Playlist para ignorarme Capítulo 1
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Capítulo 1

El primer día

Emma no durmió aquella noche.

Se quedó despierta mirando el techo de su habitación mientras las luces de los coches atravesaban las cortinas en destellos fugaces. El reloj marcaba las tres y diecisiete de la madrugada cuando volvió a mirar el móvil por quinta vez en menos de diez minutos.

Ningún mensaje.

Mejor así.

Había silenciado prácticamente todas sus redes sociales desde hacía semanas. Aun así, el miedo seguía ahí, escondido en cualquier notificación, en cualquier vibración inesperada, como si en cualquier momento alguien pudiera volver a escribir su nombre acompañado de insultos.

A veces todavía escuchaba aquellas risas.

Las del pasillo. Las del comedor. Las del baño.

Cerró los ojos con fuerza.

No quería pensar en eso.

No quería recordar a Daniela empujándola delante de todos. Ni a Hugo grabándolo con el móvil. Ni el momento exacto en el que entendió que nadie iba a defenderla.

Su madre decía que todo mejoraría. Que cambiar de instituto sería bueno. Que la gente nueva no conocía los rumores.

Pero Emma ya no sabía cómo confiar en la gente.

Escuchó pasos al otro lado de la puerta.

—¿Sigues despierta?

La voz de su madre sonó suave.

Emma se incorporó rápidamente.

—Sí.

La puerta se abrió despacio y su madre apareció con una taza entre las manos.

—Te hice tila.

Emma intentó sonreír.

—Gracias.

Su madre dejó la taza en el escritorio y se sentó a su lado.

Durante unos segundos ninguna habló.

—No tienes que ir si no te sientes preparada —dijo finalmente.

Emma bajó la mirada.

Sí tenía que ir.

Porque quedarse encerrada en casa tampoco estaba funcionando. Porque llevaba semanas evitando salir. Porque incluso leer había dejado de distraerla.

Y eso era grave.

Los libros siempre la habían salvado.

—Quiero intentarlo.

Su madre le acarició el cabello.

—Valeria estará contigo.

Valeria.

Solo pensar en su mejor amiga hacía que el pecho le doliera un poco menos.

Se conocían desde pequeñas, pero cuando la madre de Valeria consiguió trabajo en otra ciudad tuvieron que separarse. Aun así, jamás dejaron de hablar.

Videollamadas eternas. Audios ridículos. Fotos de libros. Series. Chismes.

Valeria había sido la única persona que supo todo lo que pasó desde el principio. La única que nunca le dijo “ignóralos” como si fuera tan sencillo.

Cuando las cosas empeoraron, fue ella quien insistió en que Emma se cambiara de instituto.

“Ven aquí conmigo. Empezamos de cero juntas.”

Emma quería creer que era posible.

Aunque el miedo seguía instalado bajo su piel.

—Intenta dormir un poco —susurró su madre antes de salir.

Emma asintió.

Pero no durmió.

El despertador sonó a las seis y media.

Emma lo apagó antes de que pudiera sonar por segunda vez.

Se quedó sentada en la cama varios segundos.

Respira.

Solo era un instituto.

Solo era gente nueva.

Solo eran miradas.

Pero las manos le temblaban igual.

Abrió el armario y observó la ropa durante un momento demasiado largo.

Antes le encantaba vestirse. Combinar colores. Probar estilos.

Ahora solo intentaba pasar desapercibida.

Escogió unos vaqueros oscuros, una sudadera gris enorme y zapatillas blancas.

Simple. Invisible.

Cuando bajó a desayunar, su madre ya estaba preparando café.

—Buenos días.

—Buenos…

Emma apenas tenía hambre.

Tomó dos cucharadas de cereales y dejó la cuchara dentro del bol.

—Tienes mala cara.

—Gracias por el apoyo emocional.

Su madre soltó una pequeña risa.

—Sobrevivirás.

Emma esperaba que sí.

El trayecto hasta el instituto fue silencioso.

Demasiado.

Emma observaba las calles por la ventanilla mientras sentía el corazón golpearle el pecho.

Cada semáforo en rojo parecía darle tiempo para arrepentirse.

Cuando finalmente llegaron, se quedó inmóvil.

El instituto era enorme.

Mucho más grande que el anterior.

Había estudiantes por todas partes: risas, mochilas, música saliendo de algún altavoz, gente desayunando en la entrada.

Normalidad.

Emma tragó saliva.

—Puedo entrar contigo —dijo su madre.

—No.

Demasiado rápido.

Emma respiró hondo.

—Puedo sola.

Eso esperaba.

Bajó del coche con la mochila colgada al hombro.

El aire fresco de la mañana le golpeó el rostro.

Entonces escuchó una voz gritando su nombre.

—¡EMMA!

Valeria apareció prácticamente corriendo.

Llevaba una coleta alta, una sudadera azul enorme y la misma energía caótica de siempre.

Antes de que Emma pudiera reaccionar, ya la estaba abrazando.

—Te juro que si lloras yo también lloro.

Emma soltó una risa nerviosa.

—No pienso llorar.

—Perfecto, porque llevo maquillaje.

Eso consiguió que Emma riera de verdad.

Una risa pequeña. Pero real.

Valeria se apartó un poco y la observó de arriba abajo.

—Vale, primero: estás guapísima. Segundo: aquí nadie te conoce. Y tercero: si alguien te cae mal le rompo la nariz.

—Eso escaló rápido.

—Soy una persona intensa.

Emma negó con la cabeza mientras caminaban hacia la entrada.

—Estoy nerviosa.

—Es normal.

—¿Y si no encajo?

Valeria la miró como si acabara de decir una estupidez enorme.

—Emma. Tú lees romances de seiscientas páginas llorando por hombres ficticios. Obviamente vas a encajar conmigo.

—Eso no ayuda.

—A mí sí.

Entraron al edificio principal.

Emma sintió decenas de voces mezclándose alrededor.

Por un instante volvió a sentirse pequeña.

Como en el otro instituto.

Como cuando todos la miraban.

Bajó automáticamente la cabeza.

—Ey.

Valeria se detuvo frente a ella.

—Nadie aquí sabe nada.

Emma respiró hondo.

—Lo sé.

—Y si alguien se mete contigo, tendrá que verme a mí primero.

Emma sonrió apenas.

Ojalá bastara con eso.

Mientras recorrían el pasillo, Valeria iba señalando puertas.

—Ahí están los laboratorios. Esa profesora da miedo. En esa cafetería venden unas empanadas horribles pero todos las compran igual porque somos idiotas. Y por allá está el edificio de arte.

Emma apenas seguía la explicación.

Su atención se detuvo unos metros más adelante.

Un chico estaba sentado solo sobre las escaleras del edificio de arte.

Vestía completamente de negro.

Sudadera negra. Pantalones negros. Botas negras.

Auriculares alrededor del cuello.

Tenía una libreta apoyada sobre las piernas y un lápiz moviéndose entre sus dedos.

Los tatuajes que cubrían parte de sus brazos sobresalían bajo las mangas remangadas.

Emma no sabía exactamente qué estaba dibujando.

Pero parecía completamente aislado del resto del mundo.

Como si el ruido del instituto no pudiera tocarlo.

—No lo mires tanto.

Emma apartó la vista rápidamente.

—¿Quién es?

Valeria siguió su mirada.

—Ah. Nicolás Romero.

—¿El chico misterioso del instituto?

—Literalmente sí.

Emma volvió a mirarlo sin querer.

El chico levantó la cabeza justo en ese momento.

Sus ojos oscuros se cruzaron con los de ella.

Emma sintió un pequeño vuelco incómodo en el estómago.

Pero él simplemente volvió a bajar la mirada hacia la libreta.

Como si ella no existiera.

—Vaya.

—¿Ves? —dijo Valeria—. Hace eso con todo el mundo.

—¿Ignorar a la gente?

—Es su pasión.

Emma frunció apenas el ceño.

No sabía por qué aquello le molestó.

Tal vez porque estaba acostumbrada a que la miraran demasiado. Y descubrir a alguien completamente indiferente resultaba extraño.

—¿Qué dibuja?

—Tatuajes.

Emma volvió a observarlo.

—¿Es tatuador?

—Sí. Trabaja en el estudio de su hermano por las tardes.

—¿Con nuestra edad?

—Tiene diecinueve.

Emma parpadeó.

—¿Diecinueve?

—Repitió un curso.

Valeria bajó la voz teatralmente.

—Dicen que casi lo expulsan una vez.

—¿Por qué?

—Ni idea. Aquí la gente inventa demasiadas cosas sobre él.

Emma volvió a mirar hacia las escaleras.

Nicolás seguía dibujando.

Ni siquiera parecía escuchar nada alrededor.

—Le gustan muchísimo las películas antiguas —continuó Valeria—. Y tiene cara de querer matar a todo el mundo antes de las ocho de la mañana.

—Entiendo eso.

—También habla poco.

—Eso también lo entiendo.

Valeria sonrió.

—Creo que te cae bien porque ambos parecen personajes tristes de cine independiente.

—Cállate.

Caminaron hasta secretaría para recoger el horario.

Emma intentaba concentrarse.

De verdad lo intentaba.

Pero cada vez que levantaba la vista terminaba buscando sin querer las escaleras del edificio de arte.

Y el chico de negro seguía allí.

Como si perteneciera a otra película distinta.

---

La primera clase fue literatura.

Por suerte.

Emma pensó que podía sobrevivir a cualquier cosa si había libros de por medio.

La profesora era una mujer bajita con gafas enormes y demasiada energía para esa hora.

—Clase, tenemos una alumna nueva.

Perfecto.

Justo lo que Emma quería. Atención.

Sintió todas las miradas sobre ella.

El corazón empezó a acelerársele.

No. No. No.

—Emma, ¿quieres presentarte?

Las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.

Las manos le sudaban.

De repente volvió a estar en el antiguo instituto.

Escuchando risas. Escuchando murmullos. Sintiendo que cada movimiento suyo era un error.

—Me llamo Emma.

Su voz salió más baja de lo que esperaba.

—Y… me gusta leer.

Maravilloso. La presentación más aburrida de la historia.

La profesora sonrió.

—Eso ya te da puntos extra conmigo.

Algunos estudiantes rieron suavemente.

Pero no de forma cruel.

Emma tardó unos segundos en darse cuenta.

No se estaban burlando.

Simplemente reían.

Normal.

La profesora señaló un asiento libre junto a la ventana.

Emma caminó hasta allí intentando ignorar el temblor en sus piernas.

Sacó sus cosas lentamente.

Entonces alguien golpeó suavemente su mesa.

—Hola.

Emma levantó la vista.

Una chica rubia le sonreía desde el pupitre de delante.

—Soy Clara.

—Emma.

—Eso ya lo sabemos.

Emma soltó una pequeña risa incómoda.

—Si necesitas apuntes o algo me dices.

—Gracias.

Tal vez aquello no sería tan horrible.

Durante la clase consiguieron hablar un poco.

Clara era amable. Demasiado habladora. Le gustaba la música indie y odiaba matemáticas.

Emma empezaba a relajarse ligeramente cuando alguien abrió la puerta del aula tarde.

—Romero.

La profesora suspiró.

—Otra vez tarde.

Emma levantó la vista automáticamente.

Nicolás entró sin prisa.

Llevaba la mochila colgando de un solo hombro y el cabello oscuro ligeramente despeinado.

—El tráfico.

—Vives a diez minutos.

—Mucho tráfico emocional.

Varias personas soltaron una risa.

Emma observó cómo caminaba hasta el fondo del aula.

Ni siquiera miró alrededor.

Se dejó caer en la última fila y apoyó la cabeza contra la pared.

La profesora continuó explicando algo sobre poesía contemporánea.

Emma intentó concentrarse.

Pero notó algo extraño.

Nicolás estaba dibujando otra vez.

Siempre dibujando.

En un momento él levantó la vista.

Sus ojos se cruzaron apenas un segundo.

Y nuevamente la ignoró.

Ni sonrisa. Ni curiosidad. Ni interés.

Nada.

Emma sintió una irritación absurda.

No tenía sentido.

Ni siquiera lo conocía.

Entonces ¿por qué le molestaba tanto?

En el descanso, Valeria prácticamente la arrastró a la cafetería.

—Necesito azúcar o moriré.

—Llevamos tres horas de clases.

—Exactamente.

La cafetería estaba llena.

Emma dudó un segundo antes de entrar.

Los lugares llenos seguían poniéndola nerviosa.

Valeria pareció notarlo.

—Respira.

Emma asintió.

Pidieron café y se sentaron junto a Clara y otros dos chicos.

Lucas y Sergio.

Lucas hablaba demasiado. Sergio parecía vivir cansado.

Pero ambos fueron agradables.

Emma empezaba a pensar que tal vez podía acostumbrarse.

Hasta que escuchó unas risas detrás de ella.

Demasiado parecidas.

Su cuerpo se tensó automáticamente.

Las manos comenzaron a temblarle.

No.

Era distinto.

No eran ellos.

Pero su mente tardaba demasiado en entenderlo.

—Emma.

Valeria tocó suavemente su brazo.

—¿Estás bien?

Emma asintió rápido.

Demasiado rápido.

—Sí.

Mentira.

Quería salir de ahí.

Necesitaba aire.

—Voy al baño un segundo.

Se levantó antes de que alguien pudiera responder.

Caminó rápido por el pasillo intentando respirar normalmente.

Cuando entró al baño apoyó ambas manos sobre el lavabo.

Mírate.

Seguía siendo ella.

Seguía teniendo miedo incluso cuando nadie la estaba atacando.

Eso era lo peor.

El acoso había terminado.

Pero el miedo no.

Cerró los ojos.

Respira.

Uno. Dos. Tres.

Escuchó abrirse la puerta del baño y se tensó.

Pero solo era una chica retocándose el maquillaje.

Emma se sintió ridícula.

Después de unos minutos decidió volver.

Cuando giró por el pasillo chocó accidentalmente contra alguien.

—Perdón.

Sus libros estuvieron a punto de caer.

Una mano los sostuvo antes.

Emma levantó la vista.

Nicolás.

Perfecto.

—Gracias.

Él le devolvió uno de los libros sin expresión.

Sus dedos estaban manchados de tinta negra.

—De nada.

Su voz era más grave de lo que Emma esperaba.

Durante un segundo incómodo ninguno habló.

Emma notó un pequeño parche cosido en su chaqueta.

Una película antigua.

—¿Te gusta "Taxi Driver"?

Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlo.

Nicolás bajó la mirada hacia el parche.

Luego hacia ella.

—Sí.

Silencio.

Emma esperó algo más.

Cualquier cosa.

Pero él simplemente hizo un pequeño gesto con la cabeza y siguió caminando.

Otra vez.

Ignorándola.

Emma se quedó mirándolo alejarse.

—Bueno.

Qué chico tan extraño.

---

Las siguientes clases pasaron más rápido.

Emma incluso consiguió responder una pregunta en historia sin que la voz le temblara.

Pequeñas victorias.

Cuando terminó la jornada, Valeria insistió en acompañarla hasta la parada.

—Entonces, resumen del día.

—No morí.

—Excelente comienzo.

Emma sonrió apenas.

—La gente parece agradable.

—Porque lo es.

—Y tu amigo tatuado tiene problemas serios de comunicación.

Valeria soltó una carcajada.

—¿Te refieres a Nico?

—Me ignoró dos veces en un solo día.

—Eso significa que le caes bien.

—Qué alentador.

Valeria siguió riendo.

—En serio. Él es así.

Emma observó distraídamente la calle.

Entonces lo vio.

Nicolás estaba cruzando la avenida con una mochila negra colgada al hombro.

Se detuvo frente a una motocicleta y se colocó el casco.

Incluso desde lejos parecía inaccesible.

Como si hubiera construido una pared invisible entre él y el resto del mundo.

Antes de subir a la moto levantó la vista.

Por un instante pareció mirar directamente hacia donde estaba Emma.

Pero luego arrancó y desapareció calle abajo.

Valeria siguió la dirección de su mirada.

—Te intriga.

—No.

—Emma.

—Solo digo que parece enfadado con la existencia.

—Eso sí es verdad.

Subieron al autobús.

Emma se sentó junto a la ventana.

Y por primera vez en mucho tiempo sintió algo distinto al miedo.

Curiosidad.

Algo pequeño. Pero suficiente.

Tal vez aquel lugar realmente podía convertirse en un nuevo comienzo.

Aunque todavía no supiera que el chico que apenas la miraba terminaría convirtiéndose en la persona capaz de verla mejor que nadie.

Y eso sería mucho más peligroso.