muchísimo tiempo que no se sentía ligera.
Como si por fin pudiera querer a alguien sin miedo constante.
—Él también te mira diferente —añadió Vera.
Emma arqueó una ceja.
—¿Cómo?
Vera pensó unos segundos.
—Como si estuviera agradecido de que existas.
El corazón de Emma dejó de funcionar un instante.
Porque jamás nadie había descrito algo tan íntimo de una forma tan simple.
Emma bajó rápidamente la mirada hacia sus manos.
Intentando ocultar lo mucho que eso le afectó.
Vera sonrió apenas.
—Perdón. Eso sonó intenso.
—No… —Emma rio bajito—. Solo inesperado.
Las dos quedaron en silencio otra vez.
Pero era un silencio cálido ahora.
Cómodo.
Después de unos segundos, Vera abrió finalmente la bolsa de galletas.
Emma sonrió satisfecha.
—Sabía que terminarías comiendo.
—No te emociones tanto.
Emma soltó una pequeña risa.
Y Vera también.
Y por un momento breve, dentro de todo aquel cansancio y hospitales y miedo…
las dos volvieron a sentirse un poco humanas otra vez.