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65. No estoy solo

No estoy solo

Una semana después Enzo

Estoy a punto de salir por fin del hospital. Están intentando convencerme de que debo hacerlo en silla de ruedas. ¡Y una polla!

—Gabriel, non puoi salir andando..., ya sabes que el doctor te ha dicho que para las distancias largas debes usar la silla. Las muletas son solo para distancias cortas —me riñe mi madre como si fuera un niño pequeño.

—Los cojones voy a dejar que esos imbéciles de ahí abajo llenen las revistas con mi puta foto en una silla de ruedas en la que no me cabe el culo.

— Bada a come parli, Gabriel. —Mi madre se gira y me mira con desaprobación.

Odia que diga tacos y, para su desgracia, estos forman parte de mi vocabulario diario—.

Dani, cielo, ¿puedes hacer cambiar de opinión al testardo de mi hijo?

Me voy fuera porque creo que lo voy a matar con mis propias manos.

—No te preocupes, Giulia, yo me encargo. —Se gira hacia mí mientras sigue con los ojos la silueta de mi madre, que está saliendo por la puerta bastante cabreada—. Enzo, esto es ridículo. Te estás comportando como un niño pequeño. ¿Qué más te da?

—Es que no... no quiero mostrarme vulnerable. No quiero que piensen que han ganado, Daniela. Estos días han sido de los peores de mi vida. No estoy acostumbrado a depender de nadie, joder. Y en esa mierda casi no me entra el culo —exclamo señalando la minúscula silla de ruedas que me han dado.

—Oye..., vamos a esperar primero a que venga el médico a ver si podemos llegar a un acuerdo, ¿te parece? —Daniela se acerca y me besa lentamente. Mi polla da un respingo dentro de mis pantalones, recordándome que sigue viva.

—No sé. A ver, vuelve a hacer eso... —Me besa de nuevo, pero esta vez es más intenso, nos saboreamos un poco más.

—¿Y ahora?

—Ahora me da igual cómo, solo quiero llegar a casa.

Daniela sigue teniendo ese efecto en mí, consigue que mi humor cambie con tan solo besarme.

Desde que salí del quirófano todo ha sido como una montaña rusa de emociones encapsuladas en estas cuatro paredes de mierda.

Pero ella ha sido una parte esencial para que no haya caído en la locura.

Los primeros días fueron de silencio y ritmo lento, con esa sensación extraña de saber que tenía que empezar de cero.

Me desperté sin saber muy bien dónde estaba ni qué había pasado.

Después empecé a sentir el peso de la pierna con un dolor que iba y venía, y recordé por qué estaba aquí.

De ese primer día me acuerdo de poco. De mi madre, Dylan y Daniela en la habitación, de las enfermeras entrando y saliendo. .. Lo demás es todo un borrón difuso.

El segundo y el tercer día fueron los peores.

El cansancio hizo mella en mí, tenía la sensación de que mi cuerpo lo había dado todo y no le quedaba energía.

Mi cabeza estaba al cien por cien, y eso no era bueno, porque empecé a ser más consciente de mi situación y de todo lo que no iba a poder hacer al salir del hospital.

El cuarto día me levantaron por primera vez y fue horrible.

No por el dolor, eso lo he llevado bien, sino por no ser capaz de hacer las cosas que en teoría debería saber hacer de manera innata.

Todo fue torpe, y cada paso con las muletas era un puto triunfo.

En varias ocasiones deseé mandarlo todo a la mierda, pero el brillo en los ojos de Daniela y de mi madre con cada avance me hizo entender que merecía la pena. Que tenía que ser mejor por ellas.

Hoy, el séptimo día, estoy a punto de volver a casa.

Las noches han sido largas. Estoy acostumbrado a no dormir del tirón, pero ahora los motivos son otros. Tengo miedo, tengo preguntas sin respuestas que solo el tiempo va a aclarar. Y no lo estoy llevando bien, aunque intento que no se note.

Debería centrarme en la parte positiva. Mi cuerpo está respondiendo, el dolor casi ha desaparecido, tengo a mi gente cerca y estoy aprendiendo a continuar con mi vida. Ha llegado el momento de enfrentarme a la realidad, y me da miedo no ser capaz de estar a la altura.

Después de que el doctor nos entregase los papeles del alta y me diese las últimas indicaciones sobre los cuidados y la medicación, me siento a regañadientes en la silla de ruedas y un celador la empuja por el largo pasillo.

Daniela va junto a mi madre, llevando las muletas en la mano.

Hemos acordado que para evitar sobreesfuerzos iré en silla hasta la puerta y después la cambiaré por las muletas para llegar hasta el coche.

Dylan ya nos está esperando allí. Estoy emocionado por salir por fin de aquí y, a la vez, con un vértigo de la hostia. Sé que va a costar.

En la entrada del hospital, me levanto y Daniela me pasa las muletas. Las puertas se abren y el aire de la calle me da de lleno en la cara.

Y entonces empieza todo.

Hay cámaras, flashes y voces. Demasiado ruido a mi alrededor. Los periodistas se aproximan en manada. A pesar de que enviamos un comunicado para informar de la lesión, está claro que no ha sido suficiente para saciar sus ansias de saber.

—¿Cómo te encuentras?

—¿Cuándo volverás al terreno de juego?

—¿Te parece justa la sanción a tu compañero por la putada que te hizo en el campo?

No veo quién formula las preguntas, mi cabeza se está atorando en un bucle del que no sé si voy a ser capaz de salir. En ese momento, Dylan intercede poniéndose delante de mí. Yo camino de forma torpe y mi mente me dice que salga corriendo. Siento el impulso de hacerlo, pero sé que sería inútil.

—Sabemos que este es vuestro trabajo, pero Enzo no va a hacer declaraciones. Sufrió una conmoción muy fuerte y aún se está recuperando. Hagamos esto por las buenas, chicos. Os prometo que las respuestas llegarán.

Daniela y mi madre se sitúan cada una a un lado para que no pierda el equilibrio y me ayudan a llegar hasta el coche negro. En cuanto la puerta del vehículo se cierra, mi respiración se acelera sin que yo pueda hacer nada para evitarlo.

—Enzo, no pasa nada. Ya estamos dentro del coche —susurra Daniela.

Me esfuerzo por escuchar su voz y centrarme en eso, pero es inútil. Inspiro. Espiro. Pero el aire no llena mis pulmones. Se queda a medias, quemando todo a su paso.

—Gabriel, cariño. ¿Qué te pasa? —me pregunta mi madre frotándose el cuello.

—Creo que está teniendo un ataque de pánico o algo así, Giulia.

El mundo se cierra, mi cuerpo está dentro del coche, pero yo siento que estoy fuera. Las voces se tornan más altas, las cámaras más cercanas, y los flashes me ciegan, me siento como un cervatillo perdido en mitad de la noche.

Noto un nudo en la garganta y el pecho me oprime con fuerza.

—Enzo, mírame. —Daniela agarra con fuerza mis manos temblorosas.

—No, no puedo...

—Claro que puedes. Estamos aquí contigo, a salvo. —Niego con la cabeza—. Respira, solo respira.

Dylan se sube al coche por el lado del conductor, ajeno a lo que está pasando aquí dentro.

—Todo controlado, tío. ¿Listo para reencontrarte con el demonio de tu gato?

—Dylan, no...

—Joder, mierda. Enzo, colega, puedes con esto, ¿me oyes? Después de todo por lo que hemos pasado, esto está chupado.

—Solo... solo necesito algo de tiempo —les pido mordiéndome los labios.

Mi visión se estrecha y todo se vuelve gris a mi alrededor. Me estoy mareando y temo desmayarme, pues significaría volver al hospital, y eso es lo último que quiero en estos momentos.

—Vamos, cariño, estamos todos contigo. Mírame a los ojos, por favor —me suplica Daniela tocándome la cara con suavidad.

Me obligo a hacerlo, están llenos de miedo, pero también de nosotros. E intento por todos los medios sostenerme en eso.

—Estoy mejor, de verdad —miento.

Dylan pone en marcha el coche y, cuando ya nos hemos incorporado a la carretera, bajo la ventanilla para que el aire me ayude a despejarme. Daniela se acerca para darme un beso en la mejilla.

—¿Qué pasa si no vuelvo a ser el mismo? —le pregunto susurrando, aprovechando su cercanía.

—Que serás otra versión de ti, Enzo. Y estaremos a tu lado de igual manera. No te preocupes por el futuro, ahora céntrate en volver a respirar.

Ya casi estamos llegando a mi apartamento. Tomo una gran bocanada de aire y, aunque veo que el mundo sigue moviéndose rápido fuera del coche, el mío está ralentizado, pero al menos tengo la certeza de que esta vez no estoy solo.